ANÁLISIS

God of War, una obra maestra de los videojuegos (y el mejor de la serie)

Este título supone un reinicio por todo lo alto de una de las franquicias más emblemáticas de Sony, convirtiéndose de facto en un imprescindible para PlayStation 4

MADRIDActualizado:

Más maduro y ducho en el noble arte de la guerra, Kratos vuelve a enfundarse el traje de guesrrero. Pero en esta ocasión por otros motivos, aunque sigue siendo una persona de pocas palabras pero aquí le sale la vena más gruñona. Le acompaña Atreus, su hijo. Y aunque esto sea una temática tratada con anterioridad en los videojuegos, en «God of War» supone un cambio de perspectiva dentro de la saga. Aunque se mantienen algunos conceptos clásicos de los combates de sus predecesores, este título vira hacia un mayor compromiso de una mayor aventura cinematográfica. Y eso trastoca el estilo de juego, aunque lo desarrolla de una manera magistral.

De primeras, cuando uno se pone a los mandos percibe que es algo distinto. Conforme uno avanza se da de bruces con la realidad; es el mejor título de la serie por madurez, por cómo se desarrollan los acontecimientos y por su encomiable trabajo de llevar al jugador al extremo. Si las obras maestras se diferencian de otras de menor calado en que estas desafían la memoria y el tiempo, el usuario siente que este juego está llamado a hacerse un hueco en la historia de esta industria.

El personaje controlable en tercera persona, un semidiós basado en la mitología griega, se embarca en una nueva aventura marcada por una ambientación, la mitología nórdica, que funciona como correa de transmisión hacia una historia bien trabada. Aunque, para sorpresa, la ambientación no contempla vikingos, algo que se agradece dado que están demasiado saturados. En su lugar, se ha apostado por una trama más de supervivencia y enmarcado en la época de las migraciones y enclavada en Midgard, el mundo de los hombres creado por los dioses Odín y sus hermanos. Esa aceptación se aprecia, en parte, al desarrollo de los niveles y la proyección de los escenarios, más rebuscados, aunque los puzles han perdido complejidad.

Su objetivo, además de derrotar a todos los enemigos que se encuentra a su paso, tiene un lance mayor; proteger, ayudar, cuidar y, por supuesto, educar a su vástago. Pero, también, evitar a toda cosa que cometa los errores que ha tenido que sufrir en sus carnes. Eso lo cambia todo. Al igual que el sentido más adulto del personaje, aunque sin dar de lado a la violencia explítica que ha caracterizado a la saga. Si se aprecia el sentido metafórico, el mayor reto de los padres es acertar de pleno en la educación de sus hijos. Nadie nace aprendido. Y cada maestrillo, es cierto, tiene su librillo, pero el videojuego ofrece un trasfondo mayor en su narrativa conceptual. Eres Kratos, un héroe, pero también un modelo a seguir. Y, por supuesto, quieres que no se salga del redil.

En medio del huracán de conflictos que asola este nuevo universo no es fácil. Por el camino, se abren nuevas relaciones con brujas y enanos, que van anticipando la llegada de las batallas finales. El jugador, aquí, sí siente cierta familiaridad en el desarrollo y progreso del personaje, al que puede mejorar algunas habilidades y reforzar sus armas. La más importante, la llamada hacha de leviatán y que sustituye a las antiguas espadas del Caos. Un accesorio indispensable que, además de ser la herramienta de trabajo del jugador, tiene una particularidad; nunca se pierde porque regresa sola a nuestra llamada.

A nuestro lado, Atreus, quien porta un arco que, a partir de un momento determinado, se vuelve imprescindible. Aunque no está preparado para la lucha, sí es cierto que conforme se estrecha la relación padre-hijo se empieza a sacar la fuerza e ira que el pequeño tiene en su interior. Uno de los principales cambios viene reflejado por el sistema de lucha. Ofrece hasta cuatro niveles de exigencia, pero el difícil es... muy difícil.

«God of War» ha aparcado, al menos en este reinicio, los combates de ritmo frenético y rápidos en los que se agolpaban hordas de enemigos. En su lugar, se ha dado paso a unos enfrentamientos más estratégicos con menos rivales pero mucho más poderosos en muchos casos, que para derrotarlos es necesario hacer uso no solo de la fuerza sino de la necesidad de bloquear y esquivar los golpes, así como mantener la distancia en muchas ocasiones, lo que recuerda a títulos exigentes como «Bloodborne».

Uno de los aspectos que más llama la atención es que todo forma parte de un largo y bien trabajado plano secuencia sin fin que dura, a bote pronto, unas veinte horas, pero se va abriendo conforme desgranamos algunas actividades secundarias. A nivel visual, el videojuego luce tremendamente bien, permitiendo, entre otras cosas, activar la opción de mejoras gráficas en el caso de la consola PlayStation 4 Pro. Un hecho que siente coherente y compactado con una banda sonora de corte gótico y con música coral, que acrecienta los deseos de lucha.