De izquierda a derecha, María García, Eustasia Núñez, Orocia Guitart y Antonia Rocío Jiménez
De izquierda a derecha, María García, Eustasia Núñez, Orocia Guitart y Antonia Rocío Jiménez - M. ÁNGEL JIMÉNEZ
EL ROCÍO 2018

El Rocío 2018: De mujer a mujer

Las almonteñas son las transmisoras de la devoción rociera de generación en generación. Con sus gestos diarios y con su ejemplo de fe y respeto, procuran que la semilla rociera prenda de hijos a nietos

ALMONTEActualizado:

La que hoy está considerada como una de las devociones más universales y multitudinarias del orbe está construida, sin embargo, a base de pequeños gestos, de constancia y de discreta dedicación a las cosas de la Virgen. No en vano, la Virgen del Rocío es, para las mujeres de Almonte, «como una madre». Así lo aseguran, en primera persona, cuatro almonteñas de entre 65 y 90 años, esposas –dos de ellas ya viudas-, madres y abuelas, que en su infancia y juventud recibieron de sus padres la semilla rociera y cargada de un sentimiento irresistible que cuesta explicar con palabras.

Ahora son ellas las que asumen con naturalidad la responsabilidad de transmitir ese legado, sin aspavientos, en la cotidianeidad de sus hogares, a través de la oración, de la música, de recetas de platos propios de la Romería y hasta de los juguetes, porque como asegura María García Maraver, 65 años, dos hijos y un nieto de dos años que ha puesto patas arriba su vida y que aprendió a decir los vivas antes que a caminar, el Rocío también se enseña cuando «le compras al niño un tamboril, o una carreta con sus bueyes».

Muchas veces, esa labor de transmisión conlleva un sacrificio emocional importante. Es el momento en el que se produce el choque entre la tristeza por la muerte de un ser querido y la inminencia de la Romería. Y estas cuatro mujeres, aun procediendo de una época en la que guardar el luto era una obligación innegociable, han experimentado a lo largo de sus vidas una evolución notable, espoleadas muchas veces por el condicionamiento social mucho menor que sufrían sus maridos.

María García Maraver
María García Maraver - MIGUEL ÁNGEL JIMÉNEZ GARCÍA

A María no le quedará más remedio que ponerlo en práctica este año, un mes después del fallecimiento de uno de sus hermanos. Será un momento complicado para ella: “no me pondré una flor ni vestiré un traje, pero si yo no voy, mi familia tampoco irá», lamenta. «Yo le digo a mis hijos que vayan al Rocío aunque yo falte», asegura Eustasia Núñez Cabrera, a sus 82 años, porque tiene claro, al igual que sus compañeras, que las pérdidas se suceden año tras año y guardar un luto estricto puede poner en peligro la tradición.

Lo sabe bien Orocia Guitart Auden, que cumplirá 90 años en julio y que a los ocho años perdió a su padre y no volvió a pisar El Rocío hasta los 16. Sin embargo, su madre, antes de fallecer, dejó órdenes muy claras sobre cómo proceder en la siguiente Romería: «este año, si queréis, vais al Rocío, pero si me he muerto, la casa la dejáis cerrada: que la Virgen vea que falta una rociera». Así lo hicieron, y recuerda cómo la vecina Hermandad de Jerez procuró que nadie ocupara su porche durante la procesión para que se notara el vacío.

La madre de Orocia llegó incluso a «vivir» un Rocío estando hospitalizada. Cuando sus familiares fueron a visitarla para llevarle un paño de la Virgen, fueron con los nietos vestidos de flamenco y allí le estuvieron bailando y cantando, a ella y a las otras seis enfermas que compartían espacio. «Mi madre, mientras tanto, iba relatando la procesión de memoria: «ya irá la Virgen por la Hermandad de Villamanrique…», decía.

Orocia Guitart Auden
Orocia Guitart Auden - MIGUEL ÁNGEL JIMÉNEZ GARCÍA

Ejemplos como el de los antecesores de Orocia o el padre de Eustasia, que era practicante y recorría El Rocío con sus útiles para atender a quien lo necesitara, «el Plan Romero de entonces», dice riendo. Tres días antes de fallecer acudió a la Romería como era su costumbre, estando ya enfermo, y «nos hizo vestirnos de flamencas, montar a caballo… disfrutó aquel Rocío como siempre, porque a pesar de no ser de Almonte –era cacereño- era muy devoto», advierte con orgullo.

Para entonces, El Rocío ya no era la romería local e íntima que estas abuelas almonteñas recuerdan de su niñez. Antonia Rocío Jiménez Acevedo, 65 años, con dos hijos y cuatro nietos en el mundo, los rememora «con una ilusión grandísima». «Nada más llegar mi madre nos llevaba a ver a la Virgen, ese es mi primer recuerdo, y también cuando mi padre construyó la casa, que el suelo se quedó por hacer, lo dejó de barro, y las sillas se clavaban en el suelo», cuenta riendo.

Tampoco los preparativos, que hoy día son tremendamente complejos, tenían nada que ver con los de entonces. «Los Rocíos se preparaban en 24 horas», explica Eustasia, «el día antes se hacían unos roscos de vino y alguna cosa más», añade; «unas botellas de vino que se metían en el pozo y unas botellas de sifón, ni cerveza ni nada; las comidas ya preparadas, jaulas con conejos… mi padre iba a la tienda de un familiar y compraba un salchichón grande, un chorizo y medio queso y mi madre hacía bizcochos, roscos pobres y tortas de hornazo», replica María García. «Se echaba todo en el carro, incluso los colchones de camisa de maíz que hacían un ruido horroroso cuando te acostabas, las ollas, los cubiertos… había que llevarlo todo porque las casas tenían lo preciso», continúa, mientras que Eustasia advierte que se salía de madrugada, cuando el trabajo lo permitía, el mismo sábado de romería, justo para llegar a la presentación que en sus tiempos protagonizaban tan sólo una quincena de hermandades.

Antonia Rocío Jiménez Acevedo
Antonia Rocío Jiménez Acevedo - MIGUEL ÁNGEL JIMÉNEZ GARCÍA

Ni jamones, ni servicio a disposición de los ocupantes de las casas, pero sí el espíritu de hospitalidad que sigue caracterizando a la romería, en la que todo se prepara pensando en agasajar a quien acude a de visita. «Recuerdo un año que llovió mucho y mi madre había podado unas cepas y encendió una candela en medio de la calle para que todo el mundo se acercara», rememora Orocia, mientras que Antonia Rocío recuerda cuánto le molestaba que su padre invitara a todo el que pasaba por la puerta. «Mi madre nos decía a mí y a mis hermanos que eso era El Rocío, la bulla, y no esas casas en las que no entra nadie», zanja.

Eran romerías mucho más tranquilas, sin la masificación que ahora se produce en momentos como el de la procesión de la Virgen, una situación que para ellas supone una cierta amenaza que podría llegar a desvirtuar el verdadero sentido de la romería. «En mi casa se sigue viviendo como siempre, pero parece que cuando hay tanta gente hay menos fervor», expresa Eustasia, una pionera a la hora de meterse debajo de la Virgen, rompiendo las viejas creencias sobre el hecho de que portar a la Blanca Paloma sea patrimonio de los hombres. «Me he metido ocho o nueve veces, unas veces por promesa y otras veces porque Ella me ha llamado; es una emoción muy grande y he disfrutado mucho tanto llevándola como yendo al lado de Ella».

María García también se lanzó una vez, por promesa y con la ayuda de su marido, pero la sensación de ver a la Virgen tan cerca le hizo mella y tuvo que salir de las andas. Orocia, por su parte, se metió una vez casi de casualidad: «Los muchachos que llevaban a la Virgen me hicieron un hueco. Yo iba con mi novio y me metí con él, pero me echaron de momento», recuerda riendo. «Tuve un sentimiento de emoción y también de agradecimiento a aquellos muchachos, que parecían muy brutos, pero a mí me resultaron fenomenales», destaca.

Eustasia Núñez Cabrera
Eustasia Núñez Cabrera - MIGUEL ÁNGEL JIMÉNEZ GARCÍA

Todas tienen su momento favorito en el curso de devoción a la Virgen del Rocío que marca la vida en Almonte: para unas es la Misa Pontifical, para otras la Presentación de Hermandades, de las que destacan su «enorme mérito» por venir de tan lejos en condiciones difíciles, pero todas ellas coinciden en que la Venida de la Virgen, que acontece cada siete años, es sumamente especial. Es entonces cuando la Divina Pastora pasa nueve meses en la localidad, cuya iglesia permanece abierta todo el día, y «cada vez que sales a la calle, vas a verla, no puedes volver a casa sin acercarte».

La ilusión por tenerla tan cerca y poder «decirle tantas cosas, pedirle y darle siempre las gracias» es palpable desde muchos meses antes, cuando se inician los preparativos de los arcos y la catedral efímera que recibirán a la Blanca Paloma, y a partir de entonces, las almonteñas no perderán ni una sola oportunidad de pasar un rato frente a Ella, hablando de mujer a mujer, «diciéndonoslo todo con la mirada».