Atlético-Real Madrid El último derbi de los melancólicos

La eterna rivalidad se despide del Calderón. El Atlético no puede perder; en el Madrid la duda es Benzema o Lucas Vázquez

Atlético-Real Madrid: 
El último derbi de los melancólicos

Si hiciéramos como Sara Carbonero con la palabra madre y acudiéramos al diccionario encontraríamos la siguiente definición de derbi:

“Encuentro,por lo común futbolístico, entre dos equipos cuyos seguidores mantienen constante rivalidad, casi siempre por motivos regionales o localistas”.

[Atlético-Real Madrid en directo]

¿Cómo que por lo común futbolístico? ¿Cómo que motivos localistas?

El diccionario es muy frío, sí, tiene razón Sara. Un derbi es un bucle, una conversación, un tópico, un empadronamiento y un coñazo. Y más cosas.

En una televisión sacaban ayer a un hombre mayor, un socio, mirando de lejos el Calderón. Lo miraba muy de lejos, del otro lado del río, como quien mira Manhattan. Con su nieto al lado, el inevitable niño del “por qué somos”, el señor se emocionaba y lloraba mirando la mole metropolitana.

Tenemos la lágrima fácil, es verdad, pero irse de un estadio es una pena. Incluso no llegar a irse, como le pasó al Valencia.

Será, pues, el último derbi liguero en el Calderón, un estadio que al Madrid no se le ha dado mal, aunque Simeone lo complicara los últimos años.

El fútbol español descansa en tres modelos: el mundo corporativo del florentinismo, el tiquitaca identitario del Barcelona y el carpe díem agónico del Cholismo y su rebelión anti élites. Fue una bendición, porque vivir solo de florentinismo y tiquitaca hubiera acabado con la Liga.

Es difícil hablar del derbi sin hacer referencia a las finales de Lisboa y Milán. Aunque se intenta, como si el vacile vecinal siempre tuviera que comenzar de cero. Son como un tabú en la conversación y para el madridista una prueba de señorío ideal, de elegancia cívica absoluta: vivir con el vecino sin hurgar en la herida.

Entre un madridista y un atlético se sabe el grado de amistad o confianza por lo rápido que el primero las saca a colación. Ante eso, el colchonero ha desarrollado formas de metabolización admirables que a veces pasan por el negacionismo. Hay quien niega haber estado y quien niega que la Copa de Europa haya significado alguna vez algo. Técnicamente, aquí llegan al acuerdo: la Copa de Europa es una obsesión personal que Bernabéu contagió a los demás.

Solo abstrayéndose de las finales el derbi vuelve a serlo, y Simeone ya no es el Patton de la gafancia atlética, sino el entrenador que consiguió amargar la vida a Mourinho, Ancelotti y Benítez.

Lo hizo también con Schuster, en aquel partido de febrero en que el Atético barrió con 0-1 (barrió sin necesidad de goles) al Madrid en el Bernabéu.

Fue su última derrota y de ahí salió un Zidane distinto. Pidió esfuerzo, kilómetros, y activar un poco las glándulas sudoríparas, que algunos estaban a punto de extirpárselas como el apéndice.

Al partido siguiente, contra el Levante jugaron Mayoral y Lucas. Hubo calambres y “hubo” Casemiro, ya insustituible.

Meses después, invicto y con los laureles de la Champions en sus sienes bereberes, Zidane vuelve ante Simeone, el mejor entrenador de la competición, como quien lleva el equipo a la ITV. Simeone es la revisión necesaria de cualquier proyecto madridista. Tiene algo de examinador, de prueba técnica de consistencia.

Zidane tiene bajas, pero esto no es siempre malo: podría sacar un 4-4-2 muy equilibrado con Bale y Cristiano arriba.

Para el Atlético, el partido es algo más importante. Si pierde, el Madrid se le irá a nueve puntos. La transición de Simeone hacia nuevos cholismos se vería afectada.

Pero sobre todo, pase lo que pase, será la última vez que se procesione por el Paseo de los Melancólicos derbi arriba.

Un amigo madridista lo atraviesa siempre hablando de Arteche para que no se le note.

Señores de la DRAE, un derbi también es una calle.

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