PROVINCIA

El funcionario de prisiones agredido por Bernardo Montoya en Puerto III: «Me miró fijamente y vino a apuñalarme»

«Estaba muy violento, muy agresivo...», cuenta a LA VOZ este trabajador que fue atacado en 2010 en la cárcel gaditana de Puerto III por el asesino confeso de la joven Laura Luelmo

CádizActualizado:

El día que le comunicaron a Bernardo Montoya en la prisión que había muerto su madre se puso histérico. No atendía a razones. Roto de rabia y dolor, primero se intentó autolesionar y luego cuando le denegaron el permiso para ir al tanatorio a despedirse de ella por riesgo de fuga comenzó el baile de la ira, los golpes y las patadas. Contra los funcionarios. De nuevo contra ellos.

La violencia del autor confeso del crimen atroz de la joven Laura Luelmoya dejó en 2010 su marca en Cádiz. Concretamente en El Puerto de Santa María. Montoya pasó parte de la condena que le impusieron por asesinar a una anciana en la prisión de Puerto III. Ocupó el módulo seis. Y allí mismo, en el patio, quiso apuñalar a un funcionario. LA VOZ ha podido hablar con este trabajador, cuyo testimonio ahora cobra un especial valor al trascender todo el reguero de mal que ha dejado a su paso este individuo hasta acabar con la vida de una joven que empezaba a caminarla con toda su ilusión y sus ganas.

«Recuerdo su violencia. Lo agresivo que estaba», comienza a relatar este trabajador al remontarse ocho años atrás. «Fue el día que murió su madre. Un compañero y yo además de un educador le comunicamos la noticia. Primero, entró en estado de shock y después empezó como loco a autolesionarse. Se daba chocazos contra la pared... muy agresivo». Lo intentaron retener y lo llevaron a la enfermería para que le dieran algún tranquilizante. Después de nuevo al 'chabolo'.

Quería despedirse de su madre

La intención de Bernardo Montoya era poder ir a despedirse de su madre. Los funcionarios le comunicaron que tendría que firmar el papeleo necesario para poder salir y que además tendría que ir engrilletado al tener un historial delictivo tan pesado. «Cuando volvió a la celda se le puso un interno de confianza para evitar que se hiciera algo». Transcurrió la mañana y a las cuatro y media de la tarde ya era la hora de bajar al patio. «No lo vi y fui a buscarlo por si se había quedado atrás. Sin embargo estaba hablando por teléfono». Al interno ya le habían avisado que se le había denegado el permiso de salida por defunción de familiar (por riesgo de fuga) y entonces volvió a sacar lo peor de sí.

«Me avisaron otros internos que se había metido en el gimnasio y que allí estaba intentando ahorcarse». Asumiendo todo el riesgo, como siempre, los funcionarios corrieron a ver qué pasaba. «Entramos para evitar que se quitara supuestamente la vida». Supuestamente porque resulta extraño que Montoya intentara realmente ahorcarse en mitad de un espacio común rodeado de otros reclusos y los vigilantes. Sin embargo, seguía en sus trece. «Estaba muy agresivo, muy violento. Nos amenazaba de muerte», recuerda este funcionario «como si fuera ayer».

En medio de esta tensión, generada por el propio recluso, salió del gimnasio y en el camino le propinó un puñetazo a otro interno que intentaba que entrara en razón. «No conocía a nadie. Estaba desquiciado». Fue entonces cuando se vivieron los momentos más peligrosos. «Cogió el palo de una fregona, lo rompió por la mitad y se vino hacia nosotros». «Me miraba a mí fijamente y venía a apuñalarme». Pero en cuestión de segundos y con una gran destreza este funcionario pudo zafarse del ataque. «Le di una patada en el hombro y cayó de espalda». El resto de vigilantes y algunos reclusos lograron entonces reducirlo.

Tras esto a Montoya se le aisló de manera provisional en el módulo 15, el módulo donde se encuentran los internos más conflictivos y de especial seguimiento, pero más tarde volvió a su trabajo de soldador en la cárcel y hacer la vida penitenciaria normal. Incluso al tiempo se le encargaron las labores de cocina.

Un interno «respetado»

«Era uno de esos internos respetados», cuenta a LA VOZ este funcionario. Hay que recordar que Bernardo Montoya había llegado a la cárcel portuense tras haber asesinado a una anciana a la que robó y que iba a declarar contra él. «Los delitos de sangre se tienen en cuenta en los patios... ».

En su paso por Puerto III no tuvo más episodios violentos de importancia. No era un preso con muchos partes. De hecho llegó a tener permisos que disfrutaba en la cercana ciudad de Jerez. «Cuando van cumpliendo y tienen próxima la libertad saben cómo actuar. Esta gente es muy lista. No se meten en problemas para ser bien valorados por la junta de tratamiento y conseguir lo que quieren».

La imagen de Bernardo Montoya es ahora una de las más vistas y difundidas en España. «Cuando me enteré que había sido él quien había matado a esa chica no me extrañó nada», cuenta quien durante una buena temporada lo tuvo cara a cara. Y afirma contundente: «Gente así no se reinserta. Son personas malas que deberían pasar toda su vida en prisión».