Enrique Ponce en El Puerto
Enrique Ponce en El Puerto - A. Vázquez

TorosTriunfal reaparición de Enrique Ponce en El Puerto

El valenciano cuajó una gran faena a 'Fantasía' que resultaría indultado | Manzanares sale también a hombros, mientras Morante, con el peor lote, fue abroncado

CádizActualizado:

A la tardía y poco taurina hora de las ocho de la tarde, cuando el sol ya no brilla y pronto ha de recurrirse a la luz artificial, daba comienzo esta exigua programación taurina en El Puerto de Santa María. Que más que una temporada, pareciera la edición estival de una feria del caballo, con sus dos corridas de toros, una de rejones, cerrojazo y hasta el año que viene, para estupefacción y pasmo del aficionado. Al que en nada se tiene en cuenta en la confección de unos carteles, donde se les imponen los mismos toreros de siempre, obviando el amplio ramillete de nuevos diestros que tanto interés han despertado, y donde se lidian las ganaderías de siempre, esas que aseguran reses de tanta nobleza como sosería y aburrimiento en su comportamiento. Prueba del absoluto inmovilismo de esta escueta oferta taurina es que, salvo la inclusión de Pablo Aguado en el segundo festejo, los carteles anunciados bien podrían haber constituido válido reclamo hace diez o doce años.

De entre los actuantes en la tarde de hoy, destacaba la presencia de Enrique Ponce, que reaparecía tras la grave lesión de rodilla sufrida hace cinco meses en la pasada feria de Fallas. Motivo por el cual, roto el paseíllo e interpretado el himno nacional, fue obligado a saludar a la concurrencia tras la cariñosa y unánime ovación con que ésta lo recibió. Para tan feliz ocasión, paró con gusto y relajo las templadas acometidas de «Osadio», un negro mulato que le permitió estirarse con garbo por el pitón izquierdo en sus lances. Tras el único puyazo, verificaría un quite por verónicas, rematadas por bajo a una mano.

Muleta en mano, y superado un desarme inicial, se enrocó a la res en sucesivos pases en redondo, que abrochó con un bello cambio de mano. El toro, encastado y repetidor, exigió al valenciano gran dosis de temple y exposición para conducir y dominar su encendida embestida. Una serie de muletazos en posición genuflexa, ya en sus postrimerías, constituiría el momento álgido de una faena que presentó manifiestos altibajos en su brillantez. Con media en los bajos puso broche al primer acto del festejo.

Verónicas a pies juntos, ganando terreno, chicuelinas y revolera constituyeron el bello repertorio capotero con que Ponce recibía al cuarto de la tarde. Un toro de evidente nobleza pero ayuno de poder e intensidad en sus embestidas. Recibió poco castigo en varas y ello permitió al Valenciano cuajar una faena despaciosa, sentida y templada, en plenitud de entrega y puro sabor. Tandas de derechazos de suma limpieza y unos naturales postreros significaron la cima de una labor, sólo superados por la largura eterna de unos pases genuflexos, desbordados de elegancia. Y, llegados a este punto y como ya es habitual, como colofón a lo exquisitez vivida el público solicita el indulto y el presidente lo concede. Sin que el toro «Fantasía» de 525 kilos, salvo extrema nobleza y repetición en sus embestidas, hubiera acreditado las cualidades exigibles para tan superlativo premio.

Tras una salida de manso y ser recibido por el peonaje, el colorado segundo tomó la capa de Morante, quien pareció angostarse con la corta embestida de la res. Sufrió ésta después el embate de una vara durísima y prolongada y a la salida del segundo par de banderillas acosó a José Antonio Carretero, topando con él cuando salvaba la barrera. Fue conducido el notable subalterno a la enfermería y prosiguió la lidia, en la que un desconfiado Morante esbozaba pases ante la mortecina acometida de su oponente. Aunque ciertos atisbos de lucidas pinceladas fueron acogidas con extremado júbilo por los tendidos, el trasteo careció de la consistencia deseada ante la falta de brío del animal. Con pinchazo y media puso fin a su labor.

Ante el quinto, que manseó con descaro en los primeros tercios, el de la Puebla optó por la calle de enmedio y blandió raudo el acero toricida.

El castaño que hizo tercero derribó con estrépito a la cabalgadura tras tomarla por los pechos. Se cambió el tercio sin que el toro fuera picado y se arrancó con fuerza en banderillas, con las que se luciría El Suso, quien hubo de desmonterarse. Ante un burel con motor, de dulce y humillada embestida, Manzanares citaba en la larga distancia y encadenaba derechazos largos y templados. Alto nivel de una faena que bajó en intensidad al ensayar el toreo al natural, por donde el toro no regalaba acometidas tan boyantes. Una perfecta ejecución del volapié puso feliz broche a su actuación. Nobleza y templanza derrochó el sexto toro en sus embestidas, lo que permitió a Manzanares desplegar su consabido toreo en redondo con tandas sucesivas, sólo interrumpidas por largos paseos por el ruedo. Pero al animal le faltó la fuerza y la casta necesarias para que la labor alcanzara mayor enjundia. Puso colofón a su labor con una estocada baja en la suerte de recibir.