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Portugal retira los saleros de los restaurantes

El país vecino busca una drástica reducción en el consumo de sal de la población

LisboaActualizado:

Después de la batalla del azúcar, Portugal declara la guerra al consumo excesivo de sal. La secretaría de Estado para la Salud ha tomado cartas en el asunto y prohibirá los saleros en los restaurantes. Así, de manera rotunda.

Se trata de la medida estrella de la Estrategia Integrada para la Promoción de la Alimentación Saludable (EIPAS), impulsada por el Gobierno socialista de António Costa en su intento de prolongar la lucha contra los altos índices de diabéticos con un renovado combate para frenar los efectos devastadores de la hipertensión.

Por tanto, esa escena tan extendida de ver a gente en un local salpimentando una ensalada (por ejemplo) tiene los días contados al otro lado de la frontera.

Pero hay más porque se trata de una ofensiva en toda regla: limitar la publicidad de alimentos poco saludables en las actividades destinadas a la infancia, ofrecer agua, fruta y productos de la huerta en las ceremonias organizadas por el Estado… Y especialmente promover acuerdos con los fabricantes industriales para la «reformulación» de patatas fritas, galletas, lácteos y cereales con el objetivo de reducir drásticamente los niveles tanto de sal como de grasas.

El adjunto a secretario de Estado para la Salud, Fernando Araújo, lo tiene claro: «Vamos a discutir objetivos concretos para determinada gama de productos. Nuestra propuesta es bajar el consumo de sal y de azúcar en un plazo de unos tres años».

La gran meta es «mejorar la calidad de la alimentación diaria de los portugueses», agrega mientras justifica el corto plazo de la iniciativa por la necesidad de actuar, en vista de que los hábitos inadecuados se han generalizado con demasiada profusión.

Situación de urgencia

En el caso de la sal, puede hablarse de una situación de urgencia en el país vecino, pues los ciudadanos consumen más del doble de la cantidad recomendada por la Organización Mundial de la Salud. Por eso ha saltado la alarma y las autoridades se han puesto manos a la obra, entre otras razones porque las consecuencias resultan evidentes en las largas colas para solicitar consultas especializadas, con acusada incidencia en las relacionadas con enfermedades cardiovasculares.

Un portavoz de la Asociación de Nutricionistas de Portugal ha reconocido que las negociaciones con la industria no están siendo nada fáciles, aunque la determinación para sacar adelante los planes parece fuera de toda duda.

Los establecimientos que despachan la denominada ‘comida rápida’ se hallan en el punto de mira y, de hecho, se decretará que no se abran locales de este tipo en las proximidades de las escuelas.

Igualmente, han comenzado aplicarse fuertes restricciones en lo que se refiere a los alimentos y bebidas a la venta en las máquinas automáticas, como puede comprobarse en cualquier hospital público de Lisboa.

Tanto es así que se ha puesto en marcha un plan que persigue impulsar los productos biológicos en las compras públicas y, al mismo tiempo, instar a las empresas a reducir el tamaño de las porciones de los alimentos disponibles en esas máquinas.

El exhaustivo paquete de medidas acerca del consumo de sal se materializa después del éxito cosechado por el Ministerio de Salud en el ámbito del azúcar.

Y es que, desde la introducción de la tasa sobre los refrescos (hace menos de uno), se ha reducido en 5.500 toneladas la cantidad de azúcar que llega finalmente al estómago de los portugueses.