MORÓN DE LA FRONTERA

Los caleros: «Éste es un oficio que requiere mucha vocación y mucha atención»

Un documental de la Hispalense, finalista de la Bienal de Cine Científico de Ronda, pone de actualidad a los caleros de Morón

Isidoro Gordillo (hijo) y Pedro López son caleros de Moron
Isidoro Gordillo (hijo) y Pedro López son caleros de Moron - J.L.M.
JUAN LUIS MÁRMOL - Actualizado: Guardado en: Cádiz Provincia

El trabajo artesanal, pausado, con mimo y realizado por auténticos maestros que han consagrado su vida a perfeccionar y transmitir su oficio es algo que, por el ritmo de vida de la sociedad actual, se está perdiendo.

Pocas empresas se atreverían a abastecer a una cartera de clientes internacional con un producto que requiriese un ritmo de trabajo tan lento. Por eso la Cal de Morón es un valor que hay que conservar, según entiende la Unesco. Esta organización no declaró como patrimonio inmaterial de la humanidad a la cal en sí, sino todo el proceso que se lleva a cabo en los hornos para fabricarla. El oficio de los caleros.

El día que se produce esta entrevista, uno de los hornos está en una de las últimas fases de construcción antes de que se proceda a encenderlo. Han sido diez o doce días de apilar piedras, aparentemente sin orden, pero la realidad es bien distinta.

«Aquí no se coloca ninguna piedra al azar. Todo está estudiado para que la estructura aguante el peso de las rocas», explica Pedro López, mientras coloca cuidadosamente otra piedra en la parte superior del horno. Pedro es uno de los veteranos que trabajan en la empresa, donde lleva 35 años.

«Empecé con doce años y no he parado desde entonces». Esa experiencia le ha convertido en uno de los maestros que forman a los nuevos caleros, como Isidoro Gordillo. «Él ve los huecos que yo no veo todavía, sabe apilar bien las piedras... yo estoy en ello», admite entre risas.

Con paciencia y precisión, el horno va tomando forma para volver a producir la cal. «Los hornos no quieren carreritas. Las cosas tienen que estar bien asentadas, en su sitio. No hay lugar para la impaciencia en este trabajo», explica Pedro.

Controlar el fuego

Y no solo a la hora de apilar piedras. Controlar el fuego también es un arte que requiere de mucha experiencia. «Hay que vigilarlo constantemente cuando se enciende para saber si hay que añadir más fuego, apagarlo... Requiere mucha atención», señala.

Juntos están montando el horno («se necesitan tres personas como mucho, más podrían estorbar», explica López), pero el muchacho tiene que observar con atención todos los pasos que hay que dar. «Es un oficio con el que hay que tener mucho cuidado, porque el más mínimo fallo echa a perder todo el trabajo realizado», explican. Por eso, los veteranos están muy pendientes de lo que hagan los aprendices, aunque de vez en cuando les dejen volar un poco para que se vayan soltando.

«La única forma de transmitir esto en condiciones es con la práctica», explica otro Isidoro Gordillo, en este caso el padre, y responsable de «Gordillos Cal de Morón».

Aunque él realiza más labor de oficina, también sabe lo que es «pringarse» con el barro y remangarse para arrimar las piedras. «Desde que era pequeño, en los días de vacaciones o cualquier rato libre que tuviese cuando terminase en el colegio, me venía para los hornos a trabajar, y así fue como aprendí el oficio», explica.

«Es una aprendizaje transmitido de padres a hijos, como ha sido durante toda la historia», asegura Gordillo, «porque no hay ningún documento histórico ni nada que explique cómo hacer un horno. Sí puedes, como nosotros hicimos, dar una serie de matices en obras escritas, pero aun así, sin la práctica no se podría conseguir».

Uno de los mejores ejemplos para ilustrar esto es la obra solidaria que han estado haciendo con los misioneros de Turkana, en Kenia, donde fabricaron seis hornos para cal, con Pablo Moñino, un ingeniero misionero, supervisando los trabajos.

Habían tomado nota a través de todos los documentos que pudieron encontrar, fotografías de otros hornos y demás material. Solo uno sobrevivió. Tuvo que quedarse en Morón durante unos meses para aprender de los caleros, como si fuese un alumno más. «Él tenía mucha formación, pero le faltaba la práctica, lo que te da la experiencia».

Para él, el gran valor que se cuida en este rincón al pie de la Sierra de Esparteros reside en la conservación de la tradición. «Esto acarrea una serie de valores etnográficos y culturales que hay que preservar».

Actualmente, son la única empresa que fabrica cal de manera artesanal, y uno de los secretos es la vocación. «Hay que tener vocación», admite, «prefiero que venga a trabajar gente joven con ganas de aprender y con la sensibilidad de amar el trabajo, que es muy duro».

Se pasa frío pegando barro en las noches de invierno. Se pasa calor en verano cuando el horno está a pleno rendimiento. Pero se disfruta porque, en el fondo, no es un trabajo: es un campo artístico más en el que los caleros son los auténticos artistas.

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