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El mercado medieval más grande de Europa

Alcalá de Henares celebra el Mercado Cervantino con monólogos, animaciones y 400 puesto de gastronomía y artesanía

Detalle del Mercado Cervantino de Alcalá de Henares
Detalle del Mercado Cervantino de Alcalá de Henares - DE SAN BERNARDO
J. I. GARCÍA GARZÓN - abcviajar - Actualizado: Guardado en:

Alcalá de Henares, la ciudad bautismal de Miguel de Cervantes, celebra este fin de semana, hasta el miércoles 12 de octubre, el XVIII Mercado Cervantino. La ciudad natal del escritor del «Quijote» se engalana con grandes pendones y escudos heráldicos como parte del atrezo que acompaña a los más de 400 puestos de artesanos que abren al público. El viaje hasta la época de Cervantes se completará con los 62 espectáculos diarios programados que animarán el también conocido como Mercado del Quijote.

Además, en la última edición del que está considerado como el mercado medieval más grande de España y Europa podrán disfrutarse algunas novedades con motivo de la conmemoración del cuarto centenario de la muerte Cervantes. La primera novedad tiene que ver con la recreación de un Corral de Comedias en la plaza de Palacio, donde el actor Pere Ponce encarnará a Cervantes en el espectáculo «El Ser va antes», con guión y dirección de Achero Mañas. La segunda se refiere al estreno del espectáculo «Los Delirios de Don Quijote» que, a modo de galería del terror, se podrá ver en una carpa situada en la zona del casco histórico denominada Pico del Obispo, en la misma zona donde se disputará también el popular torneo de Caballeros.

El día grande de la Semana Cervantina, que se desarrollará hasta el 12 de octubre, será el próximo domingo, cuando se cumple el aniversario del bautismo de Cervantes en la ciudad complutense hace ahora 469 años.

Hace unos meses, le pedimos a Juan Ignacio García Garzón, crítico teatral de ABC, un artículo para nuestro suplemento mensual para conmemorar el IV Centenario de la muerte del escritor. Lo tituló, precisamente, «Si Cervantes levantara la cabeza». Recuperamos ese texto como inspiración antes de viajar a Alcalá de Henares este fin de semana.

Don Quijote y Sancho, en el mercado cervantino de Alcalá de Henares
Don Quijote y Sancho, en el mercado cervantino de Alcalá de Henares- DE SAN BERNARDO

En un capítulo de la serie televisiva «El Ministerio del Tiempo», los agentes viajaban a la época de Cervantes para persuadir a don Miguel, al borde del suicidio por falta de éxito, de que abandonara el teatro y concentrara sus afanes en un proyecto novelístico sobre un hidalgo manchego con el seso sorbido por las novelas de caballerías. Alonso, Amelia y Pacino boicoteaban los intentos escénicos del autor y, con el fin de hacerlo regresar al redil narrativo, lo llevaban a pasear por Alcalá de Henares para que comprobara la trascendencia de su obra y cómo sus paisanos –mejor no entrar en disquisiciones sobre su lugar de nacimiento– le rendían homenaje en multitud de rincones de la villa complutense.

Si Cervantes levantara la cabeza, seguro que fliparía –disculpen la expresión tan poco cervantina– con la cantidad de rataplanes dedicados a su memoria. Solo con darse una vuelta por el barrio donde vivió antes de irse al otro barrio, se sorprendería de que en el antiguo Corral del Príncipe, hoy llamado Teatro Español, su nombre ondeara en la cartelera por partida doble: en la sala grande, su «Numancia» y en la pequeña, un pizpireto entremés titulado «Quijote. Femenino. Plural», en el que se rescata literalmente de un baúl a algunas de las mujeres que aparecen en su monumental novela. «Vaya, parece que, pese a todo, sí tengo un sitio en los escenarios», pensaría.

Mercado medieval, en Alcalá de Henares
Mercado medieval, en Alcalá de Henares- BELÉN DÍAZ

Si Cervantes levantara la cabeza, también se asombraría al ver que en el Barrio de las Letras, como se ha rebautizado la zona, la casa de Lope de Vega se alza en la hoy denominada calle de Cervantes, y el Convento de las Trinitarias, donde están enterrados los restos del viandante ilustre, en la de Lope de Vega. Si Cervantes levantara la cabeza y decidiera regresar a Alcalá de Henares, pongamos que podría hacerlo en tren tras bajar desde el Barrio de las Letras a la estación de Atocha. Demos por superada su previsible estupefacción ante el espectáculo de los coches en la rue y los trenes en los andenes, y repitiendo el mantra quijotesco de que «viajar hace a los hombres discretos», convengamos que subiría, sin duda halagado, al denominado «Tren del Quijote». Allí sería recibido por una alegre turba de actores ataviados con ropas a la moda del Siglo de Oro y durante el trayecto, que se le haría corto, disfrutaría con las representaciones de los cómicos; ráfagas teatrales cervantinas, por supuesto.

Si Cervantes levantara la cabeza, se apearía del vestiglo rodante y aceptaría la visita guiada a su ciudad incluida en el viaje en ese tren. Reconocería algún rincón familiar, algún noble edificio del conjunto monumental, pero abriría los ojos como platos al constatar que la iglesia donde fue bautizado, la antigua parroquia de Santa María, es hoy el Centro de Interpretación de los Universos de Cervantes –«¡Qué sabrán de mí si ni yo mismo me conozco!», mascullaría tan interesado como complacido–; seguiría con ellos abiertos al máximo cuando comprobara que en su casa natal hay un museo en cuyas trece habitaciones se evoca el estilo de vida de una familia castellana de aquellos años –«Ya empiezo a sentirme en casa»–, y no abandonaría los predios del asombro al llegar a la plaza dedicada a su memoria con estatua incluida –«No sé si me parezco mucho, pero es todo un detalle»– . Y así sucesivamente a lo largo de un itinerario que podría concluir reponiendo fuerzas en alguno de los restaurantes asociados a la iniciativa, sin olvidar el consejo del ingenioso hidalgo a Sancho: «Come poco y cena más poco, que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago».

Si Cervantes levantara la cabeza, no podría por menos que citarse a sí mismo recordando las muchas desdichas sufridas en vida: «Esa que llaman por ahí Fortuna es una mujer borracha y antojadiza, y sobre todo, ciega, así no ve lo que hace ni sabe a quién derriba». Revivir para ver.

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