Fandi y Perera acaban a hombros en El Puerto

El flojo encierro de La Palmosilla marca una tarde en la que Castella se va de vacío

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La tauromaquia gimnástica y el dinamismo, cromatismo y espectacularidad de El Fandi en los dos primeros tercios, el hieratismo estático, estoico y vertical de Castella, la hondura, poderío y facilidad de Perera necesitan para lucir, precisan para apreciarse y valorarse enemigos de mayor enjundia y presencia, toros con más casta, movilidad y bravura que la mostrada por los lidiados en El Puerto. Si estos toreros, poseedores de tanta solvencia lidiadora, de tanta facilidad para manejarse en la cara de sus oponentes, carecen de contrincantes adecuados, todo parece que quedara a medias, que nunca se alcanzara el listón que marca el deseado nivel de la exquisitez y la emotividad.

Con una larga cambiada y con un preciso esmero capotero, anadando hacia atrás, recibió El Fandi al primero de La Palmosilla, que se quedó muy corto bajo los vuelos de la capa. Un quite por chicuelinas, resuelto con airosa revolera, supuso preámbulo a un lucido tercio de banderillas, en el que destacó su poderoso remate, de valiente atleta consumado, parando al toro con la mano en la testuz. Fue éste un animal de seria presencia y enrazado comportamiento, siempre fijo en el engaño que el granadino le ofrecía en ardiente porfía. Pero le faltó mayor humillación en sus embestidas y le sobró un molesto cabeceo en la salida de las suertes. Ejemplar encastado y repetidor, que no dio excesivas facilidades a El Fandi, quien se limitó a pasarlo con dignidad y pundonor por ambos pitones. Tras una estocada trasera y atravesada recibiría el primer trofeo del festejo.

Menos vistosidad presentó su labor capotera ante el apagado cuarto de la tarde, sólo alegrada con un luminoso y variado quite mediante lopesinas, tafalleras y revoleras encadenadas. Muy brillante y completo resultó también el tercio rehiletero. Inició el trasteo muleteril de hinojos y lo terminó con preciosos abaniqueo y desplante torero, pero el grueso de la labor resultó tan anodino como soso. El certero uso del acero toricida le franquearía la Puerta Grande.

Sin demesiadas apreturas recibió Castella al castaño que hizo segundo, astado de poca chispa y recorrido en sus acometidas y que saldría suelto en la única vara que tomó. Tampoco constituyó un dechado de fortaleza, por lo que llegó al último tercio con embestida escueta y enojosamente rebrincada. Comportamiento ayuno de transmisión, con el que el diestro francés sólo pudo esbozar el conato remoto de un esbozo de toreo. Quien puso fin a este capítulo con media estocada trasera. Sin mucho celo tomó el capote el quinto de la suelta, pues mostró tendencia a la huida y escasa ganas de pelea, por lo que Castella también pasaría casi inédito en este episodio capotero. Tras el susto pasado por el picador José Doblado, pudo lucirse en un quite por chicuelinas. Inició el trasteo muleteril con el estatismo cásico de los pases por alto, pero el toro, enseguida se rajaba por su mansedumbre y trastabillaba su acometida por su falta de fuerzas, por lo que el propósito de armar faena sólo quedaría en el intento. Con un bajonazo dio por clausurada su labor.

Con ceñidas verónicas, mecidas con enjundia, recibió Miguel Ángel Perera a su primer enemigo, un colrado noblón que peleó bien bajo el caballo. Se gustó después el extremeño al quitar con despaciosas chicuelinas, antes de que Ambel Posada saludara al respetable tras parear con acierto. Franela en mano, perera conmovería a la concurrencia con sendos pases cambiados por la espalda e hilvanara sucesivas series en redondo, plenos de ligazón y temple. Muy noble, pero carente de casta y de poder, al de La Palmosilla le costó seguir el viaje cuando se le requirió la embestida al natural. Aún así, Perera logró cuajar una serie con la izquierda de estimable trazo. Tras una gran ejecución del volapié pasearía Perera las dos orejas. Cerró plaza un ejemplar de noble condición pero con total ausencia de casta y de poder, con el que Perera sólo pudo lucir en un quite por gaoneras y en un arrebatado inicio de faena. Si bien, el toro pronto echaría la cabeza arriba y se desentendería por completo de la pelea. Y hasta se echó con mansa reiteración en la arena hasta ser apuntillado sin espada.