Cultura

«Sin humor somos mucho más primitivos: es un antídoto»

Osado actor y autor de la escena española, rompió moldes con Els Joglars, grupo que dirige y que aún zamarrea conciencias con su último montaje 'La Cena'

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Muesca -también mosca- cojonera de las tablas, barcelonés de cuna, ya talludito y cano, mantiene su lengua como látigo. Boadella es un referente de nuestro teatro. Actor, dramaturgo y director, fundó El Joglars en 1962 apenas con 19 años. Le condenaron en un consejo de guerra por su obra La Torna. Comprometido, Pepito Grillo de variadas causas, sus montajes aún escuecen. Albert Boadella abjura del paisaje urbano -salvo que se trate de Venecia-, conserva a Pla como escritor de cabecera, de perderse se esfumaría en la Toscana y su principal afición, aparte del teatro, es, sin más: «No hacer nada». Sus únicas mascotas son «los muchos mosquitos que me atacan día y noche».

-¿La provocación es imprescindible en una sociedad anestesiada?

-Es la función del artista, alguien que provoca unos sentimientos, a veces una gran atracción y otras un enorme rechazo. Pero si no provoca, es un personaje sin interés.

-¿Juglar, bufón o cómico?

-Básicamente, cómico. Bufón es una cosa muy específica que a mí básicamente me han llamado como insulto. Por eso escribí mis memorias titulándolas Memorias de un bufón, para girar el insulto. Pero sería más exacto llamarme cómico.

-¿Se considera un icono cultural?

-Para algunos soy un referente y para otros de todo lo contrario, de traición a la tribu, de (ríe) personaje no grato.

-¿Demasiadas veces estrellándose contra los muros?

-La verdad es que siempre he conservado del mundo de los cómicos una característica que forma parte de nuestro gremio que es la picaresca. Generalmente, me he estrellado contra muros que tenían posibilidad de destrucción.

-¿Sobran Ubús en el mundo?

-Hombre, sobre todo en la administración política. No digo que no sean positivos porque si todo el mundo fuera inteligente, creativo y además crítico, posiblemente estuviéramos en guerras muy superiores. Debe existir gente que no sea tan excesiva.

Un juego mágico

-¿El dramaturgo tiene que romper siempre moldes?

-Creo que el dramaturgo lo que tiene que hacer es no aburrir al espectador, esa es su principal función. La otra, conseguir atraerlo y convencerlo al mismo tiempo. Un juego mágico. Lo que para la gente común es blanco, el dramaturgo lo presenta como negro o viceversa. Es el juego esencial del teatro porque para hacer lo que la gente piensa, para eso, mejor dedicarse a la política.

-O sea, la sátira en vena.

-Sí, la sátira, sea en trágico como en cómico, es una de las formas de lenguaje más higiénicas y más terapéuticas que existen en el arte.

-¿Qué queda de aquel espíritu vitriólico de La Torna?

-Muchas cosas. Algunas han sido reformadas porque hay un lado ingenuo como cuando nosotros presentamos la obra y por eso recibimos el palo que recibimos. Hemos corregido la parte de ingenuidad pero por otro lado no hemos aflojado en la crítica satírica hacia lo que nos rodea, a lo que tenemos más próximo.

-¿Sabría hacer lianas con las sábanas si hay que escaparse de nuevo?

-Sabría hacerlas aunque no creo que fuera capaz de utilizarlas. Afortunadamente no tuve que escaparme con ese método sino con el del equilibrio pasando por una cornisa de cinco pisos. Más que volatinero era funambulista.

-¿Su fuga de la cárcel fue su mejor espectáculo?

-Desde un punto de vista funcional, fue el más práctico.

-Pétreo y combativo en la resistencia al franquismo, ahora le tachan de retrógrado, casi de facha. ¿Cómo lo lleva?

-Lo llevo bien porque generalmente me lo dicen los que están más próximos a lo más reaccionario. Por tanto, creo que voy por el buen camino. Normalmente hoy quien se opone a determinadas cosas, a lo que yo entiendo la España negra y reaccionaria, que es la del nacionalismo, es considerado facha.

-¿El nacionalismo se cura más viajando o pensando?

-Sobre todo más pensando, pero también mirando hacia uno mismo y hacia la propia tribu. En vez de mirar al enemigo, a lo que hace el supuesto vecino, mirarse a sí mismo. Es una de las formas de curarse del nacionalismo.

Ciertos avisos

-Pujol y otros políticos no le mandarán felicitaciones por Navidad...

-No, no, nunca me han enviado ninguna papeleta de esas.

-¿Y obituarios?

-Hombre, no ellos pero sí, en fin, sus cachorros; algún aviso de obituario sí que me han enviado.

-Vaya, que lleva algún mordisco en la pantorrilla.

-Sí, sí .

-¿El hombre ha perdido el norte de la solidaridad?

-Bueno, siempre ha sido una cosa compleja y difícil. La solidaridad más perfecta era, seguramente, la tribal. En ciertas tribus primitivas existe un gran equilibrio solidario. A partir de la modernización de todas las formas y de la consecución del individualismo, de conseguir medios para disfrutarlos uno solo y no en común, pues la insolidaridad es un hecho más acusado. Lo que pasa es que hoy la insolidaridad está en boca de todo el mundo de una forma que diría incluso impudorosa. Todo el mundo dice que es solidario y yo me pregunto con qué, porque, claro, eso de decir que se es solidario con el Tercer Mundo está muy bien. Pero, ¿qué haces tú para que funcione esa solidaridad? Ahora forma parte de esas grandes palabras, como la paz, el medio ambiente, en fin de la retahíla de cosas que los integrantes del buenismo te ponen por delante.

-¿Ensalza los toros sólo por provocar o realmente le encandilan?

-Es que yo me aficioné al teatro por los toros. Voy desde que tengo uso de razón y en Cataluña se ha entendido como una provocación, pero son ellos los que han cambiado. Barcelona llegó a ser casi la plaza más importante del mundo en una época y en menos de 40 años ha girado completamente. Ahora, los que nos gustan los toros somos unos asesinos depravados.

-¿Ha recibido más cornadas que Cuchares, que no probó pitón?

-Bueno, (carcajadas), las cornadas las he recibido metafóricas. La verdad es que soy muy cobarde y no me divertiría para nada que me clavaran uno de aquellos cuernos. Prefiero ver una mala obra de teatro o escuchar a un político.

-A Cuchares le afeaba su vanidad, aunque estoqueaba como nadie. ¿Alguna afinidad?

-Bueno, la verdad es que tengo una personalidad que la gente que está a mi alrededor me ve muy pacífico. Sólo mi mujer dice que soy el león perfecto.