Sociedad

El día que perdimos Gibraltar

Con el acuerdo se rompió por primera vez el monopolio comercial que había mantenido la monarquía española con Sudamérica Se cumplen 300 años del Tratado que arrebató a España el Peñón


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En noviembre de 1700 toda Europa puso la vista en una potencia mundial con un trono vacío, en un reino sin monarca. Carlos II de España, el último de la dinastía de los Habsburgo, moría sin descendencia y dejaba huérfano a un imperio donde el sol nunca se llegaba a esconder. Solo hizo falta la llegada de la primavera de 1701 para que los ejércitos de toda Europa pusieran rumbo a la península en busca de un trozo del pastel. Tras doce años de guerra por la sucesión al trono entre Felipe de Anjou o de Borbón, apoyado por el rey francés Luis XIV, y el archiduque Carlos de Austria, apoyado por Gran Bretaña, Portugal, Países Bajos y la mayoría de los estados alemanes, se instaura la paz en la península como consecuencia del desgaste sufrido por las naciones participantes.

Hoy se cumplen 300 años del Tratado de Utrecht. Y más en concreto, de la firma del artículo X por el cual se cedía a Gran Bretaña la isla de Menorca y la ciudad de Gibraltar, además de las concesiones de carácter mercantil que suponían el fin del monopolio español con el comercio de las Indias. Dos puertos y puntos estratégicos desde donde se controlaría el centro y la entrada del Mediterráneo. Aunque el Tratado de Utrecht significaba la paz, esta no llegaría hasta 1714, cuando se acabaron las hostilidades en Cataluña, región que apoyaba a Carlos de Austria.

El Tratado también establecía ventajas comerciales en el imperio español de las Indias, concretadas en el comercio de esclavos, que fue concedido a la South Sea Company y en virtud del cual podía enviar a la América española un total de 144.000 esclavos durante treinta años, y el 'navío de permiso anual', un barco de 500 toneladas autorizado a transportar mercancías a la feria de Portobello sin pago de aranceles. Con estas dos concesiones se rompía por primera vez el monopolio comercial que había mantenido la Monarquía Hispánica con sus ciudades en Sudamérica durante los dos siglos anteriores. En 1715, Menorca volvería a ser parte del territorio español, pero Gibraltar sigue bajo dominio británico.

Durante la II Guerra Mundial, Franco optó por mantenerse neutral, por no invadir Gibraltar con la 'operación Félix' y dejar que Gran Bretaña usara la zona como punto estratégico determinante para la guerra en el Mediterráneo y en el Norte de África. Tras la guerra, Franco aisló a la pequeña ciudad tras una valla, pero el aeropuerto que se construyó permitió a Gran Bretaña establecer un puente aéreo con la población. Con el tiempo el roce hizo el cariño y, poco a poco, se empezaron a abrir las comunicaciones entre nuestro país y la ciudad a pies del Peñón. Han pasado 300 años de la firma del Tratado y en la actualidad, sigue dando problemas. En el año 86 se intentó llegar a un acuerdo por el que se compartiese el aeropuerto de la ciudad, pero fue totalmente rechazado. No sería hasta el año 2006 cuando se estableció el uso compartido del aeropuerto tras el acuerdo entre los gobiernos de España, Gran Bretaña y Gibraltar. Pero España denunció en junio de 2012 ante la Comisión Europea (CE) el régimen fiscal de Gibraltar, al considerar que la aplicación de un impuesto de sociedades del 10%, así como que este se aplique solo a ingresos generados o procedentes de la colonia, favorece la deslocalización de empresas. Como consecuencia, en diciembre, los ministros de Economía y Finanzas de la UE respaldaron un informe sobre prácticas fiscales que concluye que parte del régimen de Gibraltar es «dañino».

¿Será alguna vez Gibraltar español?

Gibraltar ha sido siempre una espina clavada en el orgullo de este país. «No pisaré Gibraltar mientras no haya una bandera española», dijo el pasado marzo el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel García-Margallo. «Alguien debería decirle a nuestro ministro que nunca será así. Un trozo de roca con una pequeña ciudad amurallada de 30.000 habitantes que, aunque comparta también nuestra lengua, sus pobladores se sienten más orgullosos de ser británicos que la propia reina madre», asegura el profesor de Derecho Internacional Público de la Facultad de Algeciras Jesús Verdú Baeza. «Pero, por mucho que reclamemos esa ciudad, ciñéndonos a artículos del tratado de Utrecht, nunca podremos recuperar Gibraltar porque las normas modernas del derecho internacional los eliminan y no los hacen válidas ante un tribunal.