Noaka, este jueves en El Puerto. - ANTONIO VÁZQUEZ
REPORTAJE

Noaka, el inmigrante que llegó a Cádiz tras sobrevivir a las mafias

«He cumplido un sueño, lo que quiero es trabajar», dice este senegalés que ha llegado a las costas gaditanas en patera y ha sido uno de los extranjeros puestos en libertad por la saturación de centros

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Noaka tiene los ojos ensangrentados en cansancio. Senegalés, 30 años, recién llegado de un duro viaje de ida pero sin vuelta. Desembarcó de una patera este miércoles en la costa de Cádiz. No sabe dónde exactamente. «España», se limita a señalar. Sus manos están agrietadas, comidas por el salitre y uno de sus dedos vendados. Llevaba los remos de su embarcación que se resistía a avanzar en las adversas aguas del Estrecho. Dice que sabía cómo hacerlo porque ya lo había intentado otras veces. «Era una zodiac para tres pero íbamos trece», cuenta con una calma inusitada, como si contara que esta terrible historia le ha pasado a otro. Quizá ya no está asustado. Lo más seguro es que tras meses y meses de un viaje al límite, sorteando lo inesperado, se haya acostumbrado al miedo.

Él es uno de los inmigrantes que estos días están siendo puestos en libertad por la saturación de los centros de internamiento y ONG. En su caso ha llegado a El Puerto y ahora desde Anydes le buscan un lugar porque «ya no hay más camas». Nos cuenta lo que le ha ocurrido, su vida, con total generosidad. Los oídos que le escuchan no dejan de sorprenderse, de encogerse, aunque el sistema, las continuas llegadas de rostros como el suyo tomadas casi a diario en fotos e imágenes de televisión haya normalizado algo tan increíble.

Su aventura comenzó cuando decidió que quería intentarlo. Su madre, incapacitada, le decía que no, ya había perdido a otro hijo igual, pero él insistió, «tenía que trabajar», y se marchó. «Fue una decisión propia que no podía compartir con mi familia porque no querían que lo hiciera».

«Venir en patera fue una decisión propia. Mi familia no quería pero tengo que buscar trabajo»

A pie desde Senegal

Su destino era Tánger. Allí le habían dicho que salían barcos hacia España. Sin equipaje que cargar comenzó a andar. Mauritania, Sáhara Occidental. Y así semanas y semanas. «Llegamos al bosque», se refiere a la frontera con Marruecos. «Fue muy duro porque los controles nos van mandando para atrás». Y lo peor. Maltratos y robos por parte de marroquíes que les esperan y hacen así su particular 'negocio' del drama ajeno. Él pago 6.000 dirhams (más de 500 euros) para que le dejaran pasar.

Y una vez ya en Marruecos, el siguiente paso fue intentar volver a tener dinero para embarcar. Entonces, como suele ocurrirle a muchos de ellos, cayó en manos de mafias que le ofrecían aquello que quería pero con engaños constantes. «Estuve trabajando para ellos durante meses para ganar el dinero. De todo, en una panadería, vendí cosas, móviles, ropa... pero cuando fui a entrar en el agua me lo quitaron todo, me echaron para atrás y tuve que volver a empezar».

«Trabajé meses para ellos para pagarme el viaje, pero cuando fui a embarcar, me lo quitaron todo»

Hasta que lo logró. Cuenta que lo había intentado ocho veces. No siempre llegó a meterse en la patera. Otras fue interceptado en aguas marroquíes. En esta ocasión, viajó con doce más.»No quise venir en otra más cargada porque yo ya había visto como se habían hundido, lo que podía pasar...». «Entraba mucha agua y muchos no sabían ni nadar... tenía que ir pendiente de que no se cayeran. Fue muy duro».

Ahora mirando con sus oscuros y firmes ojos afirma: «Este era mi sueño y lo he cumplido. Lo que quiero es encontrar trabajo». «¿Pero dónde irás?, no tienes nada...» se le cuestiona. «Mi hermano mayor está aquí desde 2005, no sé dónde está pero lo encontraré», respira esperanzado. «Mi madre es discapacitada y yo haré todo lo que pueda por ayudarla».

Y así, dispuesto a seguir viviendo como pueda, Noaka se despide con una sonrisa. «'Merci, merci beacoup', que Dios os acompañe». «Y a ti», le contestamos.