Carlos Infantes Alcón
Carlos Infantes Alcón - M.J. LÓPEZ OLMEDO
ENTREVISTA

«Aunque ingreses por Urgencias, en EE.UU. te dejan morir en la calle si no llevas una Visa»

El cardiólogo Carlos Infantes Alcón, que se formó en clínicas californianas, dice que «si tienes una enfermedad en España sabes que te atenderán. Aquí hay listas de espera y allí de desesperados»

SEVILLAActualizado:

Carlos Infantes Alcón (Sevilla, 1944) fue durante 32 años jefe del Servicio de Cirugía Cardiovascular del Hospital Universitario Virgen Macarena de Sevilla. Por sus manos han pasado más de seis mil corazones y es pionero en trasplantes de válvulas cardiacas, técnica que perfeccionó durante su estancia en la Universidad de Stanford y en el Santa Clara Valley Medical Center de California.

Es miembro de la Sociedad Española de Cirugía Cardiovascular y de la Real Academia de Medicina de Sevilla. El próximo 16 de mayo presentará el libro «Jirones de toda una vida. Francisco Infantes Florido. Sevilla, 1906-1990», dedicado a su padre y en el que recopila todos sus escritos.

¿Desde cuándo quería ser médico?

Aunque hay otra profesión que me encanta, la arquitectura, siempre quise ser médico del corazón. No tenía en mi cabeza el concepto de la cirugía pero sabía que sería del corazón. Y cuando empecé mi formación, cirujano.

Completó su formación en la Universidad de Stanford y en una clínica californiana. ¿Cómo fue esa experiencia?

¡Fantástica! Estados Unidos te hace emprendedor a la fuerza. Yo tuve una idea allí sobre válvulas cardiacas y rápidamente llamaron a un laboratorio. Aquello va todo muy rápido.

¿Recomendaría a todos los sevillanos una estancia allí?

Yo hablo muchas veces de esto con mis hijos. Y uno me dice: «Sí, papá. Stanford está muy bien pero lo importante es ser feliz». Y yo le digo: «De acuerdo. Está muy bien darse un paseo a caballo por las marismas o tomar una cervecita en el Rocío, pero como padre debes hacer todos los esfuerzos para ofrecerle a tu hijo esa oportunidad y que él elija. Si a ti lo que te gusta es estar en un bar con tu pensioncita, vale, pero dale a tu hijo la oportunidad de que aspire a otra cosa y que él decida. Por eso yo aplaudo a mi padre: de no ser por él, yo seguiría en Almadén trabajando en el campo.

¿Por qué los procedimientos sanitarios en EE.UU. están a la vanguardia del mundo?

La tecnología, sí; la sanidad, no. Allí tienen el concepto de negocio de la salud y para ellos lo importante es que el hospital sea rentable, aunque la eficiencia sea tremenda.

También para pedirte una Visa antes de prestarte cualquier atención.

Sí, eso es lo primero, aunque ingreses por Urgencias. Si no hay crédito, te vas a morir en medio de la calle. A veces te desvían a unos hospitales de caridad donde la atención es mínima.

La sanidad sueca y al española

Es la mejor sanidad que podemos tener con nuestro nivel de recursos. España no es un país rico y tiene una sanidad acorde con sus recursos pero a diferencia de Estados Unidos todo el mundo que tenga una enfermedad sabe que aquí tiene un lugar a donde acudir.

A veces las listas de espera impiden atajar a tiempo alguna dolencia grave porque desde el inicio del proceso hasta que la diagnostican y empiezan a tratarla pueden pasar años.

Sí, pero si va a Urgencias le hacen esas pruebas sobre la marcha. El sistema no es perfecto y da lo que da, pero como dijo Felipe González: «Aquí hay listas de espera, en EE.UU hay listas de espera de desesperados».

¿Somos demasiado exigentes con los servicios públicos?

Desconocemos lo que sucede por ahí fuera.

Dice el neurocirujano Francisco Trujillo que la sanidad pública es como un puchero que haces para 5 personas e invitas a comer a 20.

Es que es imposible que en un país como España podamos tener una sanidad mejor de la que tenemos. Si hiciéramos Iphones en lugar de, por ejemplo cultivar patatas, un producto con un bajo valor añadido, tal vez podríamos tener una sanidad sueca. Debemos cambiar nuestro modelo productivo y el valor añadido de lo que producimos para poder tener una sanidad mejor. La clave está en la tecnología y el conocimiento, es decir, en la formación.

Nuestros gobernantes dicen que nuestra sanidad es la mejor del mundo.

Decir eso genera frustración y hay que decirle a la gente la verdad. Que tenemos la sanidad mejor que podemos tener. Cuando llegué de Stanford me desesperaba con algunas cosas como la falta de asepsia de los quirófanos o que hubiera alguien que no se ponía bien el gorro y no se tapaba bien la cabeza porque ese día había ido a la peluquería. Luchaba contra que alguien tirase algo al suelo o dejase la puerta abierta o que alguien hable a voces en un quirófano. Era algo a lo que no me podía adaptar cuando volví de Estados Unidos. Por eso un compañero mío me dijo: «Mea la coca-cola porque si no aquí lo vas a pasar mal».

¿Se ha tratado de atender a todo el mundo en España, aunque no fuera en las condiciones más adecuadas?

Sí, pero cuando a alguien a las diez de la noche le duele algo, llama a una ambulancia y en 15 minutos llega el 061 y se lo lleva a un hospital. Le hacen mil pruebas y lo curan. Creo que sería bueno que esa persona supiera que la sanidad pública ha invertido en él en esos días, por ejemplo, unos 18.000 euros, que es lo que a lo mejor ha cotizado ese paciente en tres años. La sanidad tiene un coste pero preferimos no pensar en él.

¿Se gasta bien en el sistema público?

Por desgracia, no. Tenemos una medicina defensiva. A un señor que le duele la cabeza le hacen un TAC y si a los tres días le sigue doliendo y va a Urgencias el médico de guardia le manda otro TAC, aunque el anterior no daba nada raro. Porque si a ese señor le pasa algo, la culpa va a ser de este médico y se cubre las espaldas para evitar una posible denuncia judicial. Es muy importante crear empatía con el paciente y que él tenga fe en que vas a averiguar lo que tiene y que lo vas a curar.

¿Con las consultas de dos minutos en los ambulatorios y centros de salud se está perdiendo esa relación que había antaño entre los pacientes y su médico de cabecera?

Sí. Como en todo, porque también está ocurriendo en la sanidad privada. Las compañías están contratando a un médico, normalmente recién salido de la Facultad, para que vaya a una clínica dos tardes a la semana para que haga ecografías. No le pagan por ecografía sino por toda la tarde y tiene que hacer veinte ecos. ¿Cuánto puede detenerse en cada una? ¿Qué detalles puede advertir? ¿Qué tiempo tiene para hablar con el paciente?

¿Están primando los criterios económicos sobre los médicos?

No se puede culpar a la sanidad pública ni a la privada de esto pero la razón es que la medicina ha pasado de ser una vocación a una profesión.

¿Un negocio?

La sanidad privada tiene que ser rentable económicamente. La pública tiene unos límites presupuestarios. Y todo se hace sobre las espaldas de los profesionales sanitarios.

Seis mil corazones

Ha operado más de seis mil corazones. ¿No le tembló el pulso la primera vez?

La primera vez me mareé. Salió sangre y me puse blanco.

¿Se ha encontrado en un quirófano con pacientes a los que no les cabía el corazón en el pecho?

Sí, y eso es una patología grave.

Le habrán pasado muchas cosas operando y después de operar.

Imagínese, después de más de cuarenta años. Hace mucho tiempo operé a una niña de 2 años que era de Osuna. La cosa fue bien y al poco tiempo recibí una carta llena de faltas de ortografía pidiéndome una foto mía. Era la abuela de la niña y le mandé la foto. Casi un año después me acerqué a Osuna a casa de la niña a preguntar por ella y la abuela y la madre se pusieron a llorar y a darme las gracias. Me enseñaron varios collage de fotos repartidos por toda la casa en los que se veía a mi paciente rodeada por una imagen del Gran Poder y, al otro lado, por la foto mía que le mandé. Y el 14 de mayo, día de mi cumpleaños, me llega siempre una felicitación de esa familia. Primero, la firmaban los padres; luego, la propia niña a que operé y más tarde su hija. Así ha sido durante cuarenta años, un año tras otro.

Cuando se le toca el corazón a alguien, literalmente, como usted ha hecho tantos años en el quirófano, ¿acaba uno haciéndose amigo del dueño de ese corazón y de su familia?

Hubo otro caso de una mujer con una discapacidad motora muy importante. Todo fue bien y esa mujer acabó casándose y el matrimonio contrató a un vientre de alquiler de Estados Unidos para tener un hijo. Lo están sacando adelante y me manda vídeos de la niña. Es un gran ejemplo de superación que me hizo pensar que a menudo nos quejamos de problemas que en realidad no lo son.

Supongo que otros casos saldrían mal y que en alguno de ellos los familiares no lo encajarían bien.

Sí. Recuerdo uno de un señor de treinta y pocos años al que operé de una válvula aórtica. Fue bien y así se lo dije a su familia pero a los pocos minutos me llamaron diciéndome que se le había parado el corazón. A veces pasan estas cosas. Estuve casi una hora dándole un masaje cardíaco para reanimarlo pero no lo conseguí. Cuando fui a decirle a la familia que había muerto se creó una gran tensión. Estaba rodeado de padres, hermanos y muchos familiares. Tuve que retroceder y meterme en mi despacho y me caí desplomado en la silla sudando como un pato por el masaje. Recuerdo que entonces pensé que aquello no era justo. Hice todo lo que pude.

¿Suele pasar esto con pacientes de etnia gitana?

No tiene nada que ver, aunque estos pacientes tienen una familia muy numerosa y siempre van juntos al hospital. Hace tiempo incluso les dejaban hacer acampadas allí con infiernillos esperando al paciente. Yo operé a Farruco, el abuelo de Farruquito, y recuerdo que estaba allí toda su familia, no sé si eran cincuenta personas. Recuerdo que el celador, que era de esa misma etnia, me dijo que me acompañaba al quirófano y luego, a la salida de la operación, me preguntó cómo había ido la cosa. Le dije que bien y él me contestó: «Menos mal, don Carlos, porque no sabe usted cuántas navajas había allí». No sé si era verdad o no, pero fueron todos muy amables y respetuosos conmigo.

A su padre le dio un infarto pero no pudo operarlo.

No pude porque esa cirugía coronoria no existía en 1970 y yo la aprendí después en Estados Unidos y la traje a España en 1972. Recuerdo que mi padre tenía molestias en el pecho pero tenía que operar esa tarde y me fui al hospital sin darle más importancia. Lamenté mucho no haberme detenido con él para poder diagnosticarlo. He tenido muchos remordimientos por eso.

Usted también está operado del corazón.

Tengo un desfibrilador. Una vez me paró un Guardia Civil porque no llevaba bien puesto el cinturón de seguridad y se lo dije. Me pidió que lo acreditara con algún informe y le dije que no tenía ningún papel pero que se lo podía enseñar.

También operó a niños africanos traídos por una ONG. ¿Cómo recuerda esa experiencia?

Tierra de Hombres trajo a Sevilla a niños africanos con patologías cardíacas que les impedirían vivir y de las que nadie podía operarlos en sus países de origen. La clínica ponía el quirófano y nosotros, además de nuestro trabajo, pedimos el material necesario a los laboratorios. Operé a un niño llamado Matsut y recuerdo que estábamos poniendo los alambres de acero para cerrarle el esternón del niño cuando un compañero dijo: «Esto es lo único que le va a molestar al león cuando se coma al niño». Aquel comentario me hizo pensar, porque a los padres de esos niños había que pagarles 10 dólares para que los llevaran a las revisiones. La vida en muchas zonas de África no vale mucho y me dio la sensación de que esos niños tenían pocas posibilidades de sobrevivir aunque les salváramos el corazón.