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Rueda la bola

VUELTA DE HOJA Ha vuelto la Liga y al menos los sábados y los domingos vamos a cambiar de conversación. No hablaremos siempre del paro, del desempleo y de la crisis, sino de esa otra bola que ha empezado a rodar por los estadios. El balón es también un balón de oxígeno y criticar a Schuster o a Guardiola es menos monótono que opinar de Solbes. Nunca he creído que el fútbol sea el opio del pueblo, sino el deporte más ingenioso inventado por el ser humano. Antes que los ingleses, los neandertales, que todavía no eran conscientes de poseer el genoma mitocondrial, ya jugaban descalzos con la calavera de algún vencido. Tenían los pies más duros que la cabeza, pero se divertían mucho y hasta olvidaban que eran hombres primitivos.

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También ahora el fútbol nos sirve para olvidar cosas desagradables. Quien está pendiente de Casillas se despreocupa del Ibex. Olvidar es un arte, pero se necesita mucha memoria para olvidarse de todo. En un país latinoamericano, entonces llamado hispanoamericano, oí a un vendedor callejero que pregonaba su mercancía casi como en la canción de Atahualpa Yupanqui: «¿Yugos milagreros y yerbas para olvidar!». Ahora esas yerbas se han trasladado al césped. Goles son amores. Desde mi remota niñez, cuando empecé a tener uso de balón, el monosílabo gol es el que he oído gritar de manera más entusiasta y unánime. Decir que el fútbol es ver a veintidós hombres dar patadas a un balón, según Prietlay, al que le gustaba tanto como a Albert Camus, es como decir que un violón es sólo madera y tripa o que Hamlet es papel y tinta.

Mucho pedante anda suelto y aprovechando su libertad no sólo dice que no soporta el fútbol, cosa absolutamente legítima, sino que menosprecia a quienes lo amamos. Ignora que Di Stéfano y Schopenhauer son compatibles. No en la misma alineación, claro.