Sociedad

Cómo detectar el dolor en personas con alzhéimer

Las alteraciones conductuales que provoca lleva a administrar sedantes, que enmascaran el problema

Es importante reconocer el dolor en la expresión y el lenguaje corporal para poder tratarlo

Las personas con Alzhéimer tienen dificultades para expresar que sienten dolor
Las personas con Alzhéimer tienen dificultades para expresar que sienten dolor - Fotolia
Pilar Quijada - PilarQuijada3 Madrid - Actualizado: Guardado en:

Irritabilidad, confusión, miedo, llanto, cambios en la expresión facial, suspiros, gemidos, gritos, alteraciones en las relaciones personales y patrones de actividad o falta de apetito, son algunos de los signos que indican que una persona con alzhéimer está sintiendo dolor. Y es que, en las personas que se encuentran en un estadío avanzado de esta patología, con una demencia ya instaurada, la capacidad de verbalizar el malestar disminuye y es difícil detectar la causa de su comportamiento alterado. Como explica el doctor Enrique Arriola, responsable de la Unidad de Memoria de Matia Fundazioa, de San Sebastián, y coordinador del Grupo de Demencias de la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología, "el dolor produce trastornos de conducta en estos pacientes y, en esas condiciones, se aumenta la dosis de tranquilizantes, porque está ansioso, agitado o agresivo, cuando en realidad lo que necesita no son sedantes sino analgésicos. Hay que que tener en cuenta el dolor que hay que remediar, sin utilizar sedantes que lo enmascaran".

La dificultad para detectar el dolor por parte de cuidadores y personal sanitario, lleva a una infradetección e infratratamiento en los pacientes con demencia, lo que tiene graves repercusiones sobre su calidad de vida, que se añaden a las que ya produce la enfermedad de Azlheimer. Hay estudios que sugieren que el personal sanitario, los cuidadores, familiares y auxiliares pueden reconocer la presencia pero no su intensidad en los pacientes con deterioro cognitivo. Además, el personal sanitario infravalora el dolor, mientras que los cuidadores y familiares, más cercanos e implicados emocionalmente, lo sobreestiman.

La paradoja del "dolor ausente"

Paradójicamente hay estadísticas que reflejan que "estos pacientes tienen menos dolor y utilizan menos analgésicos, pero esto tiene que ver con la falta de interpretación del dolor". Como consecuencia de ese infradiagnóstico, la Asociación Internacional para el Estudio del Dolor (IASP, por sus siglas en inglés) declaró el año 2007 como el año del dolor en las personas mayores.

Para detectar el dolor, en Matia Fundazioa desarrollaron hace tiempo la escala Painad, "la única validad en castellano para valorar dolor en demencia avanzada", explica el doctor Arriola. Esta escala consta de cinco elementos en los que hay que fijarse para determinar la existencia e intensidad del dolor: respiración, vocalización negativa, expresión facial, lenguaje corporal y capacidad de alivio. La escala detecta diferencias estadísticamente significativas entre las puntuaciones obtenidas antes y después de recibir un medicamento para el dolor.

El principal factor de riesgo para desarrollar alzhéimer, y la demencia que conlleva, es el envejecimiento, que también es la causa más importante de la aparición de dolor. Ambas patologías están estrechamente unidas y se añaden ha enfermedades crónicas previas. Las causas más frecuentes de dolor en personas mayores, suelen ser las de carácter locomotor, como una artrosis de rodilla, cadera o lumbar; pero también patologías como la diabetes, tan frecuente, puede ser causa de dolor neuropático, uno de los más difíciles de tratar. La formación de escaras o incluso la retención de heces, o impactación fecal, frecuente en pacientes con escasa movilidad son otras fuentes de dolor.

Determinada la existencia de dolor, "hay que tratarlo a fondo con lo que haga falta, en especial si es considerable, para mejorar la calidad de vida todo lo posible", señala el doctor Arriola. Para ello, "básicamente hay que utilizar la escalera de la Organización Mundial de la Salud: se empieza por los analgésicos menores, como paracetamol, fármacos a nivel local en forma de pomadas con antiinflamatorio o incluso anestésicos locales a base de capsaicina en los dolores leves o moderados. También se puede utilizar nolotil, un analgésico más potente que el paracetamol". Se puede recurrir en este primer estadío a otras medidas complementarias, como calor, masajes, o acupuntura. Puede ser eficaz el uso de electroestimulación nerviosa transcutánea o TENS, popularmente conocidas como corrientes, que se basa en bloquear las vías que transmiten el dolor al cerebro.

Cuando el dolor es más intenso y no remite con estos fármacos, se puede subir a los siguientes escalones, en los que se introduce el uso de analgésicos más potentes, como los opiodes, aunque aquí hay que tener en cuenta "los efectos secundarios, que pueden aumentar la confusión y producir alteraciones", aclara el doctor Arriola. La somnolencia que producen puede aumentar el riesgo de que haga una aspiración de comida que provoque una neumonía, una complicación importante en estos pacientes.

Y si el dolor es considerable, y tiene una causa que puede eliminarse, como las que afectan al aparato locomotor, se puede plantear una intervención para colocar una prótesis, dependiendo de la situación del paciente y su capacidad para soportar la cirugía.

Más geriatras

En estos casos de tratamiento del dolor, el papel del geriatra es fundamental. "Hacemos valoración global de la persona, que a esta edad lo normal es que tenga varias patologías y necesite tomar muchas pastillas. También hay que valorar el estado funcional en capacidades más básicas, e instrumentales en actividades de la vida diaria, las que permiten la independencia".

Además, el geriatra tiene en cuenta factores de carácter emocional y conductual, que ayudan también a tomar las decisiones en cuanto a tratamientos. "No es lo mismo si tiene una demencia, si tiene medicamentos que interaccionan entre sí, si tiene algún problema cardiaco o está deprimido. Hay que escoger medicamentos que no interaccionen entre sí, ni con las enfermedades que tienen".

Una atención integral, como la que puede proporcionar un geriatra experto en esta patología es fundamental: "No tenemos tratamientos curativos, pero los enfermos una vez hecho el diagnóstico tienen 10 años de esperanza de vida como mínimo. El diagnostico no es difícil, pero los problema empieza después. Caídas, cuadros confusionales, ingresos hospitalarios, infecciones, sobre todo neumonías por aspiración, que puede producir insuficiencia respiratoria que se complica...)

Un dato que deberían tener en cuenta los gestores del sistema de salud, en el que el envejecimiento de la población hace que una parte importante de los usuarios sean mayores de 65 años. Un volumen tan elevado de pacientes mayores, con múltiples enfermedades crónicos, y en los que el riesgo de padecer alzhéimer aumenta cada año que cumplen, debería ser suficiente para implantar la figura del geriatra en los centros de salud, de igual manera que los pediatras se encargan de la población más joven.

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