PROVINCIA

Rescatado inconsciente un preso en Puerto III con una sobredosis de metadona

Es el segundo caso que se da en esta prisión en menos de un mes y los funcionarios advierten que no son suficientes para controlar la entrada de droga en la cárcel

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Los últimos datos oficiales dicen que cada semana en España fallecen tres presos de media en alguna de las prisiones de nuestro país. El año pasado murieron 147 reclusos. Casi todo ellos por causas naturales pero en cuatro de cada diez casos la muerte la provocó el consumo de drogas o el suicidio. La entrada de estupefacientes en prisiones es real. Por mucho que pueda sorprender, ocurre.De siempre. Y la incidencia sigue siendo importante. Desde 2006 hasta finales del pasado año el consumo de algún tipo de droga estuvo detrás de 416 muertes en los centros penitenciarios, convirtiéndose en el segundo motivo de fallecimiento en las cárceles. Y este pasado domingo en la prisión de Puerto III casi hay que sumar una muerte más.

En torno a las ocho de la mañana cuando los funcionarios se estaban encargando del recuento en el módulo ocho uno de los reclusos no respondía. Estaba inconsciente en su celda. De inmediato los trabajadores del turno entraron a por él y avisaron a los servicios médicos. Tenía una sobredosis, previsiblemente según los síntomas que presentó, por metadona. Gracias a la rapidez en la asistencia y tras ser atendido en un primer momento en la prisión, fue trasladado de urgencia al hospital donde ya se le pudo recuperar y salvar la vida.

Pero no es el primer caso que se da en este mes en Puerto III. Según apuntan las fuentes consultadas, ya es la segunda vez que un interno sufre una sobredosis por metadona en algo más de dos semanas. Como advierten algunos funcionarios consultados por este medio, la «escasez» de recursos, tanto en plantilla como de medios materiales, les hace «imposible» poder supervisar «todo lo que entra en prisión». Poder hacer un «control efectivo» sobre el tráfico, no solo de drogas, sino de todos los productos que supuestamente están prohibidos en un centro penitenciario y que pone en riesgo tanto a los internos como a los trabajadores. «No hay personal suficiente», lamentan.

¿Y cómo entra la droga?

En los últimos años la entrada de droga en las prisiones se ha reducido pero no del todo. Los funcionarios alertan de que el recorte que sufren de medios tanto materiales como de plantilla se ha dejado notar en esta circunstancia. Los cacheos superficiales son habituales en cada traslado pero las sustancias suelen entrar, en la mayoría de las ocasiones, en las comunicaciones que tienen los reclusos con las personas que van a visitarlos. Así lo apuntan las detenciones que ha habido en más de una ocasión y los juicios celebrados contra investigados por intentar introducir la droga oculta dentro de su cuerpo, bien por vía anal o vaginal.

Para poder detectarlo es necesario hacer placas radiológicas o contar con ecógrafos de los que no se disponen. Además esta medida de control solo se puede hacer si existen fundadas sospechas de que esa persona está traficando y además hay que tener una previa autorización judicial para hacer la prueba.

Y aunque se permitieran, tendrían que contar con el personal suficiente para que un sanitario hiciera estos controles. Por ejemplo un día de comunicaciones en Puerto III, unas ochenta, solo hay un médico de servicio que tiene que atender su trabajo diario. Los funcionarios creen que si contaran con más medios, tanto técnicos como de personal, podrían evitar en más ocasiones situaciones como las del pasado domingo. Cuanto mayor presencia más facilidad tendrían para la inspección y seguimiento de aquellos reclusos sospechosos de cometer este tipo de irregularidades. Además apuestan porque en las puertas de prisiones haya una mayor dotación policial que se dedique especialmente a la localización de drogas con perros entrenados para detectar las sustancias estupefacientes.

Además, el problema se agrava si a la droga que entra –muchas veces de mala calidad y altamente adulterada– se suma la ingesta de barbitúricos, también muy común en las cárceles dada las patologías psiquiátricas o derivadas de las propias adicciones que sufren algunos reclusos.