Sociedad

Cuando el azúcar encontró en la grasa a su cabeza de turco

La industria azucarera financió estudios para rebajar la relación del azúcar con las enfermedades cardiovasculares y resaltar a la grasa como principal causante

Los autores del estudio verificaron los documentos internos de la Fundación de Investigación del Azúcar
Los autores del estudio verificaron los documentos internos de la Fundación de Investigación del Azúcar
JAVIER ANSORENA Corresponsal En Nueva York - Actualizado: Guardado en:

¿Qué es lo primero que viene a la cabeza cuando se piensa en el factor responsable de las enfermedades cardiovasculares? La grasa. Que esa sea la primera respuesta para muchas personas tiene que ver con conclusiones científicas bien establecidas durante décadas sobre los riesgos de las grasas saturadas para el corazón. Pero también, como se ha sabido ahora, por los esfuerzos de la industria azucarera en señalar a la grasa como principal culpable, al mismo tiempo que se minimizaba la incidencia del azúcar en estas enfermedades.

Así lo asegura un estudio publicado esta semana por la revista científica «JAMA Internal Medicine», que indica que buena parte del debate científico sobre nutrición y enfermedades cardiovasculares estuvo dirigido por el sector azucarero.

La publicación ha descubierto cómo en los años 60 esta industria financió estudios para proteger sus intereses: rebajaban la incidencia del azúcar y resaltaban a la grasa como principal cabeza de turco. Sus conclusiones llegaron también a influir en las recomendaciones sobre nutrición de las instituciones públicas.

En los años 50, la alta tasa de mortalidad entre hombres en EE.UU. debido a enfermedades coronarias disparó las investigaciones sobre los factores de riesgo en nutrición, entre otros, el consumo de grasas. La industria azucarera vio una oportunidad en ello. En un discurso de 1954, Henry Hass, el presidente de la Sugar Research Foundation -SRF, el brazo científico de la industria azucarera- aseguró que la promoción de una dieta baja en grasas significaría un aumento considerable del consumo de azúcar.

Pero, a comienzos de los años 60, algunos estudios empezaron a mostrar evidencias de que dietas bajas en grasa y altas en azúcar podrían elevar los niveles de colesterol y que el azúcar era un nutriente menos deseable que otros carbohidratos. Desde 1957, el científico británico John Yudkin había combatido la idea de que la grasa fuera la principal responsable de las enfermedades coronarias y consideraba que otros factores, como la sacarosa, tenían al menos la misma importancia.

Esto podía suponer un problema en la percepción pública del azúcar. John Hickson propuso al SRF establecer «un amplio programa» para oponerse a las opiniones de Yudkin «y otras actitudes negativas respecto al azúcar».

Como revelan los documentos obtenidos por JAMA, la SRF -que ahora se denomina Sugar Association- pagó a tres científicos de Harvard para que publicaran un análisis de los estudios científicos de la época sobre la relación entre la grasa, el azúcar y las afecciones del corazón. La investigación se publicó en 1967 y los científicos cobraron 6.500 dólares de la época, equivalentes a 49.000 dólares de hoy. Los investigadores no revelaron que la financiación provenía de la industria del azúcar (hasta los años 80, esta no fue una práctica establecida en las publicaciones científicas).

Dickson seleccionó los estudios que quería que revisaran los científicos de Harvard y les dejó claro que los resultados debían favorecer al azúcar. «Somos conscientes de su interés y lo cubriremos lo mejor que podamos», respondió en una comunicación Mark Hegsted, uno de los investigadores.

Los resultados, publicados en la prestigiosa revista científica «New England Journal of Medicine», criticaron la validez de los estudios que relacionaban al azúcar con las enfermedades cardiovasculares y resaltaban la importancia de las grasas saturadas.

«Arruinaron la discusión sobre el azúcar durante décadas», aseguró a ‘The New York Times’ Stanton Glantz, uno de los autores del estudio de JAMA, sobre las conclusiones financiadas por el sector azucarero. «Fue un movimiento muy inteligente de la industria azucarera, porque este tipo de revisiones de estudios, sobre todo si se publican en revistas prestigiosas, acaban por dar forma al debate científico».

Lo cierto es que aquel estudio ayudó a silenciar los estudios sobre el impacto del azúcar en las afecciones del corazón e incluso influyó en que la grasa fuera el principal factor de riesgo mencionado en las recomendaciones de nutrición del Gobierno de EE.UU. durante décadas y que no se mencionara al azúcar más que por los problemas de caries. Hegsted, que acabó siendo director de nutrición en el Departamento de Agricultura de EE.UU., tuvo que ver en ello.

En los últimos años, el azúcar ha recobrado protagonismo en los estudios sobre enfermedades cardiovasculares y organismos como la Asociación Americana del Corazón o la Organización Mundial de la Salud lo citan como factor de riesgo.

El estudio del que trata el artículo de JAMA se remonta a hace casi cincuenta años, pero la industria no ha dejado de tratar de arrimar el ascua a su sardina. Un artículo del año pasado de ‘The New York Times’ aseguraba que Coca-Cola ha invertido millones de dólares en estudios que traten de minimizar la relación entre las bebidas azucaradas y la obesidad. Associated Press publicó en junio que la industria de los dulces había financiado estudios que aseguran que los niños que comen golosinas o chocolatinas pesan menos que aquellos que no lo hacen.

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