CONSUELO. El Cid tampoco estuvo a su mejor altura, pero regaló casi todos los buenos momentos que tuvo la tarde inaugural de grandes domingos veraniegos.
Toros

El Cid alivia la decepción del primer domingo grande de El Puerto

La preciosa corrida de Torrestrella naufraga por su pobre contenido. Ponce y Castella, muy fríos, fueron incapaces de hallar lucimiento

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Dieron comienzo los festejos mayores en el centenario coso de El Puerto de Santa María con un rematado cartel de toros y toreros, en el que los aficionados habían depositado muchas esperanzas. Nada me-nos que tres figuras como Ponce, El Cid y Castella ante toros de la acreditada ganadería de Torrestrella. Pero una vez más, la tauromaquia ha mostrado que uno de los calificativos que mejor la definen es el de imprevisible. Rasgo que la hace grande y la convierte en diferente a cualquier otro espectáculo. Sin necesidad de explicarlo bajo el consabido tópico de que «el hombre propone, Dios dispone y el toro lo descompone», se puede afirmar que también esta tarde el nulo juego ofrecido por los astados dieron al traste con las esperanzas depositadas en este festejo inaugural.

La corrida de Torrestrella resultó una auténtica preciosidad en cuanto a su estampa. Con una gran variedad de capas, que evocaban las pinceladas veragüeñas que la rama de Curro Chica aportó en sus ancestros, causó sensación la sucesiva aparición en el albero de toros burracos, sardos, colorados, ensabanados...un auténtico crisol cromático que recordó lejanas épocas de un ovidado toreo. Por desgracia, la belleza de la fachada no se correspondió después con un comportamiento afín. Lo que los toros llevaban dentro era justo la antítesis a tan bellas estampas.

Saltó, majestuoso y con brío, el cárdeno salpicado que abría plaza, y pronto demostró su huidiza condición y sus pocas fuezas en el capote de Enrique Ponce. Tras una lidia soporífera, daba pena comprobar cuánta nobleza quedaba encerrada en la preciosa caja de su anatomía, sin que pudiera desarrollarla por su total ausencia de raza y de poder.

Esta constituyó la tónica del encierro, toros flojos y descastados que desarrollaban embestidas boyantes pero con una desesperante sosería. Tan sólo el ensabanado, capirote y botinero que hizo quinto, mejoró en algo el pobre juego de sus hermanos.

Con mayor recorrido y movilidad, prestó las acometidas suficientes para que El Cid derrochara su particular enjundia en los toreros doblones con que inició el trasteo. Y en dos tandas poderosas de redondos, con muletazos largos y profundos, ceñidos y largos, rematados con donosura atrás. Las series al natural resultaron menos vibrantes, al quedar por ahí el animal más corto y dubitativo. Con circulares, ya metido en cercanías, acabó la faena el de Salteras, que no logró abrochar con la espada.

Perdió el trofeo por este motivo, que ya había conseguido en el segundo. Y lo hizo, paradojas del toreo, tras una labor de escasa reunión y carente de ligazón frente a un animal de poca raza y que siempre embistió con la cara alta. Pero acertó con su tizona, esa que en tantas ocasiones le ha privado de triunfos.

Inédito Ponce con el parado primero, no pasó de un prolongado intento de faena con el flojo y soso sardo que hizo cuarto. Aunque algunas series poseyeron cierta ligazón y temple, el conjunto resultó cansino y monótono. Correcta y pulcra labor pero carente de chispa, alma y transmisión. Algo parecido le sucedió a Sebastián Castella, quien con el remiendo de La Palmosilla intentó sin éxito el acoplamiento. Fue este un un colorado, ojo de perdiz que embestía rebrincado pero que aguantó con creces la pelea que le planteó el francés. A sus series les faltó ritmo, limpieza y hasta una colocación más adecuada. Pronto disminuyó distancias y acortó el viaje del burel para enfrascarse en ese toreo encimista de medios pases donde tan a gusto se siente.

Tampoco despertó emoción alguna la embestida sin casta ni fortaleza del chorreado en verdugo del que cerró plaza. Catella, que en sus últimas actuaciones parece que toreara con la misma frialdad y distanciamiento que desprenden su mirada, planteó un trasteo a base de series de derechazos intercalados de largos paseos. Su actuación, carente de intensidad, con un academicismo formal y hueco, no caló en los tendidos. En los que sí había calado ya el sopor y hasta la fría humedad de la noche portuense.