CAMPIÑA

El decano de los «castañeros» de Sevilla no piensa en jubilarse, pese al retroceso del negocio

Jesús Lineros, de 65 años, de Morón de la Frontera, lleva casi cincuenta vendiendo castañas en su ciudad natal y otras zonas de la comarca

Jesús Lineros en Morón de la Frontera atiende a unos clientes
Jesús Lineros en Morón de la Frontera atiende a unos clientes - J.L.M.
JUAN LUIS MÁRMOL Morón De La Frontera - Actualizado: Guardado en: Cádiz Provincia

Ha tardado en llegar, pero parece que el frío se ha instalado. Con él llega toda una suerte de pequeños rituales que van en consonancia con la llegada del invierno, pero hay uno que marca la llegada oficiosa de ese pequeño otoño que precede al frío del invierno: el puesto de castañas.

En Morón de la Frontera esta imagen se viene repitiendo desde hace casi cincuenta años. Cuarenta y tres años, concretamente son los que Jesús Lineros lleva regentando un humilde puesto ambulante de castañas. Ya sea delante de los Jardines de la Carrera o en el Parque de los Palomitos, el humo de la chimenea donde este moronense asa las castañas es la señal inequívoca de que el invierno ha llegado.

Un trabajo duro

Es domingo por la noche. Hoy el puesto se encuentra en los Palomitos. El sábado estuvo en Olvera. El día anterior en la Carrera, donde probablemente se encuentre esta noche. Todos los días desde mediados de octubre hasta finales de enero, cada año, desde hace casi medio siglo.

«¡Vamos a las ricas castañas! ¡Que ya ha llegado el frío y es lo que pega!», grita Jesús para reclamar clientes, aunque no parece demasiado necesario. El goteo de clientes es constante. Desafían momentáneamente al frío a la espera de las ricas castañas mientras Lineros alaba la calidad de las mismas. Mientras se asan, algunos aprovechan para preguntar por cosas mundanas o las familias. Es la naturalidad que se gana con casi medio siglo de trabajo a unas espaldas muy machacadas por el trabajo constante.

«Con dieciséis años me fui de casa y empecé a trabajar de todo», afirma Jesús entre varias tandas de castañas, «desde albañil a la recolección de tomates, aceitunas... lo que sea para poder sacar a mi familia adelante».

Por supuesto, una de las grandes actividades es la que realiza en estos meses, cada año, sin faltar a la cita. Aguantando las pedradas que la vida pueda lanzar, y más en esta época del año. Porque es el frío el mejor aliado del negocio de las castañas, ya que «cuando hace calor no apetece comer castañas», reconoce, «y en estos últimos días la cosa ha estado muy mal».

Pero también es cierto que es un negocio muy duro por las condiciones que más le benefician. «Yo tengo ya sesenta y cinco años, y el cuerpo ya no es lo que era». La edad y una larga vida de trabajo ha terminado por influir en la energía de este castañero, pero él continúa con la misma energía que tenía cuando empezó, «con el alcalde Leopoldo de la Maza, que fue el primero que me dio permiso para establecerme, en el año 1973», recuerda.

Sin relevo

Mucho tiempo ha pasado desde entonces. Morón ha visto muchos cambios en todos los sentidos, pero algo ha estado siempre perenne: el humo de las castañas. A Jesús Lineros es algo que le parece muy buena señal e insiste en que, mientras le aguante el cuerpo, él seguirá repartiendo castañas para los habitantes de la localidad (y de Olvera) por varios años más. Pero es inevitable pensar en el futuro. Jesús cambia entre el optimismo moderado y el pesimismo cuando se le pregunta sobre su relevo.

«Si yo dejo esto,no creo que nadie siga», reconoce, aunque admite que «quizás uno de mis hijos es haga cargo». En cualquier caso, aunque el futuro es incierto, Lineros espera que este oficio no se pierda nunca. «Son cosas tradicionales que tienen que seguir, porque sería una pena que cuando yo me vaya ya no se vendan más castañas en Morón».

No obstante, a pesar de que es algo con un halo romántico, vender castañas durante tres o cuatro meses al año es un trabajo muy duro. Por supuesto, no le da a Jesús y a su mujer para vivir, aunque él está más que acostumbrado a buscarse la vida. «Cuando termino aquí me voy al campo o a cualquier cosa que me mantenga, porque a mi edad, si no estás entretenido, la vida se pasa muy mal», contesta con una sonrisa.

La misma que llevan sus clientes cuando se llevan, un año más, sus castañas.

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