Sucesos

Intento de asesinato en La Rinconada: «Mi misión es matarla»

Juan fue condenado en 2002 por asestar 22 puñaladas a su mujer en La Rinconada. Cansada de malos tratos quería separarse. Él nunca olvidó y 16 años después lo volvió a intentar

Imagen captada en el año 2000 de la fachada de la casa con la sangre de la víctima en la entrada
Imagen captada en el año 2000 de la fachada de la casa con la sangre de la víctima en la entrada - ABC

¿Puede un maltratador que ha intentado asesinar a su pareja reinsertarse en la sociedad y no volver a ser un peligro para la víctima? La pregunta en sí es genérica. Caben en ella tantas respuestas como maltratadores convictos que regresan a la calle tras cumplir condena. Pero es una cuestión procedente cuando se abordan casos como el de Josefa, una vecina de La Rinconada de 75 años que esta pasada semana esquivó a la muerte por segunda vez. La guadaña la portaba su exmarido, quien ya intentara asesinarla en el año 2000. Nunca le perdonó que se quisiera separar de él. Con 78 años y casi una década en prisión por una tentativa de asesinato, volvió a por ella. «Mi misión es matarla», llegó a decir Juan R. H. después de ser detenido hace sólo unos días.

Josefa conoció a su exmarido en 1968 en Alemania. La sentencia que lo condenaría en 2002 relata cómo la pareja mantuvo «relaciones tensas» desde los inicios; una fórmula amable para definir un matrimonio lacerado por episodios de agresiones. Una convivencia insoportable que hizo salir del país a Josefa en varias ocasiones para refugiarse con su familia en La Rinconada. Pese a todo, el matrimonio continuó hacia delante. El repudio social a la violencia de género que existe hoy ni se atisbaba década atrás, cuando estos problemas no salían de la esfera más privada y eran considerados dificultades de pareja donde ni la ley ni un tercero podían ni debían entrar.

La familia creció y nacieron dos hijos que residen en Alemania. A pesar de las dificultades de una emigrante, Josefa intentó escapar en varias ocasiones, solicitando ayuda a las autoridades germanas, refugiándose en casas de acogida. Finalmente, tras muchas idas y venidas, decidió dejarlo todo y regresar a España sola.

En 1998, Josefa y Juan retomaron la convivencia ya en España. Él se había jubilado y decidieron pasar lo que queda de vida en una casa que habían adquirido en la calle Miguel Delibes del pueblo natal de ella. El mismo escenario de los dos ataques que a punto estuvieron de acabar con la vida de Josefa, con una diferencia de 16 años entre ambos intentos de asesinato.

Ella rompió con el silencio

Aún faltaban unos años para que saliera adelante una ley integral contra la violencia de género en España, que situaba la verdadera dimensión de un problema que es una lacra social. Sin embargo, esta vecina de La Rinconada, cansada de episodios de malos tratos, había sido una pionera en romper con el silencio y denunció a su marido en el año 2000. Un día le había tirado encima una fuente de comida caliente.

Los resortes judiciales no eran los mismos de ahora y el maltratador seguía bajo el mismo techo. Dos meses después de aquella agresión, Josefa volvía a acudir al cuartel de la Guardia Civil para denunciar a su pareja. La amenaza era clara: iba a por ella y no temía las consecuencias. La Audiencia Provincial recoge en la sentencia dictada en 2002 cómo le dijo que la tenía que matar, que no le importaba ir a la cárcel. Su advertencia terrorífica estuvo a punto de llevarla a cabo apenas unas semanas después.

El 19 de octubre, Juan R. H. cumplía con su rutina diaria de pasar largas horas en el Hogar del Pensionista. Pero aquel día algo había cambiado. Su mujer había reunido el valor suficiente para presentar una demanda de divorcio. No sólo le había dicho que quería separarse sino que también había dado el paso. El maltratador había recibido ese día la notificación del juzgado.

La primera vez, Josefa se hizo la muerta y evitó que Juan la siguiera apuñalando. Así salvó la vida

Sobre las 21.30 horas regresó al domicilio familiar y armado con un cuchillo de cocina se adentró en el dormitorio donde estaba Josefa y comenzó a asestarle puñaladas. La mujer pudo esquivar algunos envites. Consiguió salir al balcón de la casa, que tiene dos plantas, para pedir ayuda.

Los vecinos la oyeron y llamaron a la Guardia Civil. Mientras llegaba una patrulla, el agresor continuó persiguiendo y apuñalando a su mujer por toda la casa. Ya en el piso inferior, la víctima buscó una salida haciéndose la muerta. Cerró los ojos y aguantó la respiración. El maltratador se lo creyó y dejó de blandir el cuchillo. En ese instante, una patrulla llegó a la casa. Josefa aprovechó, se levantó y salió en busca de los agentes. Consiguió cruzar el umbral de la puerta y allí se desplomó, junto al portal enrejado.

Una vecina recuerda el terror que padecía. Tal era el miedo que había cerrado todos los huecos de la casa con rejas, como si fuera una cárcel. Encerrada en su propio hogar.

La crónica de lo que había ocurrido aquella noche y que publicó ABC iba ilustrada con una fotografía de ese mismo portal, precintado por la Benemérita y en el que aún era visible un gran charco de sangre en la entrada. Sobre él, horas antes había yacido la víctima mientras el agresor pedía a los agentes que se marcharan de allí, que no había pasado nada.

El informe médico que se aportaría a la causa judicial detallaba las 22 puñaladas que recibió Josefa. El tribunal no tuvo dudas en su sentencia: había sido un intento de asesinato. Los magistrados destacarían «el especial sentimiento de crueldad que conducía la actuación del acusado, tendente a hacer experimentar a su esposa el mayor dolor posible antes de la muerte».

Fue al cuello en las dos tentativas

De todas las heridas que presentaba la víctima, había una que destacaba por la gravedad de la lesión que había provocado. Una incisión de doce centímetros de profundidad en el cuello. En la misma parte del cuerpo que 16 años después volvería a atacar el agresor. Si bien esta vez la puñalada ha sido mucho más superficial. «La violencia, saña y reiteración con que apuñaló a la víctima indica palmariamente que pretendía un resultado letal», relata la sentencia que condenó a nueve años de cárcel a Juan.

La brutalidad del caso no dejó impasible a nadie. Se celebró una concentración de protesta en la puerta del Ayuntamiento. La conmoción fue absoluta porque no eran pocos los que sabían que Juan había estado a punto de cumplir lo que tantas veces había dicho: «La calle no la pisas más. Estás muerta». Fue una de las expresiones que recogen las actuaciones judiciales.

El tribunal que juzgó al maltratador en 2002 destacó en su sentencia su «especial sentimiento de crueldad»

Cuando Juan salió de la cárcel en 2009, la sentencia le obligaba a mantenerse alejado de su expareja. Fuentes municipales recordaban esta semana pasada que hasta 2014, cuando expiró la prohibición, el condenado llevaba un dispositivo de control remoto. Se había instalado en su pueblo (Palma del Río, Córdoba) desde donde fue madurando un nuevo ataque a su exmujer. Los años en prisión, su avanzada edad… nada lo iba a parar.

El pasado lunes se dirigió de nuevo al mismo escenario donde había perpetrado su primera tentativa. Por la mañana, a plena luz del día y sin miedo a ser descubierto, se acercó a la que había sido su casa y esperó a que Josefa saliera. Cuando la tuvo cerca, volvió a atacarla. Una vez más los vecinos salieron a ayudarla. Una patrulla de la Guardia Civil acudió de inmediato y detuvo al agresor, que fue llevado a los calabozos. Como un satánico mantra, Juan repetía que su misión era matar a Josefa, señalan algunos testigos.

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