Ernesto Pérez Vera - OPINIÓN

La Línea y sus linenses

Me enorgullece escuchar que los nativos de La Línea somos la repera defendiendo lo nuestro

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Desde que resido en Algeciras, y de esto hace aproximadamente tres lustros, no paro de oír que la gente de La Línea es diferente, destacando mis interlocutores que nuestro positivo y jovial carácter nos hace a los linenses más cercanos, más de hacer patria chica. Ojo, que cuando oigo estas palabras siempre rezuman un agradable tufillo a sana envidia, si es que la pelusilla puede ser sana, que yo pienso que sí.

Lo cierto es que suelo responder que en todas partes hay de todo, personas formadas, sencillas y amables, dispuestas a ayudar; y zoquetes zafios, desagradables y sin educación, que no hacen más que fastidiar al prójimo y la propia imagen del lugar en el que nacieron o del sitio en el que simplemente se encuentran viviendo. Creo que cualquier área geográfica del planeta tiene deseables e indeseables pobladores, pero admito que me enorgullece escuchar que los nativos de La Línea somos la repera defendiendo lo nuestro, hasta que algunos despuntan negativamente y se cargan tan idílico pensamiento. Lo anterior evoca en mí el recuerdo de esto que dejó escrito Cervantes en el capítulo XIII de la segunda parte de su obra magna: «[…] en otras casas cuecen habas; y en la mía, a calderadas».

Recientemente participé en Madrid en una conferencia–coloquio sobre temas policiales muy concretos y especializados, asuntos con los que hoy no voy a aburrirles. Pero resulta que allí, a más de 650 kilómetros de aquí, recibí la visita de un puñado de linenses que ejercen sus funciones profesionales en la capital del reino, por supuesto tirando de uniforme y derrochando atención durante mi participación en el evento. Ahí me di cuenta, si acaso no lo sabía ya, que sí, que la gente de La Línea es buena, acogedora y cariñosa; que los linenses somos capaces de todo lo bueno que puede caber en cada momento, si bien nos sobran algunas ovejas negras y descarriadas que pueden llegar a ser tan perras, que para mí no es que sobren en nuestra sociedad sino que sobran en el mundo.

Pero sé que el corazón de la mayoría de los nacidos y criados a este lado del rio Cachón es sano y entregado al visitante, al nuevo, al que precisa ayuda, consejo u orientación. Leches, por ser somos hasta los más cachondos, ¡y a ver quién se atreve a decirme lo contrario! No obstante, si hacer patria chica es bueno —y tanto que lo es—, ayuda a mejorar la imagen, el pulso y el ritmo de nuestra ciudad, la lucha decidida y resuelta, sin paripés ni milongas, sin ambages, contra la asquerosa mugre social que cual excrecencia a diario asoma por demasiadas esquinas de nuestras calles. Me niego a callar, ocultar, negar o justificar lo que únicamente puede recibir reproche legal, social y ciudadano. A estas alturas ya no hace falta entrar en más detalles para saber a qué repugnante perfil humano estoy refiriéndome, porque hoy no me da la gana de hablar de ellos, ¡ea!

Ernesto Pérez VeraErnesto Pérez Vera