Francisco Robles - NO DO

Los nuevos tiesos Francisco Robles

Algunos aparecen en los cócteles para llevarse algo caliente al estómago. Son nuevos ricos que ya no lo son

FRANCISCO ROBLES - Actualizado: Guardado en: Actualidad

Que todo lo ganaron y todo lo perdieron... El alejandrino de Manuel Machado los describe con catorce sílabas, como los resultados de la quiniela que un día les tocó sin necesidad de rellenar ningún boleto. Tuvieron la suerte o la perspicacia de estar en el momento exacto y en el lugar adecuado. Cogieron el tren del pelotazo y volaron como Ícaro, protagonista de la alegoría mitológica que les viene como anillo -de oro y brillantes, aunque empeñado- al dedo. Así describió ayer el amigo y compañero Manolo Contreras a Luis Portillo, el Ícaro de Dos Hermanas que voló tan alto, tan alto, que la caza le dio alcance.

Los dientes de sierra son muy peligrosos en los serruchos y en la economía. In ictu oculi, en un abrir y cerrar de ojos estás en la cima y en la sima: para nosotros, seseantes que llevamos esa forma de pronunciar las sibilantes hasta las Indias, los dos lugares son idénticos. Seseantes y barrocos. Cima y sima. Todo lo ganaron y todo lo perdieron. De nuevos ricos pasaron a nuevos tiesos en un suspiro. En un soplo, como dice Curro Romero que se va la vida. El soplo que apaga la vela del lienzo de Valdés Leal. El aire que deshace las fortunas que se tejieron a golpe de pelotazo y que salen a subasta para finiquitar un tiempo ido.

Los nuevos tiesos pasean por la ciudad haciendo honor al adjetivo que les sirve de nombre. Tiesos como la mojama de Barbate que ya no prueban. Se conforman con una cervecita sin tapa. Una cerveza a la que le dan coba en el vaso, como dice con certera expresión sevillana el amigo Julio Cuesta, el que siempre nos ha acogido en la Fundación Cruzcampo con los brazos y los grifos abiertos. Le dan coba a la cerveza y al café. Ya no invitan a comer en los discretos reservados de los mejores restaurantes. Cigalas de tronco, pero de tronco de secuoya, el árbol más premiado del mundo. Ahora se conforman con dar barzones. Tiesos como una regla. Como si la columna vertebral fuera el palo de una fregona. Tiesos y estirados. Así no pierden la costumbre de mirar a los demás por encima del hombro, aunque los agradaores ya no les rían las gracias que no tienen.

Si Jorge Manrique no estuviera tieso total desde hace siglos, les preguntaría al latino modo del ubi sunt. ¿Dónde están esos coches de lujo, esos aviones privados, esos cilindros que quemaban el combustible que se ha convertido en el humo de lo que se fue? ¿Dónde están esas piscinas cubiertas y climatizadas donde se reflejaba el gusto por el derroche que sirve para presumir ante propios y extraños? ¿Dónde están los vestidos parisinos y los zapatos italianos, los trajes ingleses y la ingeniería alemana? Y la pregunta del millón que nadie es capaz de contestar en Sevilla, y que encierra el gran misterio de la ciudad. ¿De qué viven los nuevos tiesos?

Algunos aparecen en los cócteles para llevarse algo caliente al estómago, aunque sea un croqueta. Otros, ni eso. Nuevos ricos que ya no lo son. Nuevos tiesos que todo lo ganaron y todo lo perdieron... aunque no tengan el alma de nardo del árabe español.

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