AL AIRE LIBRE

Recordatorio por una ausencia

Hace ya muchos años, y en Sevilla, andaba Antonio Burgos por una calle cuando vio venir, con su apostura de campero ilustrado, al gran y olvidado Manuel Halcón, que llevaba sobre el abrigo un brazalete negro, a la antigua usanza de los lutos. Al preguntarle a quien se debía, le contestó el escritor:

Actualizado:

-Es que le estoy guardando luto a mi caballo, que se murió el otro día.

Semejante visión de la vida y de la relación con un animal es algo que sólo se comprende desde las hondas complicidades que se dan en algunos casos entre las bestias y el hombre. Yo entiendo perfectamente a Manuel Halcón, y no debo ser seguramente el único ante quien tamaño gesto cobra una dimensión genial. En una casa jerezana que conozco bien, porque en ella viví y ahora viven mis padres, hay un sentimiento semejante al del escritor sevillano, porque el otro día se nos murió una perra con 17 años, de nombre diminutivo Viti, por decisión bautismal de mi madre, Victoria. Era una fox terrier de pelo duro, la más elegante y bella de la camada de Yoko, su madre, como solía siempre recordar mi tía Pilar. Sin pasión de hermano humano debo decir que no le faltaba razón, pues tenía un hocico prolongado y esbelto, y una planta erguida y aristocrática que le valieron algún que otro trofeo en San Antón. Llegó un verano del 91 siendo aun muy pequeña, recién destetada y separada de su madre por los imperativos de la vida animal, y hubo de compartir piso y estancias con Yago, un caniche negro ya de edad avanzada al que parece que rejuveneció con sus saltos y locuras. No se veía mucho con Leo, el otro habitante perruno de la casa, que moraba en el piso superior, zona de lavaderos y azotea para ser más exactos, porque se enfadaban muy a menudo y podía surgir la guerra en cualquier momento. Pasó sus años corriendo como loca por la galería, escaleras arriba y abajo del patio y entre largos paseos por Jerez, viendo como poco a poco se iban sus vecinos caninos. Primero fue Leo quien se marchó. Luego le tocó el turno a Yago y finalmente quedó ella de dueña y señora de toda la casa, y nunca mejor dicho, porque en mi familia los perros siempre han sido uno mas. Hacía tiempo que la edad inexorable la iba marcando con sus huellas. Esta primavera le hice una foto jugando con mis hijos y ya el declive era significativo. Ahora estará feliz, descansando de achaques y dolores, como cuando era joven.