TOROS

Portentosa actuación de Ventura en El Puerto

El portugués corta tres orejas tras un recital de buen rejoneo en el último festejo del ciclo portuense

CádizActualizado:

Con el tradicional festejo de rejones se ponía ecuestre broche a esta breve temporada portuense. Un tipo de espectáculo que, en un pasado nada lejano, poseía un gran poder de convocatoria, hasta el punto de que su mero anuncio constituía sinónimo de un lleno asegurado.

Las cosas han cambiado en los últimos años y, como ocurrió en la tarde de ayer, los tendidos sólo se cubren en la mitad de su aforo. Corrida de rejones que congrega a un público alegre, festivo, benévolo, aplaudidor, muy diferente, en origen y comportamiento, al que suele asistir a los festejos de lidia a pie. Debutaba en esta plaza la ganadería Rufeser de Peñaranda, de reciente creación, cuya sangre predominante entronca con la línea Urquijo-Murube, tan demandada desde hace décadas para el toreo a caballo, por la embestidas suaves, lineales y armónicas que suelen desarrollar. Cualidades que mostró el primero de la tarde desde que saliera de chiqueros, al que paró con solvencia el portugués Rui Fernández, que vino ataviado a la federica, lujosa reminiscencia dieciochesca de tradición lusitana. Tras un dilatado proceso probatorio, el caballero encontró el terreno apropiado para prender el primer y único rejón de castigo que colocó. Pero el toro, carente de casta y de poder, pronto rebeló su extrema mansedumbre, lo que motivó que las suertes resultaran laboriosas, prolongadas y cansinas. No exentas de riesgo, pues obligó a Fernández a llegar mucho a su oponente para verificar con éxito u expuesto y desigual tercio rehiletero, en el que a las banderillas largas le siguió una sucesión arrebatada de banderillas cortas, y que sería abrochado con el encendido adorno postrero de una rosa. Erró con reiteración con el rejón de muerte y fue silenciado.

También resultó laboriosa su actividad ante el cuarto, un animal de anodino comportamiento y falto de casta que persiguió sin excesivo esmero la estela de la cabalgadura. Rui Fernández, sin lucimiento en el primer tercio, conseguiría momentos destacados, de templada doma y correcta colocación de hierros agresores, durante un variado y prolijo tercio de banderillas. Sin suerte con el manejo de los aceros toricidas, su actuación volvió a ser silenciada.

Temple, dominio y elegancia derrocó Diego Ventura para parar a galope el inicial brío del segundo de la suelta, hasta clavar con pureza un certero rejón de castigo. Durante el inmediato tercio de banderillas el astado mostraría con claridad su mansa y noble condición, lo que obligó al jinete a rescatar lo más exquisito de su doma y lo más excelso de su repertorio, con los que dio toda una lección de toreo a caballo. En el que équido y caballero parecieran un binomio indisoluble, hasta el extremo de constituir un aparente centauro lidiador. El tercio rehiletero, pulcro y espectacular, supuso una viva glosa del mejor rejoneo. Tras prender un rejón de muerte caído, de efecto fulminante, obtendría las dos orejas.

Con la añeja y campera estampa de una garrocha en mano recibió Ventura al segundo de su lote, al que prendió con soltura y precisión sendos rejones de castigo. Encandiló a la entregada concurrencia en el apoteósico transcurrir de un tercio de banderillas en el que aunó el arabesco del adorno, el arrebato de lo espectacular y la pureza en la ejecución de cuantas suertes ensayó. Dos golpes de rejón y otros tantos de descabellos pusieron fin a su labor.

No fue un dechado de codicia el tercero de la tarde que, despreocupado en la persecución del equino retador, convertiría en cansina la esforzada labor de Leonardo Hernández durante el primer tercio. Quien, a lomos de un bello caballo bayo y otro de tordo pelaje, conseguiría los momentos más brillantes al clavar banderillas de ortodoxa ejecución y templar las embestidas a escasos milímetros de los pitones. Adornos postreros, con caricia de la testuz, sirvieron de preámbulo a un rejón de muerte contrario al segundo intento, que hubo de necesitar dos golpes de descabellos. Cierta fijeza mostró de salida el burel que cerraba plaza, pero pronto reduciría su viaje, lo que obligó a Hernández a encelarlo muy en corto para desarrollar una labor elegante y variada en la que proliferaron banderillas de correcta ejecución. Con un rejón de muerte y cuatro descabellos acabó la función.