En 1979, Camarón se dejó contagiar por el rock y la psicodelia, incluso en su estilo personal. :: P. JULIÁ
Sociedad

Camarón se hizo leyenda

Se cumplen 30 años de la edición del disco con el que el cantaor de San Fernando revolucionó el mundo del flamenco

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Acababan los años 70 y los vecinos de aquel pueblo tan pequeño, perdido en mitad del Aljarafe sevillano, nunca habían visto un tanga. En la casa de Ricardo Pachón, para qué negarlo, estaban pasando cosas muy raras. Por ejemplo, que un músico brasileño se paseara medio desnudo por el patio, moviendo su melena afro al ritmo endiablado de una caja flamenca. Los vecinos, que no entendían eso de que el taparrabos era «una referencia étnica», se plantaron varias veces en la puerta: «Que las tapias son muy bajas», avisaron. «Que hacéis mucho ruido, y estamos hartos de tanto guitarreo y de tanta fiesta. Que vamos a llamar a la Guardia Civil». A pesar del jaleo, del mosto y la maría, dentro de aquella humilde casita de Umbrete, Camarón de la Isla, Tomatito, Raimundo Amador, Ricardo Pachón y una larga lista de virtuosos y creadores no estaban haciendo el tonto. Estaban haciendo Historia.

Allí, entre risas y desvaríos, se forjó un disco que cambiaría para siempre la idea del flamenco como un arte estanco. La voz perfecta de Camarón, la frescura de una nueva generación de músicos rendidos al rock psicodélico, y la maestría del productor Ricardo Pachón a la hora de convertir toda esa vorágine de intenciones en un sonido real, tangible, convirtieron 'La leyenda del tiempo' en un título revolucionario, que acaba de cumplir 30 años en plenitud de facultades.

Esta sublevación colectiva contra los cánones de la vieja escuela surgió por casualidad o por ventura, que es como llaman los gitanos al destino. Camarón había firmado cuatro discos con Polygram. El primero de ellos lo escribiría Manuel Molina, de Lole y Manuel, por quien el genio de San Fernando sentía una devoción absoluta. Para hacer las cosas «como hay que hacerlas», el cantaor se fue con su mujer a pasar una temporada a la casa sevillana de su amigo. «Allí trabajarían mano a mano, dándole vueltas al concepto, al tono y a las letras del nuevo LP». Pero resulta, según cuenta Pachón en el documental conmemorativo 'Tiempo de leyenda', que La Chispa traía sus propias sábanas desde La Línea, y que ese detalle, a Lole, no le hizo ni pizca de gracia. El ambiente se agrió de pronto y Camarón decidió romper la baraja. «Ya no hay disco con Manuel», le dijo a Pachón, muy seguro. Y así fue como una tonta porfía sobre la ropa de cama les obligó a cambiar todos los planes y les abrió, de par en par, las puertas a la improvisación.

«Muy tímidamente le di algunas ideas, le enseñé algunas canciones, le expliqué que podíamos hacer un homenaje a Lorca con un aire a los Smash, o a lo Veneno, porque yo estaba obsesionado desde siempre con un tema muy atrevido que Sabicas había grabado en 1966 con Joe Beck, en la prehistoria del flamenco fusión, y quería experimentar con baterías, guitarras eléctricas y sintetizadores», explica Pachón. Tras lanzarse a la aventura, visitaron a un jovencísimo compositor 'underground' que por entonces ya se moría de ganas de hacer la guerra en primera línea: Kiko Veneno. El desparpajo y las genialidades de Veneno, que «se transformaban en magia en cuanto las tocaba la voz de Camarón», les dieron el impulso decisivo para arrancar el proyecto. El autor de 'Volando voy' siempre recordará que tardó «dos segundos» en darse cuenta de que «José Monge Cruz no era un tío de este mundo».

Pescaíto y marihuana

La casa de Umbrete se transformó en el hogar circunstancial de una panda de majaras, según el guitarrista Tomatito. Pachón eligió el lugar para forzar los ensayos, aunque sabía que «meterlos a todos en esa especie de retiro tendría sus consecuencias». Tocaban y tocaban, corregían, matizaban, repetían. «Pero éramos amigos, y crear un ambiente festivo era parte del trabajo, porque era perfecto para la inspiración y la creatividad».

No faltaba el vino, ni los porros. No se escatimaban en horas de sueño, ni en noches de algarabía. Pero luego, «a la hora de la verdad, todo el mundo estaba tan comprometido con lo que estábamos haciendo que la gente daba lo mejor de sí», dice Pachón, con un punto de orgullo. Camarón tenía sus propias excentricidades, claro, «pero no eran nada excéntricas». No quería habitaciones pintadas de negro, ni botellas de vino caro, ni chaquetillas forradas de satén. «Quería pijotas. Pijotas frescas, de San Fernando. Y se las traíamos. Él se metía en la cocina, con Juan El Camas, que se las limpiaba y se las preparaba, y salía listo, contento y satisfecho, con los dedos brillantes de aceite».

Fuera, guitarra en ristre, lo esperaba Raimundo Amador, que acababa de casarse. «Le dije a mi mujer: cariño, no te lo vas a creer, pero de viaje de bodas nos vamos a Umbrete. Porque el asunto lo merecía. Ésa fue mi luna de miel: con Camarón y Tomatito, dale que dale, toma que toma.». Él tenía 18 años y su mujer, «muy calladita, entre tanto maestro», acababa de cumplir los 17. «En aquella casa curramos de lo lindo, improvisamos, experimentamos. Cada uno se fue contagiando del estilo del otro, a pecho descubierto, y el resultado está ahí, tan extraño, tan minoritario y tan mestizo». «Un día llevé a Camarón a mi casa», recuerda Raimundo Amador. «Mi padre no estaba y mi madre, que no lo había reconocido con las barbas y las gafas de sol, me cogió en un aparte y me regañó: 'Ya sabes que a papá no le gusta que metas hippis en tu cuarto'». «¡Pero si es Camarón!», le dije. «Entonces se llevó las manos a la cabeza, le pidió perdón, lo invitó a comer y lo hartó de potaje de hinojos».

Entremedias, Paco de Lucía se presentó en «aquel manicomio» con una troupe completa de insólitos compañeros de gira, como Rubem Dantas, el brasileño que soliviantó a la vecindad con sus rastas agresivas y su tanga de aborigen; o los Veneno, que «hicieron tantas chiquillerías que, tal y como nos temíamos, al final vino una pareja de la guardia civil a echarnos la bronca, aunque el asunto no pasó a mayores: los chavales no habían tenido otra ocurrencia que dedicarse a robar las naranjas de un huerto», bromea Pachón.

Mortadela y rock

En el estudio de grabación, ya en Madrid, nunca faltaron dos cosas: bocadillos de mortadela y ganas. Diego Carrasco se sumó a la lista de futuras estrellas del flamenco implicadas en el proyecto. Ejerció de palmero y animó el cotarro. Recuerda la naturalidad con que Camarón iba aceptando que aquel no sería un disco normal, porque había instrumentos indios, y un bajo eléctrico, y una batería que arrancaba a trallazos una canción, y un compás, de 12 x 12, que era una invitación a locura. «Pero nunca se opuso. Jamás. Era un hombre transparente. Su cara era un espejo. Si el sintetizador, el piano o el rollo eléctrico, en general, le hubieran molestado lo más mínimo, lo hubiéramos notado todos», explica Carrasco. «Cuando cerramos el disco, Camarón estaba encantado del pulido final», insiste Pachón.

Los problemas vinieron después. 'La leyenda del tiempo' era una joya de la vanguardia y un regalo para el futuro. Así que se vendió poco y mal. Recibió ataques feroces de críticos que luego militaron en la Historia Universal de la Estupidez. Las tiendas de discos de Sevilla comenzaron a recibir cientos de devoluciones. A la compañía le entró el pánico. «Esto no es flamenco», se quejaban los puristas. Pero Camarón aguantó la tormenta y no traicionó a ninguno de los suyos, a pesar de que el frente era amplio y peligroso. «Sólo una vez me buscó las cosquillas, pero muy de coña», cuenta el productor. «Me dijo: 'Ricardo, por Dios, el próximo que sea un disco sencillito, con cante, guitarra, palmas y ya está'. Pero lo hizo con una sonrisa grande, sin asomo de reproche».

Los años han venido a darles la razón. El tiempo hizo leyenda 'La leyenda del tiempo', y desde finales de los 80 es un disco fijo en cualquier listado serio de títulos míticos de la música española. Llegaron, más bien tarde, los aplausos y los laureles, los homenajes y los documentales.

Aun así, para Pachón, el padre de todo aquel prodigioso delirio, no hay premio comparable al momento en que, después del largo viaje de vuelta desde Madrid a Granada, con Kiko Veneno y Jaime El Parrón como compañeros de liturgia, aparcó por fin su vieja furgoneta a los pies del Darro y, con La Alhambra iluminada al frente, escuchó la voz quebrada de Camarón cantarle a Lorca: 'El sueño va sobre el tiempo / flotando como un velero.'. Todavía, dice, se le encoge el estómago.