OPINIÓN

Con las drogas, ¡también no es no!

Hay, en demasía, quien muy a la ligera recurre al «¡quién no se ha fumado alguna vez un canuto!»

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Lo siento, pero me da asco. Ver a gente consumiendo drogas me provoca una repulsa incontrolable, que tampoco quiero controlar. Que el consumo de las sustancias tóxicas estupefacientes solamente esté prohibido cuando tal ingesta se lleva a cabo en espacios, lugares, transportes y vías públicas, no significa que apruebe su degustación en recintos privados. No, nunca, y no pido disculpas por ello, por lícito que sea. Me produce nauseas oír a los guay justificar y tolerar los porritos o las rayitas. Huyo de esa gentuza, por mucho cocodrilo, tiburón o caballito que luzca en la pechera en su vestimenta. Hay, en demasía, quien muy a la ligera recurre al «¡quién no se ha fumado alguna vez un canuto!». No puedo con ello; me puede. Nadie es perfecto, pero yo mismo soy uno de esos rara avis que nunca ha probado las drogas. Aunque a muchos les cueste trabajo creerlo, existen personas que jamás se han dejado llevar por el «¡venga, prueba esto, que no pasada nada!». Y ojo, soy linense, rozo los cincuenta tacos y me he criado en la barriada de Los Junquillos.

Sí, soy un intolerante, es lo que hay. No creo en la tolerancia sino en el respeto. El vocablo tolerar tiene varias acepciones, según la Real Academia Española, pero hoy me voy a quedar con esta: «Permitir o consentir algo sin aprobación expresa». No paso por ello. Soy de respetar, o sea, de tener miramiento y consideración, no de tragarme lo intragable.

En el fondo, tal vez sea verdad lo que dicen: que alguien se fumara un cigarrillo aliñado con hachís o marihuana en sus tiempos de juventud no tiene mayores consecuencias hoy, pasados los años. Seguro que es así. Pero que se justifique, se permita y casi se fomente el consumo de drogas canturreando el archimanido «todo el mundo lo hace», no, eso no, ¡por ahí no paso! Hoy, sin canas pero calvo, veo como algunos padres de mi quinta, que fumaron estas y otras cosas…, no ven del todo mal que sus vástagos imiten aquellas del todo peligrosas e insalubres prácticas. A estos progenitores, en su mayoría, parece que les fue bien o no muy mal: metieron los pies en el barreño, pudiendo sacarlos y secarlos a tiempo. ¡Pero cuántos se quedaron con los pies dentro hasta las rodillas y finalmente hasta el cuello! Para la infinita mayor parte de los adictos a las drogas más devastadoras, este fue el primer pasito. El porrito fue el primer peldaño que pisaron en esa escalera que desciende directamente hacia el infierno.

¿Que a qué viene todo esto? Pues viene a que hace unos días me crucé por la calle con un ser humano involucionado que iba empujando un carrito de bebé, con dos niños en su interior. Pero agarrado a la propia sillita infantil rodante iba otro infante de no más de diez añitos. Y he aquí la cosa, el animal que parecía ejercer de padre llevaba un porro en una mano y un litro de cerveza en la otra. Menudo ejemplo estaba ofreciéndole a los que casi con total seguridad eran sus hijos. Sí, lo sé, a tenor de lo tan sucintamente descrito todos estarán imaginando que estoy refiriéndome a un marginado social con aspecto desaliñado y de politoxicómano. Pero sepan que esto, y lo digo porque me consta dada mi experiencia policial, también se da en personas que disimulan sus miserias internas y sus disolutas vidas cubriendo su torso con un polo de marca y calzando zapatos que cuestan doscientos euros. Exacto, tampoco soporto la doble moral de quienes se mimetizan bajo aparentes impolutos aspectos físicos. Estos me provocan más arcadas aún. Vaya si soy rarito e intransigente, ¿no?