J.J.G.K.

La Justicia francesa veta la «ñ» en el nombre

Un tribunal del noroeste de Francia prohíbe a los padres que llamen a su hijo Fañch, por considerar que la virgulilla atenta «contra la unidad del Estado»

Actualizado:

Fañch nació el pasado 11 de mayo en la Bretaña francesa, pero antes de echar los dientes ha sido obligado por los jueces franceses a desprenderse de la tilde que adorna su nombre de pila. Un tribunal del noroeste de Francia ha obligado a sus padres, los bretones Christophe y Lydia Bernard, a eliminar la «ñ» de su nombre, y así han instruido al registro civil del Ayuntamiento de Quimper. De nada han servido las razones esgrimidas por los progenitores de que la españolísima virgulilla es también uno de los signos de identidad cultural de Bretaña.

«C’est pas possible», han dicho los magistrados del tribunal de gran instancia de Quimper, después de analizar minuciosamente el problema. La «ñ» es un signo foráneo, especialmente importante para el alfabeto español, y no tiene cabida en los actuales registros de Francia. «Admitir lo contrario –ha argumentado el tribunal– llevaría a romper la voluntad de nuestro Estado de derecho a mantener la unidad del país y la igualdad sin distinción de origen».

La solemnidad del rechazo a Fañch viene en cierto modo determinada por las peripecias del caso, que lleva meses entrando y saliendo de los despachos oficiales. En un primer momento, las autoridades del Ayuntamiento de Quimper se negaron a aceptar la voluntad de los padres, que argumentaban que dos escritores bretones, Fañch Peru y Fañch Broudig, habían llevado con dignidad y orgullo la virgulilla sobre sus nombres de pila. La polémica y la presión mediática llevó a los miembros del consistorio a dar marcha atrás. Pero en ese momento intervino de oficio la Fiscalía de la República, que llamó a capítulo a los padres el pasado 5 de julio. La sentencia ha sido inmisericorde. «El principio según el cual el nombre del niño es elegido por su padre y su madre debe conocer límites, en particular cuando se trata de utilizar un signo fonético no reconocido por la lengua francesa», reza la sentencia.

La virgulilla –que según el Consejo Cultural de Bretaña formó parte de los genes de la cultura del país– se ha doblegado ante la intolerancia del centralismo lingüístico. El sonido palatal nasal, que debería encantar a los franceses más «huppé», no tiene cabida en los planes pedagógicos del ministerio, preocupado por que el acento de un niño bretón sea familiar al de otro de la Riviera francesa. Es el mismo furor pedagógico, en busca de la uniformidad, que llevó a la Academia Francesa a acabar hace 27 años con el acento circunflejo, esa molesta teja que adornaba al menos 2.000 palabras del diccionario francés, y que acabó siendo juzgado como inútil y molesto.