Opinion

Memoria del dolor

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Leo las noticias sobre la exhumación de los 17 fusilados de Menasalbas. Leo la historia de este crimen, los nombres de los que fueron primero torturados, sometidos a vejaciones y luego asesinados y enterrados, boca abajo, junto a la tapia del cementerio de su pueblo pero por fuera, aislados y solos en su muerte, condenados al olvido. Leo estas cosas y no me cabe en la cabeza cómo hay personas que siguen negando a los familiares el derecho a buscar a sus muertos, a sacarlos de las fosas donde los obligaron a pudrirse. No entiendo cómo hay quienes critican que un hijo, un nieto, un sobrino o un amigo quieran recuperar su memoria.

En Mesalbas, 'Follones hijo' y 'Follones padre', 'El Sereno', 'Carrillogordo', 'Pajarero', 'Ojochico', 'El Hojalatero', 'El Bomba', 'Polanco' y otros ocho republicanos fueron asesinados por sus propios vecinos, por gentes que conocían sus apodos populares, que sabían que 'Follones hijo' tenía 15 años, que la hija de Bernardino Gómez tenía apenas dos y que no recordaría a su padre porque sólo lo había visto en una ocasión, que Lucio Crespo y Patrocinio Camino habían sido alcaldes de Menasalbas, que Bernardino Gómez, Benigno Gómez, Pablo Zarzalejo y Gregorio García volvían, derrotados, magullados, hambrientos, de la guerra. A quienes les fusilaron no les tembló el pulso por conocer sus nombres de pila o haber compartido con ellos un banco en la escuela o un pitillo en la plaza del pueblo. Aquella guerra volvió a muchos españoles desmemoriados y sanguinarios.

Cuando tenemos la oportunidad de demostrar que esa desmemoria nos lastima, que esa sangre derramada en vano nos atormenta, ¿seremos también insensibles? ¿Diremos que «el pasado pasado está»? ¿Ignoraremos las heridas que nunca se cerraron?