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El mapa de los comercios tradicionales cerrados en Sevilla

Un paseo por el Centro para descubrir la cantidad de tiendas históricas cuyo escaparate es una cortina metálica y un cartel de «Se vende»

El bar La Alicantina en el Salvador, uno de los últimos que ha echado el cierre - J. MACÍAS

Cuentan los periódicos italianos que los florentinos están en pie de guerra contra la apertura de un restaurante de una multinacional de hamburguesas en pleno centro de la capital toscana. El comercio tradicional es en Florencia intocable, bandera de la ciudad, que debe ser protegido.

En Sevilla estamos asistiendo en los últimos años a la desaparición paulatina, gota a gota, de aquellas tiendas donde compraban los abuelos y cuyo trato al cliente es personal más allá de las grandes marcas. Ese es su principal rasgo diferenciador. Comercios que han ido pasando de generación en generación, apellidos que se identificaban con un gremio. Basta un paseo por el Centro para descubrir la cantidad de comercios cuyo escaparate es una cancela metálica de la que cuelga un cartel de «Se vende». Dos son los motivos fundamentales: la desaparición de la renta antigua, que hace inviable el negocio, o la jubilación de sus propietarios, que muchos ven cómo sus herederos no desean continuar con la saga familiar.

Ese paseo podría comenzar en el triángulo de Tetuán-Velázquez-O'Donnell, donde en cada número de la vía hay una gran marca. Apenas hay comercios tradicionales. Uno de los que subsistía era la Joyería Félix Pozo, histórico negocio donde tantos sevillanos han comprado anillos o pendientes de plata. Ahora, el cierre está lleno de grafitis y una pegatina deja claro que aquel local está pendiente de operación inmobiliaria.

Cerró en 2014 por la jubilación de su dueño, no por problemas económicos, algo que ya se encargó de dejar claro el propietario: «Somos dos hermanos y nos hemos jubilado», decía sonriendo mientras apostillaba que «nos encontramos muy bien y ya es hora de jubilarse».

Por el mismo motivo ha cerrado otro de los negocios más emblemáticos de la ciudad, ubicado en la embocadura de la calle Sierpes, en plena plaza de la Campana. Desde la cristalera, la tienda de zapatos de Pilar Burgos está ahora vacía, al igual que los otros establecimientos de la Avenida de la Constitución, Luis Montoto o Tetuán. Su propietaria se ha jubilado y ha retirado del mercado su marca tras más de cuarenta años creando tacones, botines y sandalias.

Tan sólo unos metros más adelante, en la calle Santa María de Gracia ya no hay veladores. El olor y el sonido del café ha desaparecido, como también lo ha hecho el cartel que colgaba del local. Ha cerrado La Reja, uno de los restaurantes más tradicionales del Centro, que ya funcionaba como cafetería en los años 60.

Tirando de hemeroteca, se puede comprobar que ya estaba funcionando como cafetería en los años 60. Medio siglo después, en agosto de este año, ha echado el cierre motivado por una revisión muy al alza del precio de renta del antiguo alquiler, desprotegido ya por la Ley de Arrendamientos Urbanos y animado también por la intención de algunos de los copropietarios partidarios de la venta del local.

Sierpes, un reducto

Continuando por Sierpes y su entorno, uno comprueba que aún subsisten numerosos negocios tradicionales como Foronda, la Papelería Ferrer, El Cronómetro, la relojería Ramiro o Bolsos Casal, entre otros. No ocurre lo mismo con la Joyería Muñoz, en la esquina de Cerrajería, o con la libería Beta Imperial, ubicada en el antiguo teatro del mismo nombre, hoy clausurada a la espera de que este emblemático y gigantesco local se convierta en «Multiespacio Imperial», que se llene de showrooms, tiendas de moda y decoración o un mercado gourmet.

El Salvador pierde la renta antigua

El entorno del Salvador está sufriendo en los últimos tiempos una transformación en sus locales comerciales. Un ejemplo es el de la cerería del mismo nombre, que dejó su tradicional establecimiento frente por frente a la iglesia colegial para ubicarse en el mismo lugar que ocupaba Uclés, que dio el cerrojazo el 31 de diciembre de 2015. Aquel negocio donde tantos sevillanos compraron sedas y lana se fue ya para siempre, motivado también por la Ley de Arrendamientos Urbanos.

Como la cerería El Salvador tuvo que trasladarse el casi centenario Bazar Victoria, que se ha tenido que mudar a la calle Francos porque el propietario del local, la Fundación Cajasol, se negó a renegociar el contrato de alquiler para instalar allí un museo para un fondo pictórico.

El mismo caso es el de la relojería Torner, que tuvo que abandonar la calle Sagasta para mudarse a Alcaicería. Todos ellos, hace algo más de un año.

El Horno San Buenaventura de la Avenida, cerrado desde julio
El Horno San Buenaventura de la Avenida, cerrado desde julio- J. M. R.

La Avenida de las multinacionales

Bajando por Entrecárceles y continuando por la plaza de San Francisco hasta llegar al comienzo de la Avenida de la Constitución se encuentra, ahora cerrada, la confitería Filella en el edificio La Adriática que construyera Espiau. Un histórico comercio de 1935 que cerró en abril de 2014 tras la muerte de su titular, Isabel Filella Gómez, apenas unos días antes. Al igual que la confitería de la Avenida, también cerró la tienda que se ubicaba en San Jacinto. Ahora, en el mismo local de la Avenida abrirá próximamente el obrador Buenabuelo.

Otra cafetería conocida de la ciudad, el Horno San Buenaventura de la Avenida, también ha echado el cierre en los últimos meses, tras no superar un periodo de dificultades económicas de la empresa, que pese a ello mantiene abiertos sus locales en la Alfalfa, Triana, Nervión, el Aljarafe o Carlos Cañal (ahora en reforma coincidiendo con las obras de esta calle).

Esta vía principal de la ciudad, junto a la Catedral, está repleta ahora de franquicias de grandes marcas, aunque aún sobreviven comercios tradicionales como Calzados Catedral, junto a la ahora vacía Pilar Burgos, frente a la puerta de la Asunción.

Este paseo termina en el Postigo, allí donde la histórica calentería ha dado paso a un punto de información turística hace unos meses, tras la jubilación de su dueña.

Mientras tanto, a las espaldas del Salvador cuelga una placa que reza que «en estas tiendecillas de la Plaza del Pan cada uno de los objetos expuestos eran aún cosa única. Y por eso preciosa. Trabajada con cariño, a veces en la trastienda misma. Conforme a la tradición transmitida de generación en generación, de maestro a aprendiz...». Así lo describía Cernuda.

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