Esta vía de la Zona Sur recibe la visita de muchos vecinos de los alredores, ya que atesora varios comercios. /CRISTÓBAL
Jerez

Donde la vida se hace copla

La calle Escritor Antonio Quintero y Ramírez, dedicada a un jerezano talentoso para escribir historias en verso, se encuentra en Puertas del Sur y es arteria de vida de esta zona de la ciudad

JEREZActualizado:

Suena la voz de Carlos Baute y su famoso Colgando en sus manos. Se le escucha en toda la calle porque se trata de la megafonía del club Puertas del Sur. Los altavoces han salido buenos a tenor de la fuerza con la que se oye la famosa canción. Son las dos de la tarde y los comercios acaban de cerrar mientras las frases se deslizan por el asfalto: Colgando en tus manos te envío poemas de mi puño y letra... La calle se ha quedado un tanto desierta. A un lado está el lateral del club, con sus pistas de tenis, y a la otra orilla, la vida de los comercios. Hace unos años, la gente se quedaba un rato más para el aperitivo y la cerveza, pero los tiempos cambian y el personal se pone duro a la hora de ir al bar.

Lo que no se sabe es qué hubiera pensado el gran Antonio Quintero Ramírez, autor de sainetes y letras de coplas andaluzas. Fabricante de historias melodramáticas para folclóricas con bata de cola. Don Antonio Quintero y Ramírez fue un jerezano que nació a finales del XIX en la calle Escuelas. Pronto supo de su talento para componer historias en versos. Costumbrista a toda costa, recreó obras tan famosas en la época como ahora lo es la canción de Baute. A Quintero todavía se le escucha. Su Morena Clara, Filigrana o la Zambra que protagonizaran Manolo Caracol y Lola Flores son imperecederas. Pero. ¿y eso de Colgando en tus manos? ¿Qué hubiera dicho el maestro Quiroga de haber conocido la música actual? Quintero perteneció a ese triunvirato que escribieron letras tan impecables e inmortales como Y sin embargo te quiero o la mismísima Zarzamora. Se trató de trío compuesto por Antonio Quintero, Rafael de León y Manuel Quiroga. Nada menos.

El escritor Antonio Quintero y Ramírez tiene su calle en Jerez. Está en Puertas del Sur. Se trata de una de las travesías con más vida de la zona. Farmacia, estanco, carnicería y dos bares, uno al lado del otro. Para que la clientela se encuentre unida.

Gumer

En el bar de Gumersindo Rodríguez está su hijo. «Si quieren conocer a mi padre, que es el que lleva el bar, mejor será que te pases por el que está aquí al lado», sentencia. El bar se llama Las Duelas, y tiene algo de más ambiente alrededor de la barra. Gumer -así se le conoce en el barrio-, no contesta. No responde. Igual piensa que han entrado a preguntar por él los inspectores de Hacienda. «Lo que me faltaba...», parece pensar mientras inserta algunas monedillas en la máquina tragaperras y refunfuña cualquier aire galáctico. «Yo soy Gumersindo», aclara un señor con una impecable camisa roja. Dos minutos más tarde, se descubre la broma. Gumer se destapa a tumba abierta. «Es broma, hombre. Gumersindo soy yo. Este es un impostor». Se descifra el misterio y ambos se van a una esquina del mostrador, se piden dos cervezas bien frías y se entretienen con unas cigalas que tienen buena pinta. Así es cómo comienza en Las Duelas el debate sobre el estado de la nación.

Al diablo con Antonio Quintero y sus letras de bandoleros y gitanas guapas. Bajemos a la realidad y reflexionemos sobre cómo anda la calle y por extensión el país. Aprovechemos ya que están aquí los periodistas. «Esto está muy mal, hijo -comienza Gumer-. Antes éramos cuatro bares en la calle y no dábamos abasto. Ahora ya ves. Mi bar vacío y éste con un poco de más ambiente. Por eso me vengo aquí», argumenta. Miguel es el señor con la camisa roja. «Esto es una vergüenza. Me siento muy español, pero ya no nos queda nada de lo que fue esta gran nación. Pero la democracia es así. Suele despacharte con los políticos que cada pueblo se merece», afirma.

Los efectos de la crisis

Un señor que está a un lado del mostrador asiente con la cabeza y hace un gesto de conformidad. Después sentencia: «Hazle caso. Este señor es muy ilustrado y culto. Es historiador y escritor. Sabe lo que se dice». Gumer, por su parte, interpreta un pase cambiado y se centra en la calle de nuevo. La cigala que sostiene en la mano tiene los minutos contados. «La crisis es una realidad. Ahora parece que aquí no vive nadie. Claro, clase media... muy poco trabajo, y la gente está muy reacia a bajar y tomarse una copa. Ahora no vendemos ni la mitad de lo que vendíamos hace cinco años», agrega. Gumersindo no tiene acento jerezano. «Qué va. Soy asturiano y como me casé con una sanluqueña pues ya sabes, me vine hace muchos años. Me considero ya de aquí». Miguel agrega un dato: «De Asturias. Donde comenzó de nuevo la conquista de España. Pero de aquel espíritu ya no queda nada. Esto es una mierda».

Frutas y cigarrillos

El debate no ha hecho más que empezar. Lo cierto es que el optimismo no reina hoy en el bar. Una copita de oloroso seco y una cervecita para echar el calor fuera.

A un lado de la calle está la frutería. Trabajan desde hace unos meses una joven pareja, aunque el negocio pertenece a María José Guerrilla. La frutería se llama Catana. Y allí es donde se acude para comprar un cuarto de pimientos o medio kilo de cebollas. José Bernal Vega ha estado siempre trabajando en el negocio de las frutas y las hortalizas. De esto entiende un rato. «Sí, pero ya no estoy para muchos trotes. Así que esto no lo llevo yo. Mi mujer es la responsable. A mí que me quiten lo bailao», contesta. Abren todas las mañanas con la fresquita y dos tardes a la semana se ofrece también las frescas frutas al vecindario porque, según cuenta Mercedes Villodre, «hay mucha gente que trabaja hasta más tarde y no pueden comprar por las mañanas». La frutería tiene buena pinta y las manzanas golden brillan como auténticas esmeraldas.

Más allá está el estanco que dicen los vecinos que es un clásico en la calle. Se trata de la expendeduría número once, de las antiguas. «Antes el estanco estaba en la calle Guarnidos. Pero hace años que se trajo a esta zona. Un lugar nuevo de Jerez y, lógicamente, hay más vida que en el centro», argumenta Francisco Javier Puente. El negocio va bien. No paran de entrar clientes a comprar cigarrillos. «Y mejor que debe de ponerse. Vamos a ir a la prohibición total en lugares públicos del consumo de tabaco. Con la prohibición de fumar vendrá también la eliminación de máquinas. Así que el que quiera fumar tendrá que venir a los estancos», afirma. Pero el personal seguirá fumando y el Estado, recaudando mucho dinero por el consumo de tabaco. Esa doble moral tan al uso en estos tiempos.

La calle Antonio Quintero y Ramírez se sumerge por un rato en la tranquilidad de la sobremesa. Tan sólo se escuchará el tronar del autobús cuando pasa. Y poco más. Los negocios ya han cerrado hasta la tarde. Pero queda todavía mucha calle que andar. En una segunda parte habrá que seguir conociendo vidas de esta zona. A la sombra de las coplas imperecederas de este jerezano célebre en todo el mundo y tan poco reconocido en su tierra.