Iván Ramos Torrano, junto al lugar en el que la banda terrorista ETA asesinó a su madre
Iván Ramos Torrano, junto al lugar en el que la banda terrorista ETA asesinó a su madre - Fadeiñp

«No quiero que mi hijo viva con el odio que experimenté»

En 1987 Iván Ramos perdió a su madre después de un ataque de ETA contra la sede socialista de Portugalete. Solo tenía 13 años y le quitaron lo que más quería. Vivió con odio y llegó a fantasear con la muerte del asesino de su madre

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Iván Ramos vivió con odio y llegó a fantasear con la muerte del asesino de su madre, con quien se cruza habitualmente en la localidad, y cuyo hijo comparte piscina con el suyo. Tras un largo proceso no ha logrado perdonar, pero sí ha aprendido a vivir con ello. Ahora se dedica a hablar a chicos de escuelas y universidades para que la historia no se vuelva a repetir. Igual que Mari Carmen Hernández, a la que arrebataron a su marido en 2000, y que ha conseguido perdonar gracias a su fe. Ambos son la esperanza de una sociedad en paz y reconciliada.

La banda terrorista ETA puso hace unos días punto final a la crónica de su muerte anunciada. Un paso que se ha valorado en su justa medida, pues ni a la sociedad ni a las víctimas ha gustado el perdón selectivo de los terroristas, el edulcoramiento de su discurso o incluso alguna advertencia velada. Quedan todavía muchas cosas por resolver, de tipo político, legal, penal e incluso social, pero también es cierto que ahora más que nunca se dan las condiciones para volver a tejer la convivencia, a construir un futuro que escriba la historia desde la verdad, la justicia, la reconciliación y la memoria.

Este es el camino que viene recorriendo en los últimos años Iván Ramos Torrano, hijo de Maite Torrano, asesinada en un ataque a la sede de la agrupación socialista de Portugalete el 25 de abril de 1987. Las tres pequeñas ventanas dentro de un gran muro por las que entraron una lluvia de cócteles molotov que le quitaron «lo que más quería» se abren hoy en un amplio ventanal. Allí, en el corazón de Portugalete, Iván recuerda lo sucedido con emoción.

«Estaba en Villasante (Burgos) pasando las vacaciones de Semana Santa y me enteré por la televisión. Nos llevaron a los hospital donde estaban mis padres, pues ambos estaban dentro de la sede. Al llegar no nos dejaron ver a mi padre. A mi madre jamás la volví a ver…», se emociona.

Desde aquel momento, comenzó a odiar todo lo que tuviera que ver con el País Vasco, la ikurriña, los montes por los que paseaba con su madre. Odiaba a los que la habían matado. Uno de ellos, tras pasar por la cárcel y volver al pueblo, los presionaba, los seguía, los provocaba y desafiaba. Hasta hace aproximadamente tres años, gracias a la mediación de un miembro de Bildu. En aquella espiral de odio, Iván quiso marcharse muy lejos de Portugalete, incluso llegó a pensar en cómo vengarse y matar a aquellos que le habían quitado a su madre. Pero el odio no le venció. Gracias a su entorno y a la ayuda de un psiquiatra comenzó a recomponer su vida, a aprender a vivir con ello, a descubrir que el resentimiento no le generaba ningún beneficio.

Pero no es fácil, porque se encuentra cada día con aquel que mató a su madre: «Es complicado ir a la piscina y ver que tu hijo juega en el mismo lugar que su hijo. Es complicado vivir sabiendo que esa persona es la que asesinó a tu madre, pero, por encima de todo, tengo un hijo y no quiero que sufra lo mismo que yo ni viva con el odio que yo experimenté».

Su hijo, de 8 años, todavía no sabe lo que le sucedió a su abuela; Iván tampoco sabe cuándo ni cómo se lo va a contar. Si lo tuviera que hacer hoy, lo haría recurriendo al cine. O como lo hace cuando va a escuelas, dentro de un programa del Gobierno vasco para contar su experiencia a jóvenes estudiantes.

«Les cuento lo qué pasó, quiénes fueron, cómo pasó, cómo era mi madre, cómo me enteré y luego todo mi proceso y cómo he transitado desde el odio a la lucha por la defensa de los derechos humanos y del reconocimiento de todas las víctimas, vengan de donde vengan. Es una experiencia impresionante que habría que sacar también fuera del País Vasco, porque a los chavales no hay que esconderles la verdad».

Hace mes y medio estuvo por primera vez en la universidad. Allí quedó patente que quedan cosas por hacer. El aula, repleta, y entre todos, un joven con estética abertzale: «Mostró indiferencia hasta que empecé a hablar del reconocimiento de todas las víctimas, también de las que ha provocado el GAL. Ahí conectó. Eso sí, cuando acabé, todos aplaudieron menos él».

Además de su disponibilidad para contar su historia a los jóvenes, Iván Ramos participa en un grupo de diálogo sobre la paz y reconciliación auspiciado por la diócesis de Bilbao y que dirige el jesuita Manu Arrúe. También a ese foro llevó su experiencia –en este caso, mala– con el sacerdote de la parroquia a la que acudía su madre: «Todavía estoy esperando a que el párroco se arrime a mí. En su día lo esperaba, hoy ya no». No se puede generalizar, reconoce, pero explica que se han producido hecho lamentables, como que algunos párrocos se negaran a oficiar funerales de víctimas. «La Iglesia ha estado lejos de las víctimas, como lo ha estado la sociedad y la política», añade.

Arrúe, por su parte, explica que estos encuentros en los que participan víctimas están ayudando a la Iglesia a hacer su relato, a ver en qué posición se ha situado siguiendo la parábola del buen samaritano –como el sacerdote o el levita, o como el buen samaritano–. «Cuando hablamos con las víctimas nos dicen que empezaron a darse cuenta de lo que pasaba en el País Vasco cuando lo sufrieron en sus propias carnes y tengo la impresión de que en la Iglesia nos ha sucedido eso», añade. Arrúe cree que los retos de la sociedad vasca, y también de la Iglesia, tienen que ver primero con la recuperación de la humanidad de las víctimas, de su reconocimiento, también de aquellas que han sido extorsionadas, amenazadas o torturadas; con que se puedan continuar procesos de reconciliación y reparación entre víctimas y victimarios; con la memoria; y con rebajar la polarización de la sociedad.

Han pasado ya 31 años del asesinato de su madre e Iván ha aprendido a vivir con ello. Apuesta incluso por el acercamiento selectivo de presos de ETA, siempre que se cumplan las condiciones, y ve el futuro con optimismo.

—¿Has perdonado?

Perdonar a la persona que mató a mi madre es complicado. Que perdone la sociedad, yo ni busco ni quiero su perdón. Podría incluso sentarme con ellos y hablar, pero perdonar no, porque me quitaron a la persona que más quería, a mi madre, mi pasión. Cada vez que hablo de ella me emociono… La he necesitado tantas veces y no la he tenido que no puedo perdonar. Ahora, sí he aprendido a vivir con ello e incluso a cruzarme habitualmente con su asesino.

Su conclusión es que la vida sin odio es mucho mejor. Así lo quiere transmitir a sus hijos y a todos los jóvenes con los que se encuentra periódicamente. Lo hace por su madre, por que su memoria siga viva y porque ella había luchado por la libertad y la paz.

—Estaría orgullosa de ti.

—No lo hago por eso, pero creo que sí. Estaría orgullosa.

Mari Carmen Hernández es la viuda de Jesús María Pedrosa, asesinado en el año 2000 en Durango, donde era concejal del Partido Popular. Ella ha perdonado. No fue fácil, pero su fe –se agarró a Dios tras el atentado– le ayudó a conseguirlo: «En mis reflexiones diarias, veía que quería perdonar, que había una carga de la que me quería liberar. Al principio resulta duro, pero luego perdoné. Sigo la palabra de Jesús, y con su ejemplo, pude perdonar y me sentí liberada».

Y añade: «Le pedí ayuda a Dios para que me diera fortaleza, sobre todo por mis hijas. No quería hundirme en un pozo y sí poner mi granito de arena en la reconstrucción de la convivencia». Y en esa tarea está. Como Iván Ramos también acude a colegios a contar su experiencia de dolor y de perdón, también su encuentro con un exmiembro de ETA –los asesinos de su marido fallecieron al explotarles una bomba–. «Lo hago porque no quiero que Jesús Mari y otras víctimas se queden en un número, quiero dar testimonio de ellos y de lo ocurrido para que quede constancia de que la violencia no es el camino y que en democracia hay un Parlamento y todas las ideas se pueden defender con la palabra».

Iván, Mari Carmen y Manu coinciden en que la sociedad quiere pasar página demasiado rápido, pero también que no puede ser así. Habla Mari Carmen: «Hay que leer despacio para ir cicatrizando heridas, reconocer a todas las víctimas y que se haga memoria y justicia». Y continúa diciendo que va a ser complicado pues todavía hay gente que sigue justificando la violencia o que mira o ha mirado para otro lado durante mucho tiempo… De hecho dice que ETA no ha pedido perdón, que es un engaño, para concluir: «No necesitamos que pidan perdón, sino que hagan autocrítica y una reflexión de que esto ha sido injusto e injustificado y que nunca tenía que haber ocurrido».