LA QUE NOS VIENE ENCIMA

Cien días de gobierno sin mucha gracia

Cierto es que la idea de Zapatero de celebrar con un mítin sus primeros cien días de gobierno en esta segunda etapa no entusiasmó a muchos en el PSOE: pensaron que ni la efeméride tenía demasiada justificación ni había demasiadas cosas capaces de entusiasmar al personal en estos últimos meses de crisis de ladrillos, inflación, paro y 'mortandad' de pequeñas empresas. Pero ZP es mucho ZP: se empeñó en que había que refrescar los alicaídos ánimos del personal y ahí tenemos ese anuncio de mítin para el próximo martes: un encuentro con la familia socialista para celebrar los cien días famosos.

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Esto de aguardar a los míticos cien primeros días antes de criticar (o ensalzar) la acción de un gobierno es algo ya pasado de moda: hace tiempo que la acción u omisión de nuestros gobernantes vienen siendo sometidas al fuego graneado de una oposición que ha ido encontrando su sitio precisamente en estas últimas semanas, en las que tantas cosas han cambiado. Y cierto es que la posición gubernamental ante una crisis de la que, obviamente, no es culpable, pero ante la que le acusan de haber reaccionado tarde y mal, no admitía dilaciones en el comentario, en la crítica y en el estímulo.

De hecho, solo ahora, cuando el chaparrón arrecia, se le ha ocurrido al presidente convocar en Moncloa a varios expertos económicos para que le asesoren: ya sabemos que cada cual irá con su receta bajo el brazo y que, en cualquier caso, la 'cumbre' servirá de poco. Al fin y al cabo, ya decía Galbraith, con humor ácido y autocrítico, que un economista es alguien capaz de explicar brillantemente por qué no acertó en sus pronósticos. Pero hacer circular la imagen de que el presidente se preocupa por el tema y ha decidido coger el toro por los cuernos, en lugar de limitarse a expandir su ya célebre optimismo, siempre es bueno.

Y es, en todo caso, un cambio de estrategia: de negar la crisis, pasamos a convocar al sanedrín económico para conjurarla. Y dicen que, cuando Pedro Solbes comparezca el día 28 ante la comisión correspondiente del Congreso, traerá algunas medidas 'populares' bajo el brazo.

Quizá tampoco solucionen gran cosa en el fondo, pero, al menos, el personal estará más distraído y afrontará las vacaciones agosteñas con mejor ánimo.

Pero todo eso ocurrirá a finales de esta semana políticamente importante y a comienzos de la próxima, en todo caso tras la fiesta de exaltación de los cien días. Y tras el encuentro entre Zapatero y Rajoy, lleno de expectativas y de incertidumbres. Que esa es otra.

Son bastantes las especulaciones que circulan acerca de la extensión del temario en la próxima conversación de José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy esta semana. Que ambos se encuentren no deja de ser algo relativamente infrecuente lo que resulta incomprensible- y, por tanto, cada 'cumbre' en La Moncloa entre los jefes del gobierno y de la oposición suscita aprensiones, recelos, expectativas y esperanzas variados. Ambos concurren, dicen, con ánimo de acuerdo; más -o, al menos, lo dice más frecuentemente y más alto- Rajoy que su interlocutor, es la verdad.

Pero me parece que ha acabado la era de la crispación y ha llegado la del diálogo. Y no van a hablar solamente de cómo arreglar el embrollo intolerable de la justicia; tengo la sensación de que temas, y temas sobre los que podrían ponerse de acuerdo -a la ciudadanía le gustaría-, sobran. Aunque resulte poco usual decirlo, lo cierto es que tanto Mariano Rajoy como José Luis Rodríguez Zapatero son políticos sensatos, que dieron lo peor de sí en la pasada legislatura, y probablemente ambos lo intuyen. Les ha llegado el turno de agradar a la ciudadanía, y no a sus respectivas clientelas más extremas. El día 23 tendremos la respuesta.