Enric Juliana

Lo viejo y lo nuevo

Los periódicos vienen de lejos y quisieran ir más lejos aún, a bordo de internet. Es una incierta aventura que no podrá realizarse sin la complicidad de los lectores jóvenes

Enric Juliana
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DE todos los desarreglos que sufre España, el más agudo, el más preocupante y el que acabará teniendo mayores consecuencias a medio plazo, es el cisma generacional. Durante estos años de dura crisis económica se ha producido una severa fractura entre padres e hijos. No es una ruptura libertaria, como la que se produjo en los años sesenta y setenta. No es una cuestión de enfoques morales o de revuelta contra la tradición. Padres e hijos comparten hoy muchos puntos de vista y afinidades. La cohabitación es hoy mucho más llevadera que hace treinta años. La ruptura actual se refiere, radicalmente, a las condiciones de vida. Los padres se aproximan a la jubilación –o ya están en ella– bajo el paraguas agujereado del estado del bienestar, mientras que los hijos se enfrentan a un porvenir duro como el metal, para el que muchos no fueron sentimentalmente educados. Lo mismo ocurre en otros países de Europa, pero el caso español es especial. Los quince años de "turbo-economía" inmobiliaria también inflaron las expectativas profesionales de los jóvenes españoles. Para muchos, su única salida es el mercado global, pero que nadie se llame a engaño: la emigración profesional al extranjero es tan interesante como dura. Que se lo pregunten a los miles de jóvenes españoles que en estos momentos no saben qué futuro les aguarda en la Gran Bretaña.

Los datos de la fractura generacional son crueles. Estudios recientes señalan que el 70 por ciento de los jóvenes de entre 18 y 35 años se hallan en situación de precariedad laboral. En algunas comunidades, como Andalucía, la tasa de paro juvenil supera el 60 por ciento. La tasa de nupcialidad ha disminuido a la mitad respecto a 1976. La tasa de natalidad (1,2 hijos por mujer en edad fértil) es la más baja de la Unión Europea. En pocas palabras, el ciclo de reposición social está seriamente averiado en España. En mi opinión este es el asunto más grave al que se enfrenta este país, por delante de otras cuestiones que hoy merecen mucha más atención en los medios de comunicación.

El mayor coste de la devaluación interna lo están pagando los jóvenes. Sus condiciones de trabajo son muy frágiles y el acceso a la vivienda se les vuelve a complicar. La momentánea congelación del mercado inmobiliario ha atraído a muchos inversores internacionales, provocando un nuevo ciclo alcista de los precios, con la ayuda de las nuevas y controvertidas modalidades de alquiler turístico. En el último año, el precio de la vivienda ha crecido un 22 por ciento en Barcelona. Vuelven los precios del tiempo de la burbuja inmobiliaria, con una severa devaluación salarial de por medio. La coctelera del malestar social se sigue agitando. Lo que está ocurriendo en Cataluña también tiene un fuerte componente de revuelta generacional.

La tensión generacional coincide con la fractura tecnológica. Los nacidos después de la muerte de Franco, educados en democracia y plenamente familiarizados con las nuevas herramientas de la información, ya representan el 40 por ciento del censo electoral. No pueden imponer todos sus puntos de vista, pero pueden zarandear el sistema en cada convocatoria a las urnas. Y esto es exactamente lo que está pasando. Lo viejo y lo nuevo. Los periódicos vienen de lejos y quisieran ir más lejos aún, a bordo de internet. Es una incierta aventura que no podrá realizarse sin la complicidad de los lectores jóvenes. Los periódicos no deben encastillarse en el mundo de ayer.

ENRIC JULIANA, DIRECTOR ADJUNTO DE «LA VANGUARDIA»