Juan Pablo II en el interio del Santuario de la Virgen del Rocío
Juan Pablo II en el interio del Santuario de la Virgen del Rocío - Haretón

XXV ANIVERSARIOLa visita del Papa Juan Pablo II en 1993: La plegaria que universalizó la devoción rociera

Se cumple un cuarto de siglo del que se considera, junto a la Coronación Canónica de la Blanca Paloma, un hito principal en la historia de la fe hacia la Reina de las Marismas

AlmonteActualizado:

Eran las siete de la tarde del caluroso 14 de junio de 1993 cuando la multitud que se agolpaba en los alrededores del Santuario de la Virgen del Rocío, Patrona de Almonte, estallaba en un grito de júbilo al contemplar la llegada del helicóptero papal. Se disipaban con el estruendo de los rotores todas las dudas, toda la angustia y la incertidumbre acumuladas desde hacía meses y hasta el último minuto. Primero, porque entre las autoridades y la propia curia, la visita del Papa al Santuario del Rocío no parecía una opción dentro del programa previsto con motivo de la conmemoración del V Centenario del Descubrimiento y la Evangelización de América, y segundo, porque la avanzada edad de Juan Pablo II y su apretada agenda de aquel día hacían temer a muchos que el Pontífice no llegara jamás a pisar las arenas rocieras.

«Pero gracias a Dios, por supuesto, el Papa vino», recuerda Juan Ignacio Reales, presidente de la Hermandad Matriz, que por entonces colaboraba con la Comisión de Juventud y Formación en la hermandad que presidía Ángel Díaz de la Serna. Y el Papa vino gracias a la tenacidad de un sacerdote natural de Bollullos, descendiente de almonteños, rociero convencido, que movió cielo y tierra para concitar los apoyos necesarios para que la visita del hoy Santo se hiciera realidad: Juan Mairena.

Juan Mairena era el coordinador de los Congresos Marianos y Mariológicos Internacionales celebrados en Huelva en 1992, e igualmente de la visita del Papa a Huelva. Juan Pablo II debía visitar ese día Sevilla y la capital onubense, pero acercarse a la aldea almonteña parecía un escollo para algunas autoridades. «Eran años en los que El Rocío tenía una cierta leyenda negra», explica Juan Ignacio Reales. «Había quien lo consideraba una devoción de segunda o con un sesgo muy popular y festivo, de poca esencia y seriedad, pero la visita del Papa vino a acallar todo eso».

Mairena fue muy convincente en sus argumentos para poner de su lado a personalidades como el arzobispo de Sevilla, Carlos Amigo Vallejo, o al propio organizador del viaje papal, el jesuita Roberto Tucci. «Si el Papa no va al Rocío, será como si visita México DF y no va a Guadalupe, sería incomprensible», sentenciaba el propio Mairena. Tucci se convirtió en uno de los principales aliados de Mairena, al trasladar a la Santa Sede lo que suponía el Rocío como devoción. «El Papa venía perfectamente informado y quedó impresionado hasta el punto de que no llegó hasta la Puerta de la Marisma en coche, sino que pidió hacer el último tramo a pie para andar por las arenas del Rocío como un peregrino más», rememora Mairena.

Cada movimiento, cada gesto y cada frase que pronunció el Sumo Pontífice en aquella tarde luminosa y multitudinaria fue seguida con atención por el gentío que no quería perderse un momento que presentía histórico. Reales, que había vivido una intensa noche de preparativos dentro del Santuario, «instantes de intimidad que recuerdo con mucho cariño, guarda con especial emoción los más de 15 minutos que Juan Pablo II permaneció orando, arrodillado, en el interior del Santuario. «Se había dispuesto megafonía que retransmitía todo lo que ocurría en el interior del templo y en un momento dado se pidió silencio y que acompañáramos al Papa en su oración», narra el actual presidente de la Matriz. «Y así fue, se hizo un silencio atronador que se prolongó durante el cuarto de hora que el Papa estuvo de rodillas», un gesto de los devotos que impresionó tanto a Reales como el hecho de que el Sumo Pontífice fuera instado por sus colaboradores a levantarse y seguir con el programa previsto y él dijera que no, que estaba rezando: «Se había quedado extasiado mirando a la Virgen».

Con ese gesto y con las frases que después pronunciaría desde el que desde entonces es el Balcón del Papa, Juan Pablo II «vino a sancionar esta devoción para que contara con el respaldo de la Iglesia», asegura Juan Mairena. La visión del sacerdote es totalmente compartida por Reales, que considera que la repercusión de la visita del Papa fue determinante y contribuyó a que el Rocío se convirtiera en un referente, a que trascendiera «con mucho al propio mundo del Rocío de siempre, a sus propias hermandades, y llegara muchísimo más lejos», a puntos tan remotos como América del Sur, donde se comenzaron a formar agrupaciones rocieras.

«Tras la visita del Papa nadie volvió a referirse al Rocío en aquellos términos y todo el mundo vio que era una realidad de fe tan válida y tan seria como cualquier otra», advierte Reales, un cambio de rumbo que el papa sentenció con su frase final, que además fue improvisada: «que todo el mundo sea rociero».