Jorge, su mujer y su hijo pequeño caminan por una calle de Madrid a su regreso de Perú
Jorge, su mujer y su hijo pequeño caminan por una calle de Madrid a su regreso de Perú - ISABEL PERMUY
Presos españoles repatriados

«Miro la puerta todo el tiempo. Vivo obsesionado con los abusos que sufrimos en Perú, en la cárcel»

Traumas piscológicos y una difícil reinserción laboral aguardaban a reos e indigentes españoles en Perú que ha repatriado el Gobierno

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Jorge, Pedro y Rafael son tres españoles que cumplieron condena en Perú por tráfico de drogas. Sus vidas en el penal Sarita Colonia no valían nada. «Han muerto españoles ahorcados, otros por enfermedades. Nosotros somos como la gallina de los huevos de oro para los presidiarios peruanos porque recibimos dinero de la Embajada española (60 euros), y allí dentro, te sacan un cuchillo y te matan por cinco soles (1,30 euros)», cuenta Rafael (nombre ficticio). En Sarita Colonia el dinero circula para comprar droga, pero también para conseguir camas, colchones, o incluso el pan necesario para acompañar los tres trozos de mortadela que les dan para desayunar. «En la cárcel se paga por todo, incluso por seguir con vida», denuncia Rafael.

Estos tres expresidiarios regresaron el pasado viernes 29 de septiembre a España, en la que fue la mayor repatriación de presos que se haya hecho hasta la fecha por nuestro país. Un avión partió de Lima y trasladó a 67 ciudadanos españoles (32 continuarán cumpliendo condena y 35, ya en libertad, se encuentran en una situación precaria). El traslado se hizo en el marco del Convenio de Traslado de Personas Condenadas existente entre Perú y España (nuestro país tiene acuerdos de este tipo con 35 países).

La Fundación +34 se dedica desde hace tres años a mediar en la situación de esos reos y propiciar su repatriación a España de la mano del Gobierno. «El nombre +34 surgió de una presa valenciana que nos dijo un día que lo que laa levantarse por la mañana era marcar desde la cárcel el prefijo +34, que es el que se usa para llamar desde fuera a España», dice a ABC Javier Casado, presidente de la ONG.«La cuarta mayor ciudad de España no es Sevilla, son los 850.000 compatriotas que tenemos fuera del país», señala Casado. De esa cifra, hay 1.328 españoles presos repartidos en los cinco continentes, de acuerdo con los datos de la Fundación +34. Según el Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación el número de presos en el extranjero es de 1.188 (el país que mayor concentra es Francia con 181, seguido de Perú, con 138, Alemania con 98, Portugal con 93 y Marruecos con 77). «Contabilizamos a aquellos que piden ayuda consular. No todo el mundo lo hace porque no quieren que sus familias conozcan su situación», explican fuentes del Ministerio de Asuntos Exteriores.

A la violencia en los penales se suman las terribles condiciones de hacinamiento en que viven los presos: cárceles para 1.000 donde meten a 5.000, celdas para 2 donde conviven 26, colchones donde duermen tres, presos durmiendo en escaleras o pasillos. Miembros de Exteriores y el presidente de la Fundación +34 viajaron en el avión que trajo a «casa» a los presos españoles. Entre ellos, había 7 menores, como el hijo de Jorge, que prefiere refugiarse en un nombre ficticio. Han podido salir del infierno y la vida les da una segunda oportunidad. Lo que se preguntan todos es si realmente podrán reinsertarse de nuevo en la sociedad.

Jorge, Barcelona, 42 años: «No sé si la gente es capaz de darte una segunda oportunidad»

La vida al otro lado del charco no va a ser fácil para él. Ha regresado junto a su mujer peruana, a la que conoció –por cartas enviadas a través de la Embajada en Lima, que hizo de «celestina»- en el penal de Sarita Colonia. Luego estuvo en Ancón II. Durmiendo en las escaleras, hacinados, «son cárceles pensadas para 1.000 donde meten hasta 5.000», suscriben Javier Casado y Jorge, «sometidos a continuos maltratos y abusos» por parte de los disciplinas (los allí funcionarios de prisiones), con una escasísima paila (dosis de comida) y con la tuberculosis como principal amenaza a su salud, Jorge pasó allí 6,5 años de su vida con el amor como único alimento. En España era encofrador y la crisis se adueñó de su razón, así que, sin ella, fue captado para hacer de «mula» con una maleta de doble fondo y acabó entre rejas. «Fue un grave error», asume. Gracias a su maña como técnico de mantenimiento, consiguió un trabajo dentro de la penitenciaría. Encima de una plataforma, observaba a distancia todos los días a una joven de la que se prendó. Con ella tuvo al pequeño que hoy tiene 2,5 años y padece una grave insuficiencia renal. Salió de prisión y la penuria económica atravesó su horizonte, ahora multiplicado por tres. Estuvo meses deambulando. «Nuestro único ingreso eran 50 soles por lavar ropa en una lavandería, sin Seguridad Social, no me daba para nada. Solo el parto costó mil soles. En la calle éramos ilegales, saben que no tienes papeles y te ponen a trabajar por cuatro soles».

María Ángeles, una de las presas españoles que aterrizó en el país el pasado 29 de septiembre procedentes de Perú
María Ángeles, una de las presas españoles que aterrizó en el país el pasado 29 de septiembre procedentes de Perú- EFE

En el avión del 29 de septiembre ocupaban tres asientos. Pero, al aterrizar, una casa de acogida en Madrid y la atención del Samur Social es lo único bueno que han encontrado para no rendirse del todo. La integración de vuelta no va a ser fácil. Jorge no cree en las segundas oportunidades que le otorgue la gente. Su alma se ha quedado enrejada en Perú. La escéptica desesperanza invade sus pensamientos y, como resorte de futuro, busca amparo en algún pariente que no le dé la espalda. «Soy de Barcelona. Me gustaría ir allí con mi nueva familia», pide, pero a continuación pinta su horizonte de color negro. El niño necesita cuidados especiales, y en el monedero de Jorge pintan bastos. «El problema aquí o allá sigue siendo la plata, como le llaman en Perú».

Pedro, Tarragona, 40 años: «Ahora toco todas las puertas»

La mujer y los dos hijos de Pedro (también ficticio) han luchado contra viento y marea para poner fin a sus 32 meses en la cárcel peruana. Pedro no se esconde, reacio, desconfiado, como Jorge nos recibió en Madrid. En Tarragona, este antiguo alicatador se derrumbó en paralelo a cómo lo hacía la construcción. Fue seducido por las mafias de la cocaína para que se llevase 2 kilos de droga en su equipaje. «Estás más que sentenciado antes de aterrizar. Me esperaban. Por donde tú entras 2 kilos, otros están pasando 60. Esa gente no tiene escrúpulo ninguno, te alejan de tu familia y te destrozan la vida». Pero Pedro sabe que, cuando le convencieron, la desesperación por dar de comer a sus hijos le empujaba a un «atropello» poco reflexionado. Su hijo padece una malformación de hígado. Necesitaba el trasplante y quiso la vía rápida. Pedro habla claro: «Se murieron compañeros en mis pies. La tuberculosis, las palizas… en la segunda planta de la cárcel, hay una biblioteca. Allí los disciplinas apalean desde el primer día a los ñatos (pederastas). Al preso al que cogen, lo meten en bidones de agua llenos de detergente, y le dan golpes en el estómago. También he visto cómo les dan descargas eléctricas». «Lo peor fue cuando el delegado Jorge Nole ordenó que me diesen 32 días seguidos palizas porque debía dinero. Casi me muero». Ante un bigardo de 1,80 metros y más de 114 kilos de peso, llama la atención. Se dejó 43 kilos en esos 30 meses y soñaba con el pan tumaca en la que podía ser su última cena cualquier noche. Las vejaciones son inenarrables. «No lograron violarme las dos veces que lo intentaron, porque me defendí».

Su hijo de 9 años no encontró mejor sitio que internet para descubrir que mamá les mentía sobre su paradero. El chiquillo, «más listo que un ratón colorao», tecleó en un buscador el nombre de su padre y la nula protección de datos del reo en Perú hizo el resto. El presidiario en Perú es un apestado, «más si eres español, el desprecio es increíble, nos odian», se duele Pedro. Se publican sus identidades, se exhiben como trofeo. Y el niño leyó la siguiente secuencia: nombre de su padre+delito+cárcel. A su vuelta a España, la familia de Pedro ha sido una piña. Y, ahora, se relame de que la reinserción emocional sea posible pero en la social no se hallen más facilidades. Necesita un trabajo, que busca con denuedo como antes de cometer la fechoría. «Ahora toco todas las puertas. Trabajaré en lo que sea, o requeriré asistencia social antes de siquiera pensar en obtener dinero», pero la lección aprendida le ha costado caro. No hay descanso al cerrar los ojos. Las imágenes atraviesan su mente. No se fía. «Necesito tratamiento psicológico. Antes no tenía miedo a nada». Al caer la noche, es un pajarillo asustado. «Me pego las horas pensando que alguien puede entrar y cogerme. Miro la puerta todo el tiempo». «Me han dejado sin DNI, sin papeles, sin Seguridad Social, todo se ha quedado allí...».

Rafael, Málaga, 54 años: «Salí del infierno de la cárcel y lo haré aquí en España, que es el cielo»

Rafael se tragó un kilo de cocaína. Partió de Santa Cruz de la Sierra rumbo a Lima para partir, desde allí, a Madrid. Pero en el aeropuerto de la capital de Perú le hicieron le hicieron abrir la maleta. No encontraron nada. Pero después llegó la prueba de rayos X que delató lo que llevaba en el estómago. «La policía me quiso comprar pidiéndome 800 dólares, pero no lo hice». El camino delictivo de Rafael empezó por un mal consejo: «Un amigo me convenció. Yo era agente comercial, pero nunca me aseguré. Al jubilarme solo tenía 12 años cotizados y recibí una paga no contributiva de 372 euros». Como el dinero no alcanzaba se convirtió en «mula». Este «bolero», como el argot policial denomina a los que trasladan droga en el cuerpo, cuenta sus terribles vivencias en la cárcel casi sin respirar, una tras otra: «Sé que hay gente que no quiere que hable pero la cárcel en Perú es un infierno. Nos meten en celdas a todos juntos, con violadores. Los presos hacen motines constantemente con pistolas y cuchillos. A mí nunca me pasó nada porque supe esconderme, pero odian a los españoles allí dentro. La vida no se valora, la única posibilidad de salvarte es pagando». Insiste, una y otra vez, en la corrupción policial. Cuenta que la banda liderada por «Peter Ferrari» (llamado así por la cantidad de estos coches que tenía), vinculado al narcotráfico y a la minería ilegal, seguía operando aún estando él tras las rejas.

A este malagueño de 73 años lo condenaron a cinco años de prisión, «pero el juez me redujo la pena por mi buen comportamiento y estuve un año y medio». Asegura que se «salvó» en la cárcel porque terminó con el trapicheo de las drogas, «hay más dentro que en la calle», y optó por escribir obras de teatro. Ahora en España teme no encontrar trabajo por su edad. «Pondré en marcha mis obras de teatro. Me preocupa la reinserción, España está mal y lo he perdido todo, pero tengo esperanza. Si salí de un infierno como el de la cárcel lo haré aquí que es como estar en el cielo».

Sin confianza y autoestima

Son varias las ONG que trabajan en la reinserción de expresos. Por ejemplo, la Fundación Integra. Su directora de Empleo, Nuria Mas, reseña las barreras personales y laborales con que se topan. Volver al mercado no es una maniobra sencilla. «Piensan que nadie les dará una oportunidad para empezar de nuevo. Tienen miedo a que les juzguen por su pasado sin darles una oportunidad. Sufren una desconexión absoluta del mercado laboral y muchos sitios les piden sus antecedentes». «Tienen el agravante de que las experiencias vividas en prisión han podido ser traumáticas, lo que incrementa su inseguridad y la falta de autoestima», aduce. Pero, añade, «este colectivo es muy valorado en las evaluaciones de desempeño de las empresas. Son trabajadores disciplinados, y cuentan con cualidades como la puntualidad, y el compromiso absoluto. Dan el 100% de sí mismos».