Rosas en el lugar donde fueron asesinados Alberto y Ascen
Rosas en el lugar donde fueron asesinados Alberto y Ascen - J. M. SERRANO

XX ANIVERSARIO DEL DOBLE CRIMEN DE ETACrónica negra de un 30 de enero en Sevilla

Alberto Jiménez-Becerril y Ascensión García Ortiz cayeron a unos metros de casa, donde tres niños les esperaban

SEVILLAActualizado:

Eran las cuatro. Cuatro de la mañana del 30 de enero de 1998. Cuatro flores, también cuatro, habían quedado esparcidas sobre el adoquinado mojado de la calle Don Remondo, en pleno corazón de Sevilla. Las llevaba Ascensión García Ortiz, esposa del concejal del PP y primer teniente de alcalde de la ciudad Alberto Jiménez-Becerril, tras una noche que pretendía ser festiva y que había incluido una copa en la Cuesta del Bacalao, como solía hacer el joven matrimonio los jueves. Ambos tenían 37 años. Sus cadáveres habían sido levantados unos minutos antes de ese punto del Barrio de Santa Cruz distante tan solo treinta metros de su domicilio, donde pasaban la noche ajenos al drama con una canguro sus tres hijos: Ascensión (nueve años), Alberto (seis años) y Clara (tres años).

Dos pistoleros de ETA, José Luis Barrios y Mikel Azurmendi, habían acabado con la vida del edil y de su mujer pasada la una de la madrugada, cuando ambos volvían a casa, de un disparo a bocajarro en la cabeza. Jiménez-Becerril recibió el suyo en la sien derecha y García Ortiz, en la frente. El seguimiento al concejal del gobierno local fue breve, ya que en principio se había planteado atentar contra la propia alcaldesa, Soledad Becerril, pero las medidas de seguridad que la rodeaban variaron el plan de los los criminales. Tras una leve vigilancia en la zona —donde estudiaban a la alcaldesa al ser también vecina—, al comprobar que Alberto y Ascensión se encaminaban a casa sin escolta, los dos etarras decidieron asesinarles. Sobre la marcha. Por la espalda. Cada terrorista llevaba una pistola y pactaron que Azurmendi dispararía contra el edil y el otro contra su mujer para evitar que los gritos de la segunda alertaran al vecindario. Entre los que sólo pudieron oír las dos detonaciones. Para coordinar mejor la acción, los asesinos decidieron contar hasta tres a la vez e inmediatamente abrir fuego sin dar posibilidad alguna de defensa.

Amparados en la noche y la angostura del casco viejo hispalense, los autores del doble crimen huyeron a toda velocidad a su piso franco en la calle José Laguillo, donde con Maite Pedrosa, pareja de Azurmendi, degustaron una cena especial regada con sidra para celebrar las muertes. El comando se había desplazado a Sevilla con un coche robado en Málaga cargado con 50 kilos de explosivos listos para ser activados y al que sólo le faltaba adosar el cebador. La rápida captura del grupo por parte de las Fuerzas de Seguridad del Estado unas semanas después impidieron una masacre con coche bomba.

Aquella madrugada sí habían logrado su objetivo los etarras. Nada más tener conocimiento del atentado los cuerpos policiales, el concejal de Seguridad, Luis Miguel Martín Rubio, fue avisado poco antes de las dos de la madrugada y se trasladó al lugar. Amigo íntimo de ambos, fue el único que vio muerto en la calle a su compañero y a su esposa y quien tuvo que comunicar a la alcaldesa el trágico suceso. «Han matado a Alberto y Ascen». Becerril se echó a llorar. Entre los dos tuvieron que organizar la manera de contarlo a los familiares y mantener ajenos a los niños. Primero se habló con un hermano de él, que estaba en Madrid, luego con un tío suyo que era prácticamente un padre para Alberto... Para comunicar el asesinato a la madre del concejal o a la hermana de Ascen se decidió enviar a familiares, de forma que no fuera una llamada telefónica la que les trasladara el durísimo golpe. Quedaban los tres hijos de la pareja formada por el político y la procuradora. Huérfanos ya, aunque no lo sabían.

Se avisó por teléfono a la cuidadora, que pudo sobreponerse a duras penas a su ataque de nervios y logró sacar de la casa con la ayuda del periodista y escritor Fernando Iwasaki, amigo y vecino de la familia, a los tres pequeños a primera hora de la mañana a sólo unos metros de la manta de serrín, las cuatro flores y una nube de fotógrafos que generó la curiosidad de la mayor. La tata le explicó que el revuelo de fotógrafos se debía a que andaba por allí Ana Obregón. Los niños fueron llevados a la casa de campo de la tía Teresa, la hermana de Ascensión, donde se encontraron con sus primas mayores, que ese día no fueron al colegio para ejercer de amortiguador. A la hija mayor del matrimonio asesinado le extrañó aquello, o que la radio o la televisión de la casa estuvieran estropeadas. Al volver a preguntar por sus padres, simplemente se acudió a un lugar común. «Están de viaje en una cosa del partido». El sábado, y ante el creciente número de angustiosas preguntas, se les comentó a los dos mayores que papá y mamá habían sufrido «un accidente». A la vuelta de la finca, ya el lunes, los pequeños empezaban a ser conscientes de lo ocurrido y de cómo iba a ser el resto de sus vidas.