Madres concepcionistas franciscanas de diferentes nacionalidades conviven en el veterano convento lebrijano
Madres concepcionistas franciscanas de diferentes nacionalidades conviven en el veterano convento lebrijano - ALEJANDRO HERNÁNDEZ
Lebrija

Una pequeña ciudad de Dios en el centro de Lebrija

El Monasterio de la Purísima Concepción cumple este año su V Centenario

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«La ciudad de Dios» es una de las obras cumbres de Agustín de Hipona, padre y doctor de la Iglesia católica más conocido por san Agustín, fallecido el 28 de agosto del año 430. Otro 28 de agosto, éste de 1518, abrió sus puertas una ciudad de Dios en pequeño, recoleta y trabajadora, en el centro de Lebrija: el Monasterio de la Purísima Concepción, que cumple este año medio milenio de labor ininterrumpida, rezo diario y clausura monástica observada por la Orden de la Inmaculada Concepción de las madres concepcionistas franciscanas que lo habita desde su apertura. La orden fue fundada en Toledo por santa Beatriz de Silva el 30 de abril de 1489.

«Trabajo y oración, ese es nuestro quehacer diario», puntualiza a ABC la madre abadesa del convento, sor María José, a la que acompaña sor Teresita. Con tono amable y sosegado, y con ganas de que se conozca su cotidianidad, las dos monjas de clausura explican que las 17 mujeres que viven en el monasterio se levantan todos los días a las seis de la mañana y media hora después ya están rezando en el coro de la iglesia de San Sebastián, anexa al convento, los laudes, una de las dos horas mayores junto con las vísperas en el rito católico denominado Liturgia de las Horas. Pasados quince minutos de las nueve de la mañana y una vez desayunadas, el ajetreo se extiende a la cocina, la lavandería, la iglesia o el obrador de dulces. «Los trabajos y oficios tienen carácter rotativo, todas hacemos de todo», aclara sor María José mientras sor Teresita apunta que desconocen el origen y cuándo empezaron a elaborarse en el convento las coronillas y los borreguitos, dulces de almendra exclusivos de las madres concepcionistas lebrijanas. «El oficio lo aprendemos unas de otras», señala la abadesa.

La vida en esta pequeña ciudad de Dios pasa a ser contemplativa al medio día con la exposición del santísimo que es adorado en turnos de media hora. A las 13.30, tras el rezo de la sexta, almuerzo, «una comida normal como la de cualquier casa», indica sor María José; y después de comer, el rezo de la nona. La abadesa destaca que «durante la comida una hermana lee temas y noticias de actualidad publicadas en periódicos y revistas, también temas relacionados con la Iglesia». Quiere dejar claro que «estamos informadas».

A las cuatro de la tarde, ensayos de canto y música, «más trabajo en el convento» y pasadas las siete de nuevo en el coro para el rezo de las vísperas, rosario y oración personal.

La cena se sirve antes de las nueve y después se desarrolla la hora de fraternidad, «un tiempo de distensión en el que hablamos, entre otras cosas, de cómo ha ido el día», dice la abadesa. La última oración de la jornada, las completas, tiene lugar a las 22.30 y después «a descansar».

Así transcurre un día en el convento de la Purísima Concepción donde nueve lebrijanas, tres tanzanas, cuatro guatemaltecas y una keniana, de 27 a 92 años de edad, conviven a pesar de las diferencias culturales y poniendo por delante el compromiso espiritual que les une. «Hay roces como en cualquier familia, pero no suelen llegar a la noche», indica sor Teresita que explica que al final del día «se pide perdón públicamente en la oración de la noche y se olvida el conflicto». Sor María José añade que «somos de distintas edades y culturas, pero tratamos de respetarnos y acomodarnos a los temperamentos de cada una; lo espiritual supera los conflictos, nos santificamos superándolos».

Las dos portavoces reconocen que el convento sobrevive gracias a las vocaciones llegadas desde el extranjero. La primera que llegó a Lebrija fue en 2007 y desde entonces todas las nuevas monjas que se han ido incorporando son de países distintos, ninguna española. «No tenemos vocaciones nativas a la vista», subraya la abadesa, «porque la sociedad no ayuda, hay mucho materialismo y nuestra vida no atrae». A pesar de ello, «nos sentimos apoyadas y queridas por el pueblo. Somos parte de Lebrija».

La comunidad se mantiene gracias a la venta de dulces elaborados en el obrador del convento y algunas pequeñas donaciones particulares. Cada religiosa cotiza a la Seguridad Social como trabajadora autónoma y reciben una pequeña ayuda de la Conferencia Episcopal. Todos los gastos de mantenimiento del convento corren a cargo de esta comunidad de madres concepcionistas franciscanas que disponen de energía solar, ordenadores y telefonía fija y movil, aunque esta última solo la puede utilizar la abadesa, «la comunicación es restringida», aclara sor María José.

El edificio del convento se encuentra en buenas condiciones, pero la iglesia presenta fisuras en el techo que Patrimonio de la Junta ya está estudiando para proceder a su arreglo tras unas primeras medidas de precaución para garantizar la seguridad y mantener sin peligro su actividad.