CÁDIZ

Memorias del instituto más antiguo de Cádiz

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En Cádiz, la enseñanza pública entró muy tarde. Hasta la aparición del IES Columela en 1863, los pocos niños que podían acceder a una formación académica lo hacían a través de los centros privados: San Agustín, San Felipe, Santo Tomás... Pero eso no fue óbice para que el instituto, creado en un principio en el antiguo Convento de San Agustín, se erigiera desde sus inicios en el epicentro de la cultura de la ciudad. Grandes nombres e ilustres personajes han firmado sus exámenes en las aulas del Columela: Falla, Lerroux, Primo de Rivera o Fernando Quiñones, entre otros muchos.

Por esa razón, ya sea desde la calle San Francisco o en su nueva ubicación frente a las Puertas de Tierra, el colegio ha sido y es la matriz de algunos de los hitos más importantes de Cádiz, Andalucía y España. Sometido a los cambios de enseñanza, entre transformaciones ideológicas y avances tecnológicos, el centro público de Bachillerato más antiguo de la ciudad se prepara para su 150 aniversario con una iniciativa que espera reunir al principal legado que atesora, su patrimonio humano. El de miles de adolescentes, hoy adultos y ancianos, que aprendieron a vivir entre sus pasillos, el laboratorio o la cantina de Antonio. Esta misma semana se ha institucionalizado la Asociación de Antiguos Alumnos, que más que como un ente legal, debería inscribirse con el nombre coloquial: la familia del Columela.

El 27 de octubre de 1962, después de casi cien años de trayectoria, el Instituto Columela, hasta entonces ubicado en la calle San Francisco, sale de Cádiz. Por unos metros, los que lo separan de las Puerta de Tierra, entre el mar y las cuevas de María Moco. En ese recinto y después de casi una década de lentas obras, se escribe la segunda parte de la historia del centro de enseñanza media más antiguo de la ciudad. Hasta allí se trasladaron centenares de alumnos varones. Y las «hembras», como entonces se les llamaban, pasaron definitivamente al Santa María del Rosario (antiguo ex convento de San Agustín). Desde el estallido de la Guerra Civil, hombres y mujeres se habían separado en turnos para evitar su convivencia.

La escisión, que con la llegada de la democracia fue subsanada, no ha impedido que estos chicos y chicas, hoy adultos, planeen su reencuentro, que ya ha sido institucionalizado esta misma semana con la creación de la Asociación de Antiguos Alumnos del Columela. Servirá para recordar aquellos años de juventud, los exámenes de ingreso, las aulas, los catedráticos que entonces impartían las clases, los primeros amores, antiguas luchas y viejas contiendas entre chiquillos y las horas de recreo.

Antonio Gómez se convirtió, ya en aquella época, en un símbolo del centro. Primero con su carrito y después con una cantina que construyó con sus propias manos, dio de comer a los chavales hambrientos con bocadillos de chorizo, frutos secos, tortas de coco y unos controvertidos canutos de chocolate que provocaron una curiosa confusión: «Hubo un profesor que se chivó al entonces director, Emilio Español, que me llamó a su despacho. Pero cuando se enteró de que era chocolate de comer, le echó la bronca al maestro», recuerda el que ha sido regente del bar del Columela durante 45 años. Ahora retirado y con una salud delicada, esboza las evocaciones de entonces con la alegría de un niño, aunque él es el abuelo del colegio. Poca calma ha habido durante estos años en los pasillos del instituto que ha visto pasar a los poseedores de los apellidos más conocidos de la ciudad: Juan Carlos Aragón y Antonio Martínez Ares ensayaron sus primeras letras de Carnaval en su salón de actos; Paz Padilla hizo bromas con las compañeras de clase; a Rafael Concha le sobrevino su vocación de cardiólogo en el laboratorio y a Diego Sales la suya de profesor (en la actualidad es el Rector de la UCA).

«La pena es que cuando eres joven no eres consciente de donde estás. Ni de todos los personajes que han pasado por allí, tan influyentes y que están por toda España. Es lo que tiene la juventud, que no lo valoras», dice la presentadora de televisión.

«Yo tuve la suerte de que me tocó un aula magnífica y que las goteras estaban en la azotea», comenta Sales. Y es que los pasos iniciales del nuevo edificio –en la etapa de estudios de Pablo Juliá o Manuel López Doña– no estuvieron exentos de problemas, y las deficiencias en las infraestructuras se sucedían. Las trabas del Régimen también hubieron de sortearse, hasta conseguir la filosofía liberal que ha hecho al Columela conocido en toda la provincia.

«Muchos alumnos del San Felipe pasaban después por el Columela y todavía ahora vienen a buscar fotografías y expedientes. Algunos se venían por manía, otros por razones económicas, porque éste era el único centro de Bachillerato público, o en búsqueda de nuestro espíritu liberal», comenta el actual director, Diego Jiménez.

La pegatina del Grapo

Los 70 fue la década en la que los alumnos debían ir trajeados al colegio o para hacer el PREU (curso preuniversitario), los bedeles parecían sargentos y los jóvenes, aún sin presencia femenina, iban a la playa a ligar. «Amí me expulsaron porque me pillaron fuera de clase», reconoce el futuro director y actual jefe de estudios, Francisco José Vaca.

A partir de 1973 ya no hubo que salir del recinto del Columela para flirtear con las señoritas. Entonces se acordó que las clases de COU fueran mixtas. En el primer curso de mezcla de sexos se matricularon 91 alumnas. Poco a poco fueron ganando terreno en las dependencias del Columela, incluso en 1984 asumía la dirección la primera y única mujer que lo ha hecho, Ana Rodríguez.

Atrás había quedado la etapa estudiantil de Pepe Pettenghi, que desde 1985 hasta 1996 sería director. Septiembre de 1969. El adolescente se topa con una gran pegatina del Grapo cuando entra en el edificio de Santa María del Mar. «Me presenté a Juan Núñez y después comprobé el contraste al subir. De los Grapo pasé a ver al padre Ramón y una serie de profesores memorables, todo ello pintado en un gris Auswichtz», cuenta el ex director.

«Es curioso verificar cómo la llegada masiva de gente de ideología y edad similar permitió unos cambios muy acelerados. A pesar de que estábamos en una estructura antigua y tradicional, lo que se hacía era innovador», enfatiza Rodríguez al recordar aquellos años.

Pasaron los lustros y entre cambio de leyes educativas, de adjudicación de ciclos formativos, de juegos en el foso, de clase por la noche y ojos de sueño por la mañana, los alumnos del Columela iban engrosando el patrimonio humano del Instituto más querido de la ciudad.

Algún día serán sus nombres los que brillen en el universo de las Letras, las Artes o, por qué no, la política. Están compartiendo y experimentando renovadas vivencias, pero la esencia es la misma que respiraron León de Carranza, Alejandro Lerroux, Manuel de Falla, José María Pemán, Fernando Quiñones, Carlos Edmundo de Ory, José Antonio Primo de Rivera, Carlos Castilla del Pino, Bartolomé Llompart, Enrique Villegas o Manuel López Cañamaque, entre otros ilustres.

Mientras, seguirán renovándose los docentes, el gerente del bar y los bedeles, que ya no tienen aquel trato casi militar. «Somos compañeros y amigos, esta es nuestra casa, no podemos sentirnos extraños en un lugar en que hemos dejado jirones de nuestra piel», comenta el profesor Juan de Dios Blanes.

Las reformas y los cambios de competencias, la forma de evaluar los números de las calificaciones, que si Logse, COU o BUP, «fueron un quebradero de cabeza», continúa otro ex director, José Muñoz. Pero eso no ha impedido que el centro sea declarado instituto de patrimonio educativo y que, a pesar de la burocracia, sea uno de los más solicitados.

«Aquí nadie se pelea, debemos ser el único instituto que no tiene pintadas en la pared. Más allá de la formación académica, el Columela destaca por su educación cívica. Se potencian valores como la solidaridad y el trabajo en equipo y el alumno lo da todo por su colegio. Es una competición muy sana en la que prima el sentimiento de pertenencia», se enorgullece Diego Jiménez. Tanto, que es el único instituto de Cádiz que puede presumir de que varias generaciones de ciudadanos digan eso de «yo soy del Columela».

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