Mitin de Vox en Córdoba el pasado martes
Mitin de Vox en Córdoba el pasado martes - R. Carmona
Apuntes al margen

Política de tripas

Vox ha protagonizado en el Palacio de Congresos y alrededores «el» acto electoral como Podemos lo hizo en su día

CórdobaActualizado:

El último político que dio un mitin en la calle a sus seguidores por falta de aforo antes de Santiago Abascal está recogiendo ahora los trozos de un sueño. Si no recuerdo mal, Podemos metió a unas 2.000 personas en el pabellón de Fátima, en el encuentro político donde Julio Anguita hizo acto de presencia para señalar a Pablo Iglesias con los santos óleos de la izquierda verdadera. Hoy, Podemos, tras una alocada política de gestión de egos y de implantación territorial, se enfrenta a una crisis brutal que solo una carambola electoral podría paliar.

Esta semana, los simpatizantes y afiliados de Vox llenaron el auditorio principal del Palacio de Congresos de Córdoba y alrededores. El equipo local del partido estaba más que avisado. Había pedido a los periodistas que llegaran pronto para evitar las colas. Como un Dany «el rojo» de extrema derecha posmoderna, Abascal tomó un megáfono y se dirigió a las cientos de personas que se agolpaban en la calle Torrijos, cosa que ha tenido gran proyección en todos los medios nacionales y todos los miedos del resto de partidos que, como Tezanos en el CIS, se huelen que el partido Bannon de la política patria tendrá una entrada de escaños superior a la que sus propios datos le dicen.

Vox se presenta a las elecciones como en su día lo hizo Podemos, una reacción-espejo a la oferta tradicional basada en las técnicas más novedosas del marketing que consisten en centrarse en un grupo muy concreto de población. Funciona en la parte aspiracional pero tiene asideros poco firmes en el resto. Solo hay que revisar sus propuestas tributarias. Plantea un IRPF del 20 por ciento, tramo fijo, a todas las rentas de entre 12.000 y 60.000 euros. Por encima de esa cantidad, ya sean 60.001 a diez millones, un tipo único del treinta por ciento. La actual cantilena neocon de la desaparición de la presión fiscal sin contar la parte chunga: el Estado, amigos, hay que pagarlo. Esos señores con bata que llamamos médicos, eso que cobran los parados y que se denomina subsidio, esos lugares a donde mandamos a nuestros hijos y que reciben el nombre de colegios.

A Vox, como a Podemos en su día, le funcionan las palabras grandes y poco concretas. Por eso utiliza un populismo a la inversa en el que suprime «casta» y coloca «reconquista». Aborda los efectos del Islam radical y del independentismo pero rara vez se le escucha hablar de infraestructuras. Se centra en la inmigración irregular pero no tiene en cuenta la necesidad perentoria de inmigrantes que tiene la sociedad española para financiar un estado de bienestar que merezca la pena entenderse como tal. Aboga por regresar al Tratado de Niza de la UE, como si eso fuese posible. Buena parte de su política territorial exigiría de una reforma cualificada de la Constitución que nunca reunirá nadie. Le falta, pues, no una ducha de realidad sino un baño completo. De varias semanas, a ser posible hasta tener una panoplia de medidas practicables que constituyan un ideario más allá de lo sentimental. Hasta entender que hay vida más allá de la calle Serrano.

Esto de Vox en Córdoba ya lo hemos visto antes. Las banderas eran de otro color, las palabras eran otras. Las caras de ilusión son las mismas y el futuro, me temo, también. La democracia es una cosa aburridísima que tiende, cual demiurgo, a corregir los excesos de forma que coloca el poder en manos de gestores.

La gente, al final, vota pensando en hechos simples: su pensión, su empleo, su piso. Un instinto de protección contra la política de tripas porque no hay nada más peligroso que un idealista. Vox está atesorando ese runrún que existía en la derecha desde hace tiempo de que el PP ya no era la casa común aznarí.

Es ley de vida, sin embargo, que todo lo que sube acaba bajando. Y todo lo que sube muy rápido se despeña con la misma intensidad. Porque nadie espera para siempre en la puerta de un mitin agitando la bandera. Antes o después, se cansa o pasa una barredora. He dicho.