El equipo trabaja sobretodo con huellas dactilares.
El equipo trabaja sobretodo con huellas dactilares. - A. VÁZQUEZ
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Tras la huella del crimen en Cádiz

Así funciona el laboratorio de Criminalística de la Comandancia gaditana donde cada año se resuelven decenas de casos a partir de las huellas y restos que cotejan

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Los rastros no olvidan. Por eso en la escena del crimen todo cuenta. Absolutamente todo. Hasta lo que parece no tener importancia puede ser fundamental. Un cigarro, un pelo, un cristal roto, un tetrabrik, una pisada, o una silla movida de sitio pueden esconder la verdad. Sólo hay que buscarla y recomponerla. Llenarse de interrogantes y encontrar las respuestas. Las evidencias lo son, no entienden de conjeturas sino de ciencia y resultados porque, a diferencia del hombre, las pruebas no mienten. Son capaces de desenmascarar en un momento a un asesino o a un ladrón por el simple hecho de demostrar que estuvieron allí o que empuñaron el arma que ha quedado manchada. Un segundo les condenó pero para demostrarlo hay que rebobinar exactamente a ese momento, no vale el antes o el después, hay que reproducirlo todo. Como si ese segundo nunca hubiera pasado.

«Cualquier acción de un individuo no puede ocurrir sin dejar rastros». El criminalista francés Edmon Locard, considerado uno de los padres de la ciencia forense, lo dejó escrito en el principio que llamó ‘de intercambio’. Sobre esta máxima trabajan a diario cientos de expertos de las fuerzas de seguridad del Estado que cada día cotejan huellas, siguen las pistas y analizan cada indicio que les ayuda a resolver cientos de casos.

A. Vázquez
A. Vázquez

Pero su trabajo va más allá. Los agentes de Criminalística también están presentes en autopsias. En ellas recogen pelos, uñas o cualquier muestra que pueda servir para identificar y dar con el autor de un crimen. «Marcamos quién ha sido, cómo y por qué. Nos interesa saberlo todo».

El terror de un parricidio

Los análisis de la Unidad de Criminalística de la Guardia Civil o de la Policía Científica de Policía Nacional tienen una gran validez judicial. En muchas ocasiones son determinantes para demostrar la culpabilidad del procesado. Así ocurrió por ejemplo recientemente en el caso del parricida de Ubrique, condenado a 45 años de cárcel por matar a sus hijos tras asestarles más de cuarenta puñaladas. Ana y José Antonio estuvieron en el escenario de ese violento crimen. «De todos los que hemos estado, este caso ha sido el más sangriento de todos». Llegaron sólo unas horas después de que los chicos fueran asesinados. Juan Pablo, de 17 años y su hermana Laura, de 19, yacían destrozados, tendidos sobre los charcos de su propia sangre que inundaba el pasillo y el rellano de aquella casa. «Es mejor no pensarlo. Llegas, te pones el mono, la mascarilla y a trabajar. Cuanto más consigas mejor será para ellos. Eso es lo único que tienes que pensar».

La profesionalidad en estos momentos es fundamental. Lo importante es recoger evidencias que persigan al asesino. No hay tiempo para lamentos. Y así lo hicieron. Las huellas encontradas sirvieron para demostrar que los hermanos no se mataron entre ellos como el acusado llegó a decir, que Laura dejó su rastro en el timbre cuando intentó llamar al vecino para pedir auxilio, que en la ropa del padre se encontraron restos de sus hijos y que en las uñas de los niños indicios de que habían luchado antes de morir. También recogieron las señales de que el filicida había salido huyendo del lugar, cerrado la puerta y que en su fuga había dejado en un posamanos restos de ADN. Suyo y de su hija, otra prueba más que le incriminó. Estuvo, lo hizo y ahora lo pagará. «Para eso estamos. Para perseguir el delito y encontrar a sus culpables. En eso consiste este trabajo».