LA SAGA CONTINÚA. Fran Mejías y Jorge Werner, el hijo del Mago, bromean en el entrenamiento de ayer.
Cádiz C.F.

Tras la sombra de los más grandes

Un cuarto de siglo después, la saga Mejías-Mágico continúa gracias a sus dos hijos, que sueñan con triunfar en el Cádiz


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Hace veinte años, dos ilustres trotaban por el césped de Carranza encumbrando a un equipo a sus mayores gestas. Pepe Mejías y Jorge Mágico González plasmaron sobre el verde las mejores páginas de la centenaria historia del Cádiz. Carácter y calidad, fútbol en su máxima expresión.

25 años después, la naturaleza ha hecho de las suyas depositando los genes de los maestros en sus dos pequeños vástagos. Fran y Jorge arrastran no sólo apellido y nombre de sus padres, sino un innegable talento para este deporte que les mantiene con esperanzas de vivir algún día de estos.

Ya comparten presencia en el vestuario y minutos sobre el terreno de juego del coliseo amarillo. Se encuentran ante un momento clave de sus carreras. El hijo del gaditano, con 21 años, ha triunfado esta temporada con el Balón Aficionado y sueña con dar el salto al filial la próxima temporada. El del salvadoreño ha recuperado la estabilidad en su vida tras algunos devaneos y está jugando en el Benalup, de la mano del mayor de los Mejías. A sus 23 primaveras, también espera una oportunidad de los amarillos para formar parte de las secciones inferiores la campaña que viene.

En las últimas semanas han vuelto a unir sus destinos. Cada jueves juegan el partidillo en Carranza contra el primer equipo. Fran actúa por la banda derecha y en la media punta, y a Jorge, aunque su posición es la de enganche, lo están probando por el carril zurdo.

El hijo del Mago esboza con una frase todas sus pretensiones. «Aquí estamos jugando al fútbol, que es lo que nos hace ser feliz en esta vida», resume con una sonrisa en su rostro y un halo de esperanza. «A ver si en pretemporada tenemos suerte» y el Cádiz le brinda la ocasión de seguir los pasos de su padre. Reconoce que «algo se ha quedado en mí» de González Barillas, «pero él era genio y figura. Y ni yo ni nadie podrá ser lo que mi padre fue».

Su buen amigo, el niño de Mejías, vive en un sueño porque «ha sido una magnífica temporada en el balón y me encuentro en mi mejor momento, personal y profesionalmente». Trabaja como albañil. Entra a las siete de la mañana, a las 10.30 horas se marcha para entrenar, regresa al curro después y no vuelve a casa hasta que completa las ocho horas reglamentarias. «He recuperado la esperanza de poder jugar algún día en el Cádiz. Si lo han conseguido Carlinhos o Bienve, ¿por qué yo no?». Es media punta como su padre, «aunque igual que él no sale ni uno más».

Fran conoce a Jorge «desde que tenía cuatro años. Cuando me enteré que era el hijo de Mágico no me lo creía, aunque luego lo ves y te das cuenta de que son iguales. Ha heredado su calidad, tiene muchísima, y se merece una oportunidad».

La sombra de sus progenitores es alargada. Las comparaciones son obligadas, y desde pequeños han tenido que soportar mil y un comentarios de la gente. «Ha que demostrar igual que todos, pero debes trabajar más porque se espera mucho de uno», declara Jorge. «A mí, un entrenador me dijo hace tiempo que por ser hijo de Mejías tendría que correr más que nadie. Y eso es injusto», resalta su compañero. «Pero también es una ventaja porque mi padre es quien mejor me aconseja y más me ayuda. Además, mi hermano mayor fue quien tuvo más problemas. A mí me han dejado tranquilo».

Todo esto pasa a un segundo plano cuando se unen sobre la hierba de cualquier campo de fútbol. «Es precioso que juguemos juntos», dice Jorge, «como los dos más grandes que han vestido la camiseta amarilla», apostilla Fran.

Son los herederos de las leyendas, han nacido y crecido bajo sus sombras y sólo quieren andar el mismo camino que sus dos mejores maestros. Mejías y González siguen trotando por el césped de Carranza. Un cuarto de siglo después.