LOS PALACIOS

Una estrella del Ballet Nacional que debió superar muchos obstácuos

El palaciego Mariano Bernal habla de sus inicios y de sus nuevos proyectos

Mariano Bernal es un bailarín de talla internacional
Mariano Bernal es un bailarín de talla internacional
FERNANDO RODRÍGUEZ MURUBE Los Palacios - Actualizado: Guardado en: Cádiz Provincia

Mariano Bernal es un hombre adornado por muchas virtudes, sobre todo su pasión por su profesión, en cuyo constante ejercicio jamás desfalleció. Así lo atestigua una vida cargada de claroscuros, ante los cuales este palaciego de 38 años nunca ha estado dispuesto a arriar la bandera de la felicidad y el entusiasmo, siempre apoyándose en el mástil del baile.

Con cuatro años, sus hermanas lo apuntaron a una academia de sevillanas en la pedanía palaciega de El Trobal, donde nació. Pronto destacó aprendiendo pasos y coreografías con una facilidad pasmosa. Con nueve años, y viendo el interés que mostraba por mejorar, su padre Manuel decidió llevarlo a Sevilla a la academia de Farruco, de ahí pasó a aprender con Manolo Marín.

A sus doce años, su carrera da un giro inesperado. Algunos compañeros le propusieron estudiar danza y ballet clásico en una academia privada. A él le atraía la idea y su familia, pese a no tener una situación económica boyante, hace el esfuerzo para que el pequeño bailaor sea también bailarín.

Sacrificio paterno

El sacrificio para que estudie no es solo monetario, sino también logístico. Su padre siguió llevándole todos los días aunque ahora el empeño debía ser mayor, ya que compaginó el flamenco con la danza, en ésta aprobó cinco cursos con sobresaliente en apenas dos años, lo que suponía que Manuel debía estar dedicado a él casi todo el día entre los viajes y las largas esperas de las clases, y además compatibilizarlo con su trabajo. Pero a él le daba igual, disfrutaba viendo a su hijo luchar por su sueño.

Poco a poco fue haciéndose un sitio a base de sudor y muchas horas, algo que le ayudó a entrar en el grupo de baile Ciudad de Sevilla con Joaquín Ruiz. Este nuevo plus hacía del día a día de Mariano un auténtico maratón de danza.

Desde las ocho de la mañana hasta las doce de la noche de lunes a domingo. Todo por y para el baile. Gracias a este grupo consiguió actuar en las embajadas de Egipto, Estados Unidos, Francia, para el rey de Jordania, en Rusia, Marruecos, Portugal e, incluso, para el Papa en su visita a Sevilla en 1993.

Ese mismo año, en Egipto, recibe la noticia del fallecimiento de su padre al caer de su tractor. «Era mis pies y mis manos», cuenta Mariano. No obstante, la pasión y el amor por el baile de Mariano no se dejaron ahogar en el profundo y doloroso vacío que dejó su padre al morir.

No abandonó las clases, y tuvo que tirar de ingenio para poder trasladarse a Sevilla a diario: familiares, autobús y auto-stop. Poco después consigue una beca para el conservatorio y cuando le queda poco para terminar la carrera, decide que ya está preparado para dar el salto. Y vaya si lo dio.

Consiguió una plaza para la Compañía de Danza Andaluza, con la que giró un año; al poco tiempo es contratado por Aída Gómez para el Ballet Nacional. Tras ocho años, decide volver a Sevilla y trabaja con Cristina Hoyos, quien lo contrata como primer bailarín y maestro de la Compañía Andaluza.

Tras un parón y una lesión grave en México, recibe la llamada en 2012 otra vez del Ballet Nacional, aunque ahora como primer bailarín, papel que ha desempeñado hasta este verano, momento en el que ha decidido cambiar de aires y protagonizar «Lisístrata», junto a Antonio Canales y Estrella Morente.

Ahora, abre nuevos horizontes, aunque siempre unido a bailar, donde encontró un atajo hacia la felicidad, una apuesta segura, ya que con solo ejecutar este verbo encuentra la plenitud, aplicándolo siempre bajo el impulso de la pasión.

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