EXPECTACIÓN. Barajas se ha revolucionado con la llegada de la selección de baloncesto. / REUTERS
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Los Juegos de los peros

La expedición española llega a Barajas contenta pero con la sensación de haber desaprovechado una gran oportunidad

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La puerta número uno se abre. Varias decenas de jóvenes que abarrotan la valla protectora empiezan a gritar y chillar. Llevan como atuendo camisetas de la selección de baloncesto y banderas nacionales pintadas en las mejillas. El ruido es ensordecedor y es imposible descifrar los cánticos. Pero es una falsa alarma. Por la terminal 1 del aeropuerto de Barajas aparece un matrimonio con un niño pequeño impresionados por la cantidad de cámaras, micrófonos y curiosos que esperan la llegada de la delegación española procedente de Pekín. El gentío, tras unos segundos de decepción, se repone y vuelve a entonar cánticos. «Yo soy español, español, español». De nuevo se abre la puerta y desde un lugar imposible de determinar emerge un grito: «Allí esta Pau». La locura.

Con esta expectación se vivió la llegada de la expedición española, algo que pareció sorprender a alguno de los atletas no tan acostumbrados a congregaciones tan multitudinarias. Los deportistas salían con una sonrisa en la boca, al menos, todos los que traían una medalla colgada del cuello. Sin embargo, todos coincidían en haber podido mejorar sus resultados. Pau Gasol lo dijo muy claro cuando le preguntaron por «la plata que sabe a oro». El ala-pívot con mucha serenidad contestó: «Sin duda es una plata que sabe mejor que la del Europeo. Pero una plata es una plata y un oro es un oro». Su hermano tenía el mismo parecer al afirmar que el resultado obtenido era muy bueno pero «hay que seguir compitiendo».

Lozano, resignado

Mientras los protagonistas que osaron plantar cara al nuevo Dream Team son acosados por fans ansiosos de una foto y un autógrafo de sus héroes, un veterano del balonmano español, Demetrio Lozano, muestra orgulloso la medalla de bronce y se felicita por el buen nivel mostrado por el equipo. «Pero no hemos hecho unos Juegos brillantes. Si no habríamos estado en la final», confiesa. También tiene palabras para el emblema del balonmano español, David Barrufet, que abandona el combinado nacional y al que no duda en calificar como uno de los mejores de la historia. Y el emblema habla, emocionado al recordar tantos años de entrega a la selección y no esconde la alegría de poder despedirse con una medalla. Otro pero: «Nos faltó estar acertados el día que debíamos, eso fue lo que nos faltó».

Entre la marabunta de aficionados y periodistas, el maratoniano Chema Martínez, observa con sana envidia y resignación cómo otros acaparan los medios y la atención de los aficionados. El atletismo fue el talón de Aquiles que impidió poder igualar e incluso mejorar los resultados de Barcelona'92. Y el madrileño lo sabe. «Es un orgullo haber estado en los Juegos», comenta el atleta que dice estar contento con su actuación porque lo ha dado todo, aunque matiza: «Tengo un sabor agridulce. No se ha conseguido lo que se esperaba de nosotros». A pesar de ello se ríe cuando le preguntan por cambios de ciclo: «Quedan cuatro años para Londres y yo pienso estar allí».

Las dos caras

Y si el atletismo en España tiene una prueba reina, esa es el 1.500. Juan Carlos Higuero fue quinto y quizás una mejor colocación en la carrera le habría permitido subir al podio. En un principio se resiste a confesarlo. «He estado en la pomada, quedarte tan cerca no es un fracaso». Al final debe reconocer lo evidente: «Cuando no consigues medalla, te quedas muy triste». En medio de todo el ajetreo, dos hombres deambulan por el pasillo algo perdidos y desconcertados. Están desbordados por el revuelo que se monta a su alrededor. Parecen apenados pero llevan una presea dorada. Son Saúl Craviotto y Carlos Pérez, campeones olímpicos en K2 500 metros. «Contábamos con estar entre los cinco primeros», dice Saúl que confiesa no haber visto todavía la carrera. «Cuando acabamos, yo estaba celebrando la plata. No me enteré que habíamos ganado», declara mientras mira con complicidad a Carlos.

Poco a poco los deportistas se reúnen con sus familiares y amigos y abandonan la terminal. Lo mismo hacen las decenas de personas que habían acudido a recibirlos. Los Juegos de Pekín terminaron y dejan paso a los de Londres. Quedan cuatro años para velar armas y prepararse para conseguir unos Juegos sin peros.