Imagen de archivo de un acto académico en la UCA.
Imagen de archivo de un acto académico en la UCA. - lv
TRIBUNA DE OPINIÓN

La Universidad que viene

El año 2019 estará marcado por las elecciones al Rectorado, que diagnosticará un antes y un después en el rumbo de futuro inmediato de la institución académica

CádizActualizado:

La Universidad de Cádiz está llamada a consolidar su liderazgo provincial, como institución de presente y, fundamentalmente, de futuro. La UCA de este siglo XXI debe apostar —si se quiere salir adelante— por una universidad más abierta y con más capacidad para adaptarse a todas las capas de la sociedad, sin olvidar nunca la calidad y la excelencia como marcas irrenunciables, siempre lejos del trasnochado elitismo institucional, como también lejos del elitismo intelectual que a veces asoma en algún que otro rasgo de cualquier corte ideológico.

Bien es cierto que la crisis y la falta de recursos han supuesto un importante revés para la institución que, no obstante, ha podido salir a flote gracias a su capital humano, al trabajo de su profesorado, a la generosidad de su personal de administración y servicios, y a la paciencia de su alumnado. No obstante, en este recorrido se han echado en falta cuestiones importantes: relevo generacional, reconocimiento real más allá de los números a la labor docente de su profesorado, más coherencia y transparencia a la hora de plantear la política de nuevas titulaciones, más generosidad de las instituciones públicas y privadas del entorno, mayor sentido autocrítico, ¡más entender la cultura, por favor, como función universitaria de primer orden, y no como la Cenicienta de la casa!…, más independencia. Y han sobrado otras: exceso injustificado de profesores en precario, demasiada burocracia, arbitrariedad de ciertos grupos, inmovilismo corporativo, a veces. En resumidas cuentas: menos institución, más libertad y más crítica.

A pesar de todo ello, la fotografía de la UCA del año que se va es una fotografía con aportaciones de mucho interés, frente a otras posibilidades que se han quedado en el camino. El acertado —¡ya era hora!— modelo de facto del Campus Cádiz, aún en vías de desarrollo y al que le falta como pieza esencial de su engranaje un modelo integral de transporte público y sostenible que lo conecte con el resto de la Bahía, que necesitará del inexcusable compromiso de las entidades locales; un proyecto que se podría trasladar a otros escenarios como el de la Bahía de Algeciras, la promesa cada vez más cercana de la recuperación del edificio histórico de Valcárcel para Ciencias de la Educación o la consolidación del Campus de Jerez como ejemplo de modernidad e integración entre alumnado y profesorado, facultades y departamentos, son algunos indicios del trabajo bien hecho. Sin olvidar la excelencia del Campus de Puerto Real como referente internacional de los estudios y la investigación relacionada con el mar.

Pero también es cierto que en esta fotografía faltan aún muchos aspectos, muchas piezas de un puzle, al que la institución del futuro más aledaño, la Universidad que viene, se tendrá que enfrentar con ciertas dosis de valentía, riesgo y mucho espíritu crítico. Tendrá que romper algunas inercias y crear otras nuevas adaptadas a las necesidades de un presente siempre en constante transformación, para dar a nuestras alumnas y alumnos lo mejor de sí: única razón de ser de la institución. Porque se deben colocar la docencia de calidad y la investigación de calidad en el epicentro del debate, dotándose de más y mejores recursos humanos, técnicos y conceptuales.

También deberá recuperar su liderazgo social y cultural, muy debilitado en los últimos años, más allá de la transferencia del conocimiento, otro pilar asociado al ejercicio de la investigación, porque la universidad —y la de Cádiz no iba a quedarse atrás— debe ser el centro del conocimiento cultural a partir del cual puede evolucionar nuestra diversa periferia en todas las facetas y ámbitos de la vida provincial.

Pero su prestigio acumulado no debe ser una barrera para afrontar la ruptura de ciertos prejuicios, su prestigio debe servir precisamente para todo lo contrario, para crear nuevos paradigmas acordes con los tiempos, que deben mirar a su alrededor con ojos críticos promoviendo diálogo y debate. Solo así, crecerá la Universidad, crecerán las oportunidades de las personas que la integran, especialmente la de sus estudiantes, para generar un conocimiento que transforme, para bien, la sociedad, en unos delicados momentos para una juventud que se ve abocada en numerosas ocasiones a situaciones de demasiada incertidumbre laboral, social, política, cultural.

Una Universidad sin fronteras pero comprometida sin duda alguna con los problemas reales de la sociedad, a la que debe rendir cuentas de manera transparente, rápida y eficaz, que destierre para siempre esas malas prácticas que, aunque minoritarias, tanto daño han hecho a la institución.

En cualquier caso, este balance en síntesis debe proyectar para 2019 una Universidad con más academia, pero academia moderna y de vanguardia a años luz del olor a naftalina, con menos política y con más flamenco y más carnaval, ¿por qué no? En resumen, una Universidad más revolucionaria. Y la ocasión la pintan calva, porque la oportunidad se la brinda 2019, un año que estará marcado por las elecciones al Rectorado, y que diagnosticará un antes y un después en el rumbo de futuro inmediato de la institución académica.

Para ello se necesitará una voz que sea capaz liderar dichos retos. Que sume e integre voluntades con trabajo, compromiso y esfuerzo, que sepa transformar la utopía en realidad. Alguien que conozca las entrañas, la esencia de la Universidad, la suma real de la docencia, la investigación y la gestión de calidad, pero también las personas, una a una, que conforman este complejo enjambre, en el que a veces hay demasiadas abejas reinas.

Alguien que quiera y pueda transformar a esta cuarentona institución en el Pepito Grillo de nuestro entorno, que sume, y no divida, nuestros cuatro Campus como piezas esenciales de su naturaleza y su diversa riqueza humana, científica, cultural y patrimonial. Alguien que sepa estar a la altura de las expectativas de nuestras/os estudiantes, con exigencia y mayor rendimiento, pero fundamentalmente con diálogo y voluntad real de solución de conflictos más allá del foco mediático. Alguien que, sin quiebra posible, conforme una fotografía real del esfuerzo, el talento, la dedicación y las muchas horas de trabajo que siempre hay detrás de cada ánimo universitario, de cada proyecto de futuro de nuestras alumnas y alumnos.

En resumidas cuentas, un liderazgo que transforme la Universidad de Cádiz en una universidad sin fronteras, que integre los avances tecnológicos, culturales y científicos y las relaciones humanas, ahondado en la importancia de la educación superior, asumiendo su papel central en todo este debate, para erigirse de manera inclusiva en «un espacio abierto que conecte con el mundo real», porque solo así conseguiremos una sociedad más preparada e innovadora, una sociedad más justa, y de paso una Universidad mejor.