Varios menores beben alcohol en los alrededores de Azca, en Madrid
Varios menores beben alcohol en los alrededores de Azca, en Madrid - MAYA BALANYA

«Los que no beben son los raritos»

Los jóvenes se organizan en grupos para comprar el alcohol en los «chinos» y beben deprisa para que les «haga efecto»

MadridActualizado:

A la una de la madrugada, en enero y en la calle hace «un frío que pela», pero ésta es, según una adolescente de 15 años, la única opción que tienen ella y sus amigos para beber alcohol. «Compramos las botellas en tiendas de chinos que, aunque son más caras, te venden de todo sin preguntar la edad ni pedir el DNI», cuenta Eva (nombre ficticio, al igual que el resto de los nombres de menores del texto) a la salida de una de estas tiendas situada en la calle Gutiérrez Solana. Una zona madrileña en la que cada fin de semana se juntan centenares de menores para hacer botellón. «Nos reunimos aquí los que somos de los colegios de la zona. Ya nos conocemos todos, de vernos cada sábado», asegura haciendo referencia a los colegios San Agustín, Sagrados Corazones y María Virgen, situados en la calle Padre Damián, detrás del estadio Santiago Bernabéu.

Esta práctica se ha convertido en un ritual de fin de semana para más de medio millón de jóvenes españoles, de entre 14 y 18 años, según ha destacado esta semana la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción. Lo confirma Mario, de 16 años: «Conozco a poca gente que no bebe y no le guste venir a este tipo de planes». Solo faltan a la cita «los empollones del curso o los muy deportistas, los raritos», cuenta entre risas. Y apostilla Pablo, que está en el mismo corrillo: «Como todo el mundo lo hace, al final acaban bebiendo aunque sea más tarde y en menor cantidad».

Beber rápido para que «suba»

Según el estudio, el 32% de los jóvenes menores consumen alcohol «dándose un atracón». «Mis padres me ponen hora para volver a casa y, si quiero aprovechar, tengo que beber rápido para que me suba y me haga efecto», explica Daniel, de 15 años, mientras se sirve una copa de Larios con un refresco de limón. «Es lo que más bebemos, porque da para mucho y es barato». Su amiga Eva tiene también hora de llegada, aunque casi todas las noches consigue burlarla: «Mis padres me obligan a llegar a la una, pero como sé que van a estar dormidos vuelvo sobre las tres casi siempre». Es una de las pocas del grupo que cuenta en su casa que consume alcohol. «Cuando al día siguiente me preguntan si he bebido, les digo que un poco, que solo lo he probado», relata mientras sus amigos se ríen porque, según dicen, «el fin de semana pasado acabó vomitando en la calle». Todos coinciden en que los chicos beben más cantidad y que ellas lo toleran peor: «Yo bebo hasta que empiezo a marearme y ahí corto. Los chicos se hacen los "machitos" y hacen concursos de "hidalgos" (beber un cubata de un trago)», cuenta Marta.

El alcohol se compra entre círculos pequeños, que se organizan según sus gustos. «Yo tengo un grupo en el que las cantidades ya están medidas. Normalmente compramos dos botellas de Larios de un litro para seis». El precio es casi siempre el mismo: «Me gasto unos cinco euros, no mucho más porque hay que administrar la paga del mes», cuenta Mario, que dice que la mayor parte de sus amigos recibe una paga mensual entre 30 y 40 euros. «Si veo que un mes voy justo, les digo a mis padres que voy a cenar a algún sitio especial o que tengo que comprar un regalo, para que me den algo extra», comenta.

A estas cantidades y hábitos se debe añadir las ocasiones especiales en las que los adolescentes consumen más. En ellas aprovechan para «pillar un buen pedo», dice Daniel, en referencia a las grandes «citas del botellón» que se producen, por ejemplo, en las fiestas de los pueblos o para celebrar el final de los exámenes. «Cuando voy al pueblo mis padres no me ponen hora de vuelta, con la condición de que alguien me acompañe a casa. En Madrid sí, porque dicen que es más peligroso», asegura Cristina, de 15 años. «Además, en los pueblos no tienes que esconderte de la Policía, porque todo el mundo bebe en la calle y nunca pasa nada».

Una práctica que, según reconocen ellos mismos, «cada vez empieza antes». La inmensa mayoría de estos jóvenes toman su primera copa a los 11 o 12 años. «Cuando mi hermana mayor me pilló bebiendo, me regañó porque dijo que ella empezó a los 14 y que yo que era todavía muy pequeña», recuerda Marta, que empezó a ir a los botellones con tan solo 12 años.