EL BESTIARIO GADITANO

¿Quién fue?

Que los familiares de las víctimas de ese avión de Spanair siniestrado en Barajas se pusieran a preguntar el mismo día del accidente de quién era la culpa resultaba inevitable. Que lo hicieran periodistas, tertulianos y locutores de radio era simple histeria y puro morbo. Averiguar cuáles son las causas de una tragedia así lleva tiempo y no suele haber nunca un culpable único. Lo que hay siempre es una concatenación de hechos, ninguno de ellos letal en sí mismo, que se suceden de forma fatal y en los cuales cada componente de un colectivo amplio suele tener una responsabilidad pequeñita. Muchas responsabilidades o irresponsabilidades pequeñas, parciales, veniales pero juntas provocan un gran accidente, total y mortal. Sin embargo, hay que buscar un culpable. No valen esas explicaciones, que son las que dan al final los expertos después de analizar las cajas negras de los aviones siniestrados. No vale crear con tiempo y con rigor las condiciones de seguridad en los aeropuertos que impidan que siga produciéndose ese tipo de siniestros lo suficientemente dilatados en el tiempo como para que nos olvidemos del asunto en unas semanas. Con los accidentes aéreos pasa como con el terrorismo; que no somos constantes ni sistemáticos; que sólo parecemos dispuestos unánimemente a terminar con él de verdad el día en que se manifiesta; que actuamos de un modo emocional, pero que, en cuanto se nos pasan los primeros efectos, volvemos a olvidarnos de reclamar medidas que prevean e impidan eficientemente que vuelva a suceder.

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En todo este afán de buscar al gran culpable hay mucho de primario. Pasa como con ese chófer del autocar que vuelca lleno de monjas a las afueras de Zaragoza y que no es que iba ebrio, sino que se había tomado dos carajillos para aguantar las 20 horas que llevaba sin dormir gracias a una empresa muy ahorradora. Y luego está eso que Magnus Enzensberger ha llamado «la mediocridad delirante». No es que a uno le parezca bien que vuelque un autobús de monjas en las afueras de Zaragoza, sino que ese es un hecho que está dentro de la normalidad, la cotidianeidad, la mediocridad delirante en la que vivimos. Hay gente que cree que volar es normal.