David Gistau

Bañado en oro

Esperábamos al Madrid lleno de fatigas, con la maldición de la Intercontinental, y resultó que los jugadores iban a cada pelota como lobos excitados por una cabra suelta

David Gistau
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Nunca dejará de asombrarme la importancia adquirida en los últimos años por el Balón de Oro. Cuando yo iba al fútbol, era todo más discreto: el jugador que lo ganaba se asomaba a la portada de «France-Football» con esos pelos de los años noventa y luego, en su estadio, mostraba brevemente el trofeo a su hinchada, que se lo trocaba por una ovación. Y hala, a jugar. Llegó a tener hasta una gala, como los Óscar, con su alfombra roja, sus posados, sus WAGS, sus vestidos diseñados por, sus lágrimas de los parientes, su atril y su discurso de agradecimiento. Y, lo que es más raro: el agravio personal del jugador al que no se lo conceden se convierte en agravio colectivo de la hinchada, como una injusticia arbitral o cualquier otro catalizador del fatalismo. Esto ocurre sobre todo con la gente del Real Madrid y del Barcelona porque el Balón de Oro se convirtió en una subtrama del Madrí-Barsa en la que Messi y Cristiano salían delante de sus ejércitos a mantener un duelo singular como los campeones de los aqueos y de los troyanos ante los muros de Ilión. O como los españoles de Hernán Cortés y los mexicas de Cuauhtemoc ante los de Tenochtitlán, donde quedó comprobada la superioridad tecnológica de la espada sobre la macana tal y como aprecia Bernal en su crónicas de esos duelos homéricos protagonizados por tipos de Extremadura y de Valladolid cuyos descendientes llaman prueba de hombría al «tackling».

En cualquier caso, la importancia que ahora tiene el Balón de Oro ha permitido al Real Madrid incorporarlo a su mitología y a sus liturgias. Por añadidura, sirve también para cultivar la devoción ronaldista, a la cual el propio CR es tan inclinado. El acto del sábado me recordó lo que escribió Romanones en su biografía de Espartero. Una vez llegado al trono, Alfonso XII, casi como si fuera un peaje patriótico, quiso llevar una condecoración a Espartero en su retiro logroñés de Cincinato. Le dijeron que no era posible porque ya las había ganado todas: «¡Pues inventen otra!». De igual forma, el Real Madrid inventó el sábado la condecoración de la Orden del Balón de Oro para evitar que CR pueda volver a decir jamás aquello de: «No me siento querido». Por añadidura, al traerle para que lo acompañaran a futbolistas que se remontan a la época fundacional de Kopa, fabricó también un nuevo sentido de profundidad dinástica paralelo al habitual de la Orejona, que era donde en el Madrí quedaba encauzada la lógica sucesoria, y no en el Balón de Oro. Prefiero seguir pensando en CR como un descendiente de los campeones de Europa en régimen de patrimonio que de los ganadores del Balón de Oro, del cual ni siquiera habla Jabois en su himno poblado de Orejonas y galernas.

En el homenaje a CR sólo faltó la incorporación de un besamanos en el que fueran pasando, anunciadas por un senescal con mazo, representaciones de la sociedad tales como el cuerpo diplomático, el obispado, la jefatura militar y la dirección del Ateneo. Ataviados todos con ropajes persas para la «Proskynesis», esa por la cual, por empezar a exigirla, arruinó Alejandro el sentido de la camaradería entre iguales de sus «Compañeros» macedonios.

Lo curioso fue que, después de un acto tan monárquico como el de CR, el Real Madrid jugó un partido de equipo demasiado colectivo como para depender del concepto de «crack» providencial. Lo esperábamos lleno de fatigas japonesas, con esa maldición de la Intercontinental que se traga más equipos que el triángulo de las Bermudas, y resultó que, en la feroz presión alta, los jugadores iban a por cada pelota como lobos excitados por una cabra suelta. Un dinamismo lleno de hambre que dispersa los temores al apagón habitual por el cual habíamos llegado a temer, en alguna otra temporada, que la chapa dorada de la FIFA tuviera efectos narcóticos.

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