DÍA MUNDIAL CONTRA EL ALZHEIMER

«Solo quiero que mi esposa sea feliz»

Juan Labrador, albañil de Los Palacios, recibió hace siete años la noticia de que su esposa, con apenas 52, tenía Alzheimer. Hace dos fundó la asociación de familiares contra la enfermedad de la localidad, que tiene a 600 afectados

Juan Labrador, con su mujer, Guadalupe, en el local de la asociación
Juan Labrador, con su mujer, Guadalupe, en el local de la asociación - F.R.M.
FERNANDO RODRÍGUEZ MURUBE Los Palacios - Actualizado: Guardado en: Cádiz Provincia

Suena el despertador. Como cada día, Juan Labrador (Los Palacios, 1955) comienza con energía a ejecutar la misión que él mismo se impuso hace cinco años, cuando colgó sus herramientas de albañil para dedicarse en exclusiva a su esposa Guadalupe, a la que con 52 años diagnosticaron Alzheimer avanzado hace siete.

«Mi misión desde ese día es que el tiempo que a ella le quede de vida esté lo mejor posible, que no derrame ni una sola lágrima y sea todo lo feliz que pueda». Ésta es la frase sacramental con la que el palaciego afronta el destino. Fiel a su leitmotiv, cada mañana ducha a su mujer, la viste, le da el desayuno, la peina, le pone sus coloretes y le pinta los labios.

Además de estos pequeños detalles estéticos, Juan lleva a Guadalupe al callista una vez al mes, dos al fisio y dos veces en semana a la peluquería. Unos detalles estos últimos que son necesarios, ya que «es muy importante que ella se sienta bien y guapa».

En torno a las nueve parten hacia la Asociación de Familiares contra el Alzheimer Virgen de Guadalupe. Fundada por él mismo hace dos años, en ella se reúnen a diario entre once y dieciséis usuarios con distintos niveles de desarrollo de la enfermedad —en Los Palacios hay unas 600 personas afectadas —, perfectamente atendidos por una psicóloga, dos enfermeros y una trabajadora social, y en la que diariamente se imparten terapias farmacológicas. «Con mucho esfuerzo vamos mejorando la sede, ahora nuestra lucha es conseguir un coche para recoger a los usuarios».

A la una, vuelta a casa. Ya en la sobremesa, después de que Juan haya preparado el almuerzo, comida con ella y recogido la cocina, despliega sobre la mesita del salón un montón de fotos familiares (comuniones, bodas, etc.) para que las reconozca, y prepara una competición de puzzles para que ejercite la mente. Algunos domingos, incluso, se arreglan con especial esmero y van a cenar al bar Manolo. «A mí me da igual que me vean darle de comer, yo lo único que quiero es que ella sea feliz».

Toda esta rutina la lleva a cabo siempre con buen humor y una sonrisa en la cara, ya que según afirma, ella se contagia de ese ánimo. «A pesar de que ya habla muy mal, estamos todo el día de cachondeo, nos reímos un montón. Por la tarde nos juntamos varios miembros de la asociación, tomamos café y conversamos. La tengo superactivada, si no es así, en seis meses está postrada en una cama con una sonda para comer, de ahí al Tomillar y en poco tiempo te la traes en una caja. No hay más. En cambio, mi mujer ya lleva siete años y dentro de lo que cabe está bien y tiene vida».

Hasta el final del trayecto

Juan tiene claro que acompañará a Guadalupe hasta el final del trayecto. «Tengo muy asimilado el recorrido de mi mujer, pero mientras esté aquí no le fallaré ni un día. La quiero más que a mi sangre. Yo me mato por conseguir su bienestar. Estoy convencidísimo de que ella haría mucho más por mí. Llevamos desde los doce años juntos y nos tenemos verdadero delirio el uno por el otro».

Mañana se celebra el día mundial de esta enfermedad, he aquí un ejemplo de cómo hacer frente a esta demencia que sufren 46 millones de personas en todo el mundo, de cómo lejos de arrugarse ante los reveses de la vida, el ser humano se hace gigante guiado por su corazón y por el amor hacia su pareja.

Y es que si uno recibió alguna lección en su vida, probablemente ninguna hubo más saludable y oportuna que la de la contemplación de este héroe anónimo afanado a la mujer de su vida, a su propia vida, con honesta adoración, con esa íntima y sencilla dedicación con que lo hace, utilizando el amor en mayúscula como la mejor medicina para contrarrestar a ese maldito caballo de Atila que es el Alzheimer.

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