Fabrizio J. Silva, a su llegada a los juzgados. - F. JIMÉNEZ
TRIBUNALES

«Nos gritaba: 'Hoy tengo que matar a un funcionario'»

La Audiencia de Cádiz acoge el juicio a uno de los presos más peligrosos de España, con dos sentencias firmes por asesinato y acusado de intentar matar a varios funcionarios de Puerto III a puñaladas

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Eran las nueve de la mañana. Había tomado ya el desayuno. Parecía tranquilo, «como un día más». El interno Fabrizio Joao Silva, guineano, más de 1,80 de estatura y 120 kilos de peso, estaba en su celda. En 'El Quince', el módulo de aislamiento donde ingresan los presos más conflictivos y peligrosos (los 91.3). Venía de la prisión de Morón. Allí había agredido a varios funcionarios y acumulado otro rosario de problemas y expedientes abiertos –él dice que no–. Su condena: 22 años por haber asesinado a su novia. Pero además tenía otro delito de sangre a su espalda. Ya siendo recluso en Alcolea (Córdoba) acabó con la vida de un preso golpeándolo hasta la muerte a patadas y puñetazos. 17 años más entre rejas. Fabrizio fue llevado a Puerto III, a máxima seguridad, pero aquel 21 de julio de hace dos años se volvió a meter en problemas muy serios.

La Audiencia Provincial de Cádiz acogía este miércoles el juicio contra este ciudadano guineano considerado uno de los presos más peligrosos de España, acusado de haber intentado matar a varios funcionarios del centro penitenciario portuense. La Fiscalía lo procesa por los delitos de homicidio en grado de tentativa y lesiones y solicita para él la pena total de 25 años y tres meses de prisión. Uno de los funcionarios estuvo a punto de perder la vida después de que sufriera un corte en el cuello que se quedó a escasos centímetros de tocar la yugular.

Dado todos estos graves antecedentes, la vista se celebraba en la Audiencia entre fuertes medidas de seguridad. Varias dotaciones de la USECIC de la Guardia Civil de Algeciras lo trasladaban a primera hora de la mañana desde Botafuegos (donde permanecía llegado de una cárcel gallega) hasta los juzgados. Además agentes de la UPR de la Policía Nacional también velaban porque todo se desarrollara sin incidentes. Los momentos de mayor tensión se vivieron al principio de la sesión cuando al ser llevado a la sala por el pasillo uno de los funcionarios de prisiones que acudió al juicio le increpó. Pero todo quedó ahí.

La sesión comenzó con la declaración del acusado, que resultó ser diametralmente opuesta a todos los testimonios aportados por el resto de testigos, tanto los funcionarios que resultaron heridos, como sus compañeros, además del médico de guardia de aquel día y los forenses. Fabrizio quiso contestar a todas las partes para insistir en su inocencia y asegurar que la víctima fue él. «Los funcionarios me agredieron a mí».

Según su versión, todo ocurrió cuando le fueron a registrar para salir al patio, «me pusieron contra la pared y, en ese momento, sentí un golpe». «Me tiraron al suelo y me dieron patadas. Luego vinieron más con cascos y gomas y me siguieron golpeando». A preguntas del fiscal, el interno manifestó que ese ataque pudo deberse, según siempre su versión, a represalias porque había presentado varias denuncias acerca de «cosas que pasaban en el departamento». «Yo solo intenté defenderme», afirmó. Además dijo que «quedó semiinconsciente» en el suelo y que ya no se enteró «de nada más». Sin embargo, tras el incidente, cuando se le pudo cachear de forma más exhaustiva, se encontró el arma (una pletina de zapato afilada para cortar) metido en su ano. Pero Fabrizio negó que ese fleje fuera suyo. Es más. Llegó a asegurar ante el tribunal que él estuvo inconsciente «tres o cuatro días» y que alguien le había «violado» e introducido ese punzón en su cuerpo.

«Fue entre ellos», se defendió

Sin embargo esta versión fue puesta en duda de manera contundente por el fiscal al describir la serie de lesiones y golpes que sufrieron los funcionarios. El interno le contradijo asegurando que todas esas heridas y multitud de policontusiones se las hicieron entre los mismos trabajadores «porque había muchos». En contra, significó el Ministerio Público, el parte de lesiones de Fabrizio solo refleja un corte en el brazo y alguna contusión leve. «No parece que le dieron una paliza», asestó.

La versión de los funcionarios afectados y los que participaron en reducirle, todas ellas coincidentes, fue completamente contraria a la del procesado. Solo coincidieron en lo manifestado por Fabrizio en el lugar y la hora. Nada más.

«Fue sin mediar palabra. No me dio tiempo casi ni a verlo. Sacó un pincho que llevaba envuelto en una toalla, hirió a mi compañero en el cuello, a mí en la cara y luego fueron cayendo uno a uno», manifestó uno de estos trabajadores que acudió aquella mañana al Quince. Según expuso y coincidió con el resto de testimonios, Fabrizio salió de la celda y al agacharse el funcionario para dejar la ropa para engrilletarlo, se abalanzó «de manera sorpresiva» hacia él. «A mí me atravesó la mejilla y me sacó una muela de raíz».

«Fue sin mediar palabra. No me dio tiempo casi ni a verlo. Sacó un pincho y empezó a herirnos uno a uno»

«La rapidez y la fuerza que tuvo fue impresionante», expuso el trabajador herido en el cuello. «No podíamos con él». Y eso a pesar de que fueron a trasladarlo al patio hasta seis funcionarios. «Algo se intuía que podía pasar...». «Estaba fuera de sí. Llevaba el pincho a modo de puño americano y cada puñetazo que daba era una herida».

Otro de los funcionarios recibió la puñalada en el antebrazo. «Me la dio ahí pero iba hacia el tórax», declaró. «No había forma de reducirlo y cuando caí con él al suelo entonces me atacó», relató.

«Estaba obcecado. No paraba»

La situación era «dantesca». Los funcionarios estaban todos heridos y contusionados y el preso «muy violento», según los testimonios aportados, «no deponía en su actitud». Lograron encerrarlo entre rastrillos, es decir, entre dos rejas que separan dependencias distintas en una misma galería, y ahí «siguió como loco». Así lo contó ante el tribunal uno de estos funcionarios, encargados de la seguridad, que acudió a auxiliar a sus compañeros. «Nos decía, 'hoy tengo que matar a un funcionario'. Estaba obcecado». Según contó, tanto es así que, desde dentro les hacía el gesto de que entraran a por él.

Tras unos minutos, y después de que otros funcionarios cogieran dos escudos y algunas defensas, fueron unos diez a reducirlo. «Entramos como una melé». La reacción de Fabrizio no fue a menos. «Llegó a romper de una patada uno de los escudos». Finalmente lograron inmovilizarlo. «Cuando me tiré al suelo, me miraba y me sonreía».

Los forenses y el médico que atendió de urgencia a los heridos aseguraron que los pinchazos fueron a zonas vitales

Un relato muy parecido sostuvo también en sala el médico de guardia que acudió a auxiliar a los primeros funcionarios heridos. «Cuando llegué me encontré al interno en una exclusa y los funcionarios llenos de sangre». Ante esta situación se dirigió hacía los tres más graves. Como al herido en el cuello. «Por pocos centímetros no le tocó la yugular. Podría haber muerto, era una herida profunda». Además también le «llamó la atención», que otro de los agredidos tenía la prótesis dental que utilizaba fuera de la mejilla. «Se la perforó», explicó. Al interno también pudo verlo. Sin poderle hacer una exploración profunda dado el estado de «agresividad» que presentaba, no apreció en él heridas o lesiones que reflejaran que le habían dado una paliza, como aseguró durante el juicio.

Por último, los forenses fueron también muy concretos a la hora de exponer ante el tribunal que las heridas más graves afectaron a zonas vitales. Además aseguraron que estos golpes iniciales fueron directos e intencionados (cuello y tórax) y que el arma utilizada –la pletina– era «perfectamente compatible con las heridas inciso contusas que produjo. Por otro lado, para producir esas lesiones se tuvo que aplicar, según los peritos, mucha fuerza.

«Podría haber sido una auténtica masacre», dijo el fiscal para concluir en su informe. «Fue un ataque premeditado, tenía el arma preparada, y de manera sorpresiva», añadió para elevar a definitiva su petición de una pena de 25 años de prisión. «Era una persona que quería cometer un crimen».

Las cámaras de seguridad grabaron todo el incidente

Las cámaras de seguridad grabaron todo el incidente. Desde que el interno es sacado de la celda y se produce los ataques denunciados hasta que es encerrado entre rastrillos y entre una decena de funcionarios consiguen por fin reducirlo. Las imágenes podrían ser determinantes para el tribunal.

Una de las claves para determinar su culpabilidad, o grado de condena, es si el procesado golpeó él directamente o se defendió. O también si aprovechó cuando lo dejaron encerrado para introducirse el arma en el ano para que no se lo descubrieran. En las imágenes sí se puede ver cómo Fabrizio en un momento dado se pone de cuclillas y parece que se introduce este punzón en el interior de su cuerpo.