CELEBRACIÓN. Milicianos festejan el reconocimiento ruso de la independencia surosetia. / EFE
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Rusia tensiona su 'patio trasero'

El conflicto de Georgia podría repetirse en otros estados vecinos como Ucrania y Moldavia

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Aunque Moscú justifica su intervención militar en Georgia aduciendo que fueron primero ellos quienes atacaron Osetia del Sur, territorio que la ONU reconoce bajo la jurisdicción de Tiflis, la verdad es que las provocaciones las comenzó Rusia mucho antes. Lo hizo manteniendo sus tropas en la zona sin el consentimiento del Gobierno georgiano, concediendo la nacionalidad rusa a surosetios y abjasos, restableciendo los vínculos económicos con las dos provincias georgianas mientras aplicaba sanciones contra Tiflis y efectuando incursiones aéreas de intimidación. En suma, dando un apoyo abierto y descarado a separatistas de Osetia del Sur y Abjasia.

Una situación muy parecida se da en Ucrania, cuya península de Crimea está habitada mayoritariamente por rusos y en donde se encuentra la base de la Flota rusa del mar Negro, y en Moldavia, en la provincia separatista de Transdniester. Nagorno Karabaj, región perteneciente a Azerbaiyán, pero administrada por armenios, es escenario de otro de esos conflictos latentes recibidos como herencia de la desaparecida URSS. Moscú utilizó siempre esos focos de tensión como cuñas para dictar a sus vecinos lo que tienen que hacer. Los estados que claudican evitan ser zarandeados por el oso ruso. Los que no, como Georgia, son hostigados, sancionados, desestabilizados y, si la resistencia continúa, se les invade y fragmenta en trozos. El Kremlin exige a sus antiguos vasallos soviéticos fidelidad y mantenerse lo más lejos posible de todo lo que tenga que ver con Occidente. A Moscú no le gusta que nadie a su alrededor copie un modelo de democracia que se considera «ajeno», ni participe en proyectos económicos que perjudican a los monopolios rusos y, mucho menos, que se integre en la OTAN. Georgia ignoró todas las advertencias. Su revolución de las rosas (2003) había sentado un precedente que se extendió a Ucrania, país que también aspira a ingresar en la Alianza Atlántica y en la UE. Ahora, en plena crisis georgiana, el presidente ucraniano, Víctor Yúshenko, ha reiterado una vez más que la base naval rusa de Sebastopol debe ser desmantelada después de 2017, cuando expira el acuerdo que Moscú y Kiev firmaron en 1997. Yúshenko ha pedido a la UE y la OTAN que aceleren la admisión de Ucrania en sus estructuras para «evitar que se repita en Crimea lo que acabamos de ver en Osetia del Sur y Abjasia».

El pasado día 18, en Vladikavkaz, la capital de Osetia del Norte, el presidente ruso, Dmitri Medvédev, respondió a Yúshenko que «no hace falta indicar a Rusia lo que tiene que hacer en Sebastopol» y dijo que existen «tratados internacionales» que permitirían al Kremlin prolongar el arrendamiento de su base en Crimea. Tras la crisis que enfrentó, en 2006, a Rusia y Ucrania por los precios del gas, el entonces primer ministro ucraniano, Yuri Yejanúrov, amenazó con subir el alquiler de la base de Sebastopol e incluso de rescindir el contrato.

Serguéi Ivanov, actual viceprimer ministro y uno de los candidatos que se barajaron en su día para suceder a Putin, advirtió que «si Kiev insiste en echar de Sebastopol a nuestra Armada, Rusia revisará el actual trazado de su frontera con Ucrania». El pasado mes de mayo, el alcalde de Moscú, Yuri Luzhkov, exigió en un mitin en Sebastopol que la base naval y toda Crimea, en donde casi el 70% de sus habitantes son de origen ruso, vuelvan a formar parte de Rusia, de acuerdo con lo expresado en una consulta celebrada en la península a comienzos de los años 90.

El caso de Moldavia

La situación en la región moldava de Transdniester se asemeja a los ejemplos surosetio y abjaso. Se autoproclamaron independientes en 1991, hubo una guerra, entre 1992 y 1993, y los líderes separatistas cuentan con el apoyo de Rusia. En esta región se encuentra desplegado el 14 Cuerpo de Ejército ruso, que incluye una fuerza de casi 2.000 efectivos. La región está dirigida desde 1990 por Igor Smirnov, un antiguo apparatchik comunista que decidió mantenerse fiel a Moscú. El último encuentro de Smirnov con el presidente moldavo, Vladímir Voronin no dio ningún resultado. Voronin, partidario de que su país se adhiera a la UE, pero no a la OTAN, se reunió con Medvédev, quien aseguró que «son buenas las posibilidades para un arreglo del conflicto». Sin embargo, Vladímir Atamaniuk, uno de los líderes separatistas dijo que «lo que desea nuestro pueblo es independizarse».